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Joe Biden, el presidente de EEUU - Sputnik Mundo, 1920, 07.06.2023

Los orígenes del anhelo hegemónico estadounidense

De acuerdo con la narración bíblica contenida en el Génesis, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.

En efecto, trasladando esta condición al plano de las relaciones internacionales, vemos que Estados Unidos, en vista de su interpretación triunfalista del final de la Guerra Fría, también ha pretendido hacer el mundo a imagen y semejanza de América.

Este tipo de actitud estadounidense, que tiene como telón de fondo una especie de proselitismo político de carácter protestante, se ha producido principalmente por dos factores.

Dos motivos de la actitud hegemónica de EEUU

En primer lugar, esto ocurrió por la posición dominante del pensamiento económico neoliberal a principios de la década de 1990. Durante este periodo, las principales organizaciones económicas internacionales, así como una serie de países y regiones del planeta, adoptaron el llamado Consenso de Washington, que representaba una serie de programas aprobados por el FMI y el Banco Mundial para los países en desarrollo.

Estos programas sugerían a los países prestatarios que asumieran ciertos objetivos como una inflación baja, la liberación de los controles de precios, el recorte del gasto público y la apertura de sus mercados financieros y de capitales.

Sin embargo, el resultado de la adopción de estas políticas fue la aparición de crisis económicas desde América Latina hasta Rusia, cuyo crecimiento de PIB per cápita en la década de 1990 fue inferior al de anteriores, a pesar de haber adoptado las recomendaciones de instituciones dominadas por Estados Unidos.

Más tarde, las reglas de este sistema hegemónico fueron acogidas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), extendiendo aún más la influencia del pensamiento económico estadounidenseal continente europeo.

En aquella época, los políticos de EEUU estaban convencidos de la aparición de un nuevo orden mundial, en el que las decisiones de política interior y exterior del resto del mundo estarían condicionadas a los dictados y predilecciones ideológicas de Washington.

El segundo factor principal utilizado por EEUU para que el mundo se amolde a su imagen y semejanza se refiere a la política de exportación de sus valores democráticos mediante la fuerza y la intervención directa en los asuntos internos de otros Estados.

Esto fue uno de los principales eslóganes utilizados por Washington para justificar la invasión de Afganistán e Irak a principios de la década de 2000, basándose en la necesidad de destituir a sus dirigentes y en una supuesta implantación del modelo de democracia liberal en esas regiones.

Explotando ideas como la intervención humanitaria en los Balcanes, Oriente Medio y Asia Central, EEUU ocultó cínicamente a la opinión pública sus propias violaciones de los derechos humanos, como demuestra el trato dado a los presos en Guantánamo, así como en la prisión iraquí de Abu Ghraib.

En efecto, la comunidad internacional empezó entonces a darse cuenta de que el supuesto apoyo a los derechos humanos y a la expansión de la democracia en el mundo no era más que un disfraz para la consecución de los objetivos geopolíticos de Washington.

Todo ello, unido al elevado coste social y a la pérdida de vidas humanas que provocaron estas intervenciones, reforzó aún más la profunda sospecha sobre las motivaciones estadounidenses en el sistema internacional, que empezó a denotar una especie de complejo de Dios.

El triunfo del ‘liberalismo’ estadounidense

No por casualidad, en Estados Unidos la obra El fin de la Historia, escrita por Francis Fukuyama a principios de la década de 1990, adquirió tintes de casi profecía. En esencia, Fukuyama argumentaba que, tras el final de la Guerra Fría, la democracia liberal de EEUU y su modelo económico de libre mercado habían eliminado los últimos obstáculos a su irremediable expansión global.

En consecuencia, los estadounidenses comprendieron que era fundamental derrocar los regímenes políticos que presentaban visiones del mundo diferentes, y utilizaron la fuerza para sustituirlos por sistemas políticos democrático-liberales, sin preocuparse por la especificidad de las distintas civilizaciones y pueblos.

En este contexto, el triunfo del liberalismo estadounidense equivalía a la afirmación de que solo puede haber un modelo posible de libertad humana y un modelo aceptable de organización social y política.

Puesto que la historia (tal y como la interpretaban Fukuyama y los propios responsables políticos de Washington) trataba de la formación y el desarrollo de la libertad humana, EEUU, en su posición de Dios del sistema, debería imponer esa libertad a otras naciones.

El punto clave aquí es que, como afirma EEUU, no debería haber alternativa política al modelo estadounidense de democracia liberal en el mundo y, por tanto, los regímenes percibidos como no liberales deberían ser debilitados, socavados y, en el extremo, derrocados.

En la práctica, esto significaba que Estados Unidos estaba dispuesto a actuar unilateralmente en el sistema, financiando guerras y participando en ellas directamente si era necesario, todo ello para defender los llamados valores democráticos.

Al final, ¿cuál fue el resultado de todo esto?

El resultado fue el intento de establecer un verdadero imperio mundial, compuesto por más de 800 bases militares en todo el planeta, la ocupación militar de países como Alemania y Japón, la muerte de millones de civiles debido a sus intervenciones bélicas y el desplazamiento de millones de refugiados de las zonas de conflicto.

Sin embargo, lo que el nuevo Dios del sistema no esperaba era la reaparición de naciones que se alzarían contra su proyecto de dominación, oponiéndose en principio al hegemonismo de Estados Unidos en las relaciones internacionales.

Países como Turquía, Rusia, China, Irán y otros actores importantes demostraron claramente los límites de esta promoción militarmente inducida del modelo democrático liberal.

En 1989, Ronald Reagan había dicho que EEUU era como «una ciudad brillante sobre una colina» y que los ojos de las naciones se volverían asombrados hacia Washington. Los años 2000 demostraron que la vanagloria de Reagan era equivocada.

Más que eso, demostraron que Estados Unidos tendrá que contentarse con ser solo una de las ciudades (aunque siga siendo importante) entre muchas otras brillantes del mundo.

Fuente: sputniknews.lat

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