La vida de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) trascurrió entre los años 570 y 632 de la era cristiana. A lo largo de los veintitrés últimos años de su vida, le fue siendo revelado el Corán, y, junto a sus Compañeros, fundó una comunidad que poco después adquirió unas proporciones insospechadas. El Islam, en un par de siglos, cubrió gran parte del mundo y en su seno cristalizó una brillante civilización que llega a nuestros días.

          Muhammad y sus Compañeros constituyeron la primera generación del Islam. Los Compañeros que le sobrevivieron junto a sus discípulos son contados como segunda generación del Islam. Los discípulos de los Compañeros del Profeta fueron, a su vez, maestros que trasmitieron a sus continuadores lo que habían aprendido, configurando con ellos una tercera generación. Estas tres generaciones son el Sálaf, los antepasados del Islam, entre quienes aún estaba reciente y fresco el Mensaje de Muhammad (s.a.s.). Tras ellos y hasta hoy se han seguido las generaciones del Jálaf, los sucesores.

          Para todos los musulmanes, el Sálaf representa al Islam más fiel a sí mismo, y siempre ha sido tenido por modelo a seguir. Lo enseñado por el Profeta fue vivido y trasmitido por esas tres primeras generaciones, que contribuyeron con su propia experiencia en el desarrollo del Islam. Esa experiencia es aceptada por los musulmanes como leal a la esencia del Islam, y forma parte del legado que hay que tener en cuenta a la hora de interpretar las intenciones de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), pues la proximidad en el tiempo y el espíritu hacen del Sálaf un fiable continuador de su labor profética. A ello hay que sumar el hecho de que, al hablar del Sálaf, no nos referimos a un conjunto de personas sin determinar. Se trata de nombres propios, de personas de las que se tiene, afortunadamente, mucha información.

          El Sálaf recogió y comunicó minuciosamente a las generaciones posteriores (el Jálaf) todo lo que se sabía acerca del Profeta (s.a.s.), cuidando los detalles, y sumando -diferenciándola- toda interpretación personal, validada por el rigor del que dieron muestra en sus vidas. Ello no significa que no hubiera divergencias, pero tales diferencias son distintas posibilidades que han enriquecido los debates en el Islam.

          En vida del mismo Profeta (s.a.s.) fue concretándose una idea esencial, la del ‘Ilm, la Ciencia. Muhammad (s.a.s.) dijo: “La búsqueda de Ciencia es obligatoria para todo musulmán y musulmana”. Estas palabras tienen un sentido general: el conocimiento, sea cual fuere, es un objetivo que debe perseguir todo musulmán. Pero ‘Ilm, Ciencia, es, sobre todo, el saber que se necesita para ser realmente musulmán. Y puesto que el Corán y la Sunna (la vida misma del Profeta, sus costumbres, sus acciones, sus sentencias, etc.) son la ‘materia’ del Islam, configuran la Ciencia por antonomasia, el más obligatorio y urgente de los conocimientos posibles.

          El Corán y la Sunna (y la experiencia del Sálaf, secundaria pero sin duda imprescindible para comprender la ‘continuidad’ del Islam ya sin el Profeta) fueron trasmitidos con una fidelidad extraordinaria, pues se tuvo conciencia desde el principio de que se trataba de una tarea de gran responsabilidad. Tomó así cuerpo el ‘Ilm, la Ciencia por antonomasia, que tiene unas características especiales.

          Llamamos ‘Ulamâ (ulemas) a los que se hacen cargo de esa tarea. Es muy importante retener siempre que los ‘Ulamâ no constituyen una jerarquía ni son una casta, sino personas que cumplen una función esencial en el seno de una comunidad que carece, precisamente, de una institución que monopolice la Ciencia. La existencia de una casta o una institución fue imposibilitada desde el principio por el mismo Corán y por el Profeta. La Ciencia es un bien común y público, y se trasmite y se reflexiona sobre ella ahí donde una persona brillante es capaz de revivirla en su práctica personal y en su magisterio, dándole una dimensión social. Imaginar a los ‘Ulamâ como un ‘cuerpo’, y, aún más, un ‘cuerpo colegiado’ es absurdo.

          Nadie puede poner en duda que el Profeta (s.a.s.) tuvo un impacto gigantesco entre quienes le rodearon. Por poco que se sepa de su vida, se constata inmediatamente que debió ejercer un atractivo extraordinario que se materializó en la actitud entregada hacia él de un gran número de hombres y mujeres caracterizados también por una fuerte personalidad. Es más, esos hombres y mujeres supieron trasmitir a las generaciones siguientes la pasión que sintieron por el Mensajero de Allah (s.a.s.). Todo lo que sabemos sobre la vida de Muhammad (s.a.s.) y los acontecimientos que tuvieron lugar tras su muerte subrayan lo dicho. El Profeta fue, absolutamente, centro de un mundo que fue extendiéndose sin perderlo como punto de referencia, con una auténtica ‘obsesión’ por él.

