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El pasado 16 de febrero, el pleno del Ayuntamiento de Morón de la Frontera aprobó conceder la Medalla de Oro de la ciudad al aeródromo militar de utilización conjunta España – Estados Unidos de América. Se da la paradoja de que, en el mismo acto, se nombra como hijo predilecto de Morón a un reconocido
antimilitarista, el dibujante e historietista Carlos Azagra.

Los colectivos que firmamos el presente documento, manifestamos nuestra sorpresa ante la concesión, por parte del Ayuntamiento, de la Medalla de Oro a la Base Aérea de Morón.

En una coyuntura como la actual, en la que la escalada bélica mundial parece abocarnos a un futuro incierto, consideramos imprescindible apostar decididamente por la cultura de la desmilitarización y la paz. Pero podría interpretarse que, al premiar a la Base Aérea como institución, el Ayuntamiento está premiando al complejo militar industrial en su conjunto, y, por ende, al aparato que crea y sostiene las guerras. Y una guerra nunca merecerá distinción alguna, porque cualquier guerra, todas las guerras escenifican el peor de nuestros fracasos como sociedad.

Por ello, esta medalla, como símbolo, se nos antoja un gesto preocupante, más aún si tenemos en cuenta que ha sido concedida por un gobierno autoproclamado progresista. Respetamos a los trabajadores y trabajadoras de la Base, así como la labor —más propia de un cuerpo civil que militar— que desempeñan ciertos colectivos (como, por ejemplo, la U.M.E.), pero no podemos olvidar el uso que se le ha dado y se le sigue dando a la Base, durante los diferentes conflictos armados. Un uso, en muchos casos y como mínimo, éticamente cuestionable. Partiendo, además, de un hecho anómalo para la soberanía de cualquier país: la presencia militar estadounidense en Andalucía (Rota y Morón) es la evidente expresión de las políticas expansionistas e imperialistas, es decir, la política de la guerra, nuevamente.

Es la sociedad civil la que, históricamente, ha protagonizado los mayores avances y la que construye las democracias. Ningún pueblo elige la guerra ni celebra sus infraestructuras. Más bien, al contrario: todos los pueblos, sin excepción, la sufren. La guerra solo le interesa a una minoría que la promueve, para defender sus ambiciones económicas, políticas y militares. Por eso, al tiempo que cuestionamos la idoneidad de este reconocimiento, proponemos la reconversión de las instalaciones de la Base, así como todos sus puestos de trabajo, en un proyecto de carácter social, al servicio de la comunidad y con la finalidad de impulsar la cultura de la convivencia, la cooperación y la democracia.

Ningún ejército defiende la paz.
No a las bases, ni a las guerras, ni a los que las premian.

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