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El Imâm al-Gazâli comienza así su exposición sobre el Salat, sus virtudes y sus beneficios:

Allah sumerge a las criaturas en Sus dones, satura sus corazones con las luces del Islam, que bajan desde el Trono de la Majestad, desde los peldaños de la Misericordia, hasta el mundo. En la soledad de Su Majestad y Grandeza, se diferencia de los reyes de la tierra animando a las criaturas a presentar sus ruegos y exponer sus necesidades. Se alza por encima de los poderosos de la tierra  abriendo Sus puertas y permitiendo a las criaturas intimar y dialogar con Él, en la soledad y en medio del gentío. Y no solo lo autoriza, sino que lo exige y lo declara deseable. Él no es como los reyes débiles que no aceptan a sus súbditos más que después de que estos ofrezcan presentes y sobornos. Su Verdad es Inmensa, Su Poder es fuerte, Su Delicadeza es perfecta y Su Bondad abarca todas las cosas. -¡Allah bendiga y colme de paz a Muhammad Su Elegido, Su Intimo escogido, así como a los suyos y a sus compañeros, claves del sendero y antorchas en la tiniebla!”.

En esta breve introducción, el Imâm hace referencia ha las siguientes cuestiones: 1- Los dones y luces de Allah (la Revelación) llegan al hombre desde la Majestad y la Misericordia, es decir, desde Su Poder y Belleza. Tienen, por tanto, fuerza y, a la vez, buscan el bien de la criatura. Favorecen al ser humano desde su eficacia creadora y trasformadora. La Majestad y Belleza de Allah (al-Ŷalâl wa l-Ŷamâl) son los ejes de lo que es Allah: Creador y Soporte de los mundos. Él es Fuerza y Bondad.

2- Uno de esos dones y luces es la orden de realizar el Salât. El Corán dice y repite: “Erigid el Salât” (aqîmû ssalât). Este imperativo ordena al hombre “acceder a Allah”, “acudir a Él”. El Salât es ponerse en presencia de Allah, reconociendo Su imperio en todas las cosas, y exponer ante Él las carencias y necesidades de la criatura.

3- Allah es presentado como Señor y Rey del universo, pero es diferenciado de los príncipes y poderosos de la tierra. El ser humano común es impresionado por el poder aparente de sus jefes, pero se trata de un poder quimérico, carente de esencia, viciado además por los defectos del hombre, y así, los arrogantes señores del mundo desprecian a sus súbditos y sólo atienden sus necesidades a cambio de miserias. Por el contrario, Allah, verdadero Rey y Señor de todas las criaturas, el que las ha forjado y las sostiene, les lanza un imperativo, que viene desde el Trono de su Fuerza hacedora y desde la Misericordia con la que ama todo lo que ha creado, para que acudan gratuitamente a Su Presencia y tengan una audiencia con Él.

4- Con todo lo anterior, al-Gazâli explica en una imagen cercana a su auditorio lo que es el Salât: una orden que viene de Allah, el Poderoso, el Misericordioso, obligando a los hombres a algo que redunda su propio beneficio. Y la imagen sirve para indicar la actitud y comportamiento a adoptar en el Salât: se está en Presencia del verdadero Rey, digno de temor por Su Poder y Majestad y digno de amor por Su Belleza. Ante Allah, en el Salât, son obligadas la reverencia y la cortesía, por un lado, en reconocimiento de uno de los dos aspectos de Su Verdad, y la confianza y la intimidad, en reconocimiento del segundo de esos ejes de Su Ser.

5- Allah es Señor y Rey, y el ser humano es criatura y pobre. Son los dos polos que se encuentran en el Salât. Al igual que el musulmán reconoce la Majestad y Belleza de su Creador, se reconoce a sí mismo en su precariedad, insuficiencia y necesidad, y es así como se presenta ante Él. No caben la arrogancia ni la mentira. Allah y el hombre son dos verdades desnudas durante el Salât. De ahí que el Salât es un momento de absoluta y radical sinceridad. Es la Presencia del Creador y Su criatura, unidas en la relación que hay entre la Verdad que sostiene las cosas y la criatura sostenida por la Verdad… sostenida y atendida por Ella, en la intimidad de un momento en el que el hombre abandona el vértigo de su existencia cotidiana para volverse hacia la esencia de su realidad.

6- Por último, al-Gazâli recuerda el origen de todas estas certezas, que han llegado a los musulmanes de su maestro por antonomasia, Sidnâ Muhammad (s.a.s.), y muestra su agradecimiento como es debido, rogando a Allah que lo bendiga y le de paz, y con él a todos los maestros que han sido sus herederos en el Islam. Efectivamente, el Profeta (s.a.s.) dijo: “No da las gracias a Allah quien no sabe dar las gracias a la gente”.