          Sus enseñanzas sobre el Tawhîd, la Unidad, tienen que ver con esa actitud. Si Allah unifica la existencia en Su Verdad, Muhammad (s.a.s.) es la unidad del Islam. Fue un vínculo profundo que está constantemente en la raíz de la comunidad musulmana, y la iguala. Cuando los sufíes hablan de la función cósmica del Profeta, en realidad están descifrando la clave de su rango en el corazón de los musulmanes. Fue, por tanto, realmente, señor (sayyid), que prevalece por encima de todas las divergencias, conflictos y disidencias que pueda haber en la comunidad.

          Al igual que el Corán, Muhammad es Ciencia, y educó a sus Compañeros en una escrupulosa responsabilidad ante el saber, pues se trasformarían en sus comunicadores.  Tras estas consideraciones, hay que fijarse en la naturaleza de la comunidad que fundó Muhammad (s.a.s.). No podemos considerar que sea casual la ausencia de jerarquías, castas e instituciones religiosas en el Islam. No se debe a una ‘insuficiencia’ en el desarrollo del Islam, sino que responde a la voluntad misma del Profeta, quien las condenó sin paliativos, y los primeros musulmanes comunicaron fielmente este rechazo a la institucionalización del Islam, abortando toda posibilidad de ello en la formulación misma de la Ciencia.

          El Islam quedó configurado como una sociedad ‘civil’, igualitaria, y, eso sí, con un profundo sentido de la trascendencia, y cuyos miembros están ligados entre sí por la referencia al Corán y a la Sunna, es decir, por la Ciencia. Por tanto, esta debe ser tremendamente rigurosa. Su trasmisión y su actualización fueron llevadas a cabo por personas que fueron conscientes de su responsabilidad y de sus limitaciones. Constantemente, a este nivel, la ‘subjetividad’ fue combatida, y se optó por la literalidad que garantiza la comunicación de lo esencial. Lo subjetivo se reserva para lo personal e intransferible. Gracias a ello, gracias a que la Ciencia estuvo en manos de personas con criterios sólidos, llegan a nuestros días el Corán y la Sunna tal como fueron en vida de Muhammad (s.a.s.).

          Esto no quiere decir que no existieran aportaciones personales: interpretaciones, contextos, pasiones, desviaciones, etc., abundan en la historia del Islam, como no podía ser menos en una civilización que se ha agitado entre todo tipo de debates. Pero lo interesante es constatar que todo ello es separable de lo que es esencial y unánime entre los musulmanes. Esas ‘aportaciones’ no son desdeñables, sino que enriquecen la experiencia de los musulmanes, y pueden guiarnos actualmente en infinitud de circunstancias, y ello será así siempre que les asignemos el verdadero rango que les pertenece, sin confusiones en las que se suele caer con frecuencia.

          Volviendo al tema de la trasmisión de la ‘Ciencia’, debemos recordar su aspecto básico: la conciencia de que se trataba de una cuestión vital. Los ‘Ulamâ, vigilándose entre ellos y vigilados por todos, ya que no contaron jamás con privilegios especiales, y nunca se creyó que fueran infalibles, conformaron un universo de contrastes que fue también garantía de autenticidad. No sabía sólo a nivel personal que debían ser fieles -en la práctica y en la comunicación- al Legado, sino que estaban constantemente expuestos a ser refutados. Todo ello dio origen a un enorme caudal de datos en el que se puede constatar la ininterrumpida vitalidad del Islam. La ‘Ciencia’ con ello, es una apasionante indagación a la que muchas han consagrado la mayor parte de su tiempo.

          Todo ello hace posible, a las personas con sentido de la trascendencia, seguir una vía que no esté basada en arbitrariedades. El espíritu que se somete a su ego dentro de su búsqueda tiene un pésimo guía. Esto lo han sabido siempre los musulmanes, y su ‘obsesión’ por la Ciencia, responde a ese criterio. Es musulmán el que se propone a Allah dentro de lo que Allah quiere. Eso es lo que precisamente significa la palabra Islam. Rechazar la ‘Ciencia’ es hacer de la ignorancia -aunque se adorne con vaguedades poéticas- en una vía que, en su misma definición, no tiene objetivo. Rechazar la ‘Ciencia’, es sin duda, lo más cómodo, lo mismo que lo es toda irresponsabilidad.

          Las retórica seudo-espiritualistas que se respaldan en una supuesta pholosophia perennis, en ambigüedades vacías y generalizaciones sin fundamentos, en ecumenismos definidos sólo recientemente, que rehuye todo rigor para ocultar una impotencia del alma, no forman parte del Islam. Al contrario, la constante dentro de él es una búsqueda basada en lo que resulta posible a la inquietud del hombre cuando tiene como fin último a su Señor.

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