EL ADZÂN:

El Salât es un momento de encuentro entre Allah y el ser humano, un momento en el que deben ser tenidas en cuenta todas las consideraciones anteriores. La pertinencia de ese momento es anunciado por el muadzdzin, el encargado de proclamar la oportunidad que brinda Allah. Sidnâ Muhammad (s.a.s.) dijo: “Hay tres que el Día de la Resurrección estarán sobre una duna de almizcle negro, no temerán que se les exija cuentas ni les aterrorizará lo que ese Día siembre el pánico entre la gente: uno que lea el Corán por amor a Allah y dirija el Salât de gente que esté satisfecha con él; uno que anuncie en la mezquita la llegada del momento del Salât y lo haga por amor a Allah; uno que, teniendo riquezas, estas no le hagan desatender los actos con los que se gana el Amor de Allah”. Se habla en este hadiz de tres personas que cumplen funciones que las hacen meritorias de una paz que se manifestará ante Allah tras la muerte: el Imâm que enseña el Corán a los demás y es amado por su gente; el muadzdzin que anuncia el momento exacto del Salât y lo hace desinteresadamente; y quien, inmerso en la actividad de este mundo, no olvida a su Creador, y esto significa, esencialmente, que sabe ser solidario con sus semejantes. En medio de la cita está el muadzdzin, quien, con un acto sencillo, cumple una misión central, la de servir de portavoz, la de ser congregador, la de aunar a la humanidad en un acto ante Allah.

En otro hadiz, el Profeta (s.a.s.) dijo: “Los genios, los hombres y todas las cosas darán testimonio el Día de la Resurrección en favor del muadzdzin”. Efectivamente, el muadzdzin es vocero de Allah, trasmite Su orden, y por ello, hasta allí donde llegue su voz, todo queda comprometido: los genios invisibles, los hombres de carne y hueso, e, incluso, las cosas, todo está obligado a responder a Allah, todo oye y todo dará testimonio en favor del muadzdzin el Día en que todo se reúna ante su Creador. En realidad, el muadzdzin ha delegado en sí la función del Profeta (s.a.s.), y ello lo hace partícipe de su realidad anunciadora.

Es Allah el que gobierna al muadzdzin durante el momento en que proclama el momento preciso de empezar el Salât. El muadzdzin está reaccionando a una inspiración, y por ello, Sidnâ Muhammad (s.a.s.) dijo: “La Mano del Misericordioso está sobre la cabeza del muadzdzin hasta que acaba su adzân”. Desde que empieza hasta que acaba su llamada, el muadzdzin que convoca a la gente por Amor a Allah, es imagen de la Majestad y la Belleza que lo han activado. Está protegido, investido y colmado por su Señor.

Se ha interpretado que el versículo que dice: “¿Quién dice algo mejor que el que convoca hacia Allah y actúa rectamente?” se refiere a los muadzdzinîn.

El muadzdzin suple al Profeta (s.a.s.) durante el momento en que, desde lo alto del alminar, llama a la gente anunciándole que ha llegado el momento de reunirse ante Allah. Por esa suplencia, todos están obligados a responder a su llamada e, incluso repetir sus palabras, como los musulmanes hacen con las palabras del Profeta (s.a.s.), quien dijo: “Cuando escuchéis la Llamada, decid lo que dice el muadzdzin”. Es decir, haced vuestras sus palabras, convertíos en eco de esa Llamada, para beneficiaros de la bendición que contienen.

Y cuando el muadzdzin acaba sus palabras, el musulmán dice: “Allahumma, Señor de esta Llamada perfecta y del Salât que va a erigirse, concede a Muhammad la mediación, la virtud y el grado elevado, y devuélvelo a la vida en la situación digna de elogio que le has prometido. Tú no traicionas Tu promesa”, vinculando con esto, de nuevo, al muadzdzin con el Profeta (s.a.s.). Ese momento en que ha acabado el Adzân, en el que ha tenido cumplimiento el acto por el cual Allah, a través de un ser humano, ordena con un imperativo poderoso a la gente reunirse ante Él, acudir a Su Presencia en la que Él se presenta como Creador, Señor y Soporte de cada criatura, dispuesto a responder a cada una de ellas, es el momento en que el musulmán, en un instante, recuerda toda la esencia e historia del Islam.

El hecho congregador del Adzân fue resaltado por Sa‘id ibn al-Musîb, compañero del Profeta (s.a.s.) cuando dijo: “Cuando alguien realiza el Salât en medio de un desierto, a su lado derecho se coloca un ángel y a su lado izquierdo se coloca un ángel, y se guían por él en la realización del Salât. Pero si antes ha dado el Adzân y la Iqâma, entonces como una montaña inmensa de ángeles se sitúan a su espalda y repiten sus gestos”.

musulmanesandaluces.org

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