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Al escribir El Islam en la Encrucijada su autor se proponía despertar la conciencia de los musulmanes al hecho de que eran social y culturalmente diferentes de la todopoderosa sociedad occidental, y suscitar tanto su orgullo por formas e instituciones que les eran propias y que les ayudarían a mantener viva esa “diferencia” esencial y les devolverían su creatividad cultural después de siglos de total estancamiento y esterilidad cultural de nuestra comunidad, como el deseo de preservarlas. El acento fundamental del libro recae en el “despertar” y el “preservar”: es decir, en preservar aquellas formas y valores de nuestro pasado que seguían teniendo aplicación a la realidad del Islam en cuanto que fuerza generadora de cultura, y en despertar el espíritu de aquella ideología islámica que proviene del Sagrado Corán y de la Sunna del Profeta Muḥammad.
En Los Principios de Estado y Gobierno en el Islam Muhammad Asad plantea las líneas maestras en que debería basarse la constitución de un estado islámico.

Madrasa Editorial

Así comenzó a esparcirse el odio. Los cruzados expandieron este odio entre todas las masas ignorantes de Europa y los cristianos españoles lo intensificaron en sus guerras para librar a su país del “yugo de los idólatras”. Pero la caída de Al-Andalus requirió varios siglos antes de que se completara en su totalidad. Durante todo este proceso se inició una hostilidad hacia el Islam que fue, paulatinamente, enraizando en la mentalidad europea y que permanece, en la actualidad. Al final, se produjo la extirpación completa del Islam en la península Ibérica, después de una persecución caracterizada por una ferocidad y crueldad sin parangón en la historia de la humanidad. Los gritos de alegría, que salían de la boca de todos los europeos tras este acontecimiento, mostraban un total desconocimiento de sus consecuencias, pues se produjo el colapso absoluto de la ciencia y del conocimiento, que fueron sustituidas por la ignorancia y la barbarie propias de la Edad Media cristiana.
Pero, antes de que los ecos de estos acontecimientos en España se difundieran por toda Europa, tuvo lugar un tercer hecho de gran importancia y que supuso una nueva ruptura entre Occidente y el Islam. Nos estamos refiriendo a la caída de Constantinopla. Europa había mantenido Bizancio como una reliquia de la gloria de la antigua Grecia y del Imperio Romano. Por esta razón, se consideró este suceso como una derrota de la Europa civilizada frente a la barbarie asiática. Y Europa cerró completamente sus puertas al Islam. En los siglos posteriores, salpicados todos ellos de guerras, la hostilidad de Europa hacia el Islam no fue sólo de naturaleza cultural, sino también política. Y este hecho incrementó la violencia de esa hostilidad.
“A pesar de todo esto, Europa obtuvo grandes beneficios de estos conflictos. El renacimiento de las artes y las ciencias en Europa fue una herencia directa de las fuentes islámica y árabe, hasta tal punto que, en muchos casos, es posible rastrear, con toda perfección, el tránsito material y de ideas entre Oriente y Occidente. Europa se benefició de este intercambio mucho más que el mundo musulmán, pero nunca quiso reconocer este legado islámico. Y el legado se ha ido incrementando, con el paso del tiempo, hasta convertirse en una segunda naturaleza. Por más que haya existido un empeño deliberado en ocultar este herencia musulmana, el legado es tan intenso que ha pasado a formar parte del pensamiento de cualquier europeo, hombre o mujer. Este sentimiento continuó floreciendo, a pesar de los múltiples cambios culturales. Después de la Reforma, Europa se dividió en diversas sectas que aunque viven continuamente enfrentadas unas con otras, mantienen como punto de unión su hostilidad hacia el Islam. A continuación, el sentimiento religioso comenzó a decaer, lo que no impidió que se mantuviera intacta la animadversión hacia el Islam. Una prueba clara de todo esto la encontramos en la figura del filósofo y poeta francés, Voltaire, uno de los críticos más agudos del Cristianismo y de la Iglesia, durante el siglo dieciocho, y que, al mismo tiempo, se declaraba abiertamente hostil al Islam y a su Mensajero. Unos pocos años después llegó la época en la que los escolares occidentales comenzaron a estudiar culturas extranjeras y a sentir cierta simpatía por ellas. No obstante, a pesar de ello, la distancia que la historia había creado entre Europa y el mundo islámico se mantuvo inalterada. La antipatía hacia el Islam sigue constituyendo una parte fundamental del pensamiento europeo. Entre otras razones porque los primeros orientalistas de la edad moderna eran misioneros cristianos, que trabajaban en territorio musulmán, y su descripción de las enseñanzas e historia del Islam era completamente equivocada, ya que se basaban en el axioma según el cual los europeos eran superiores a los “idólatras”. Y, a pesar de que los estudios orientalistas se han liberado de la influencia de los misioneros, persiste este prejuicio intelectual. Por todo ello, se mantienen los ataques de los orientalistas hacia el Islam, como un instinto heredado y una peculiaridad de su misma naturaleza, pues se basan en la antigua impresión creada por los cruzados y por el resto de influencias intelectuales que se han ido adhiriendo a ésta, en la historia de Occidente.
Pero podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que esta antigua antipatía, cuya base era originariamente de raíz religiosa y que se intensificó por el espíritu de dominación de la iglesia cristiana, pueda persistir en Europa, en nuestros días, cuando las convicciones religiosas no son más que una materia de interés arqueológico?.
No hay nada sorprendente en este hecho, ya que es bien conocido para la psicología que los hombres pueden perder todo el sentimiento religioso que poseían en su juventud y, al mismo tiempo, mantener algunas supersticiones que para ellos formaban parte del componente esencial de la religión. Son esas supersticiones las que se mantienen indelebles en la vida de tales sujetos. Así, ocurre con el sentimiento de Europa hacia el islam. A pesar del hecho de que las convicciones religiosas, que habían mantenido viva la llama de la hostilidad hacia el Islam, han perdido su poder y han sido reemplazadas por una concepción más materialista de la vida, la antigua antipatía permanece como un elemento vital de la mentalidad europea. Sin duda, esta antipatía no es homogénea en todos los occidentales, pero es indudable que, en mayor o menor grado, existe en casi la totalidad de los mismos. El espíritu de las Cruzadas sigue sobrevolando Europa. Una civilización que, en relación con el mundo islámico, ha ido alimentando, durante siglos, una fuerza que bien podríamos denominar genocida.

Muhammad Asad. “El Islam en la encrucijada”

Muhammad Asad (en árabe, محمد أسد; en urdu, محمد اسد), cuyo nombre original era Leopold Weiss, fue un periodista austriaco nacido en julio de 1900 en Lemberg, en el Imperio austrohúngaro (la actual Leópolis, Ucrania) y muerto en 1992 en Mijas (Andalucía).1

Miembro de una familia judía con una larga tradición de dedicación a la profesión de rabino, salvo su padre que fue abogado, Leopold recibió una sólida educación religiosa judía y dominaba el hebreo. Un viaje a Jerusalén en 1922 donde residía un tío suyo le abrió la puerta a una serie de viajes por Oriente Medio durante los cuales ejerció de corresponsal del Frankfurter Zeitung.

Durante su estancia en Palestina se interesó por el modo de vida de los beduinos y el islam, reconociéndose musulmán en 1927 y tomando el nombre de Muhammad Asad. Asad consideraba que el islam y el modo de vida de los árabes palestinos estaban más cerca de la religión y la cultura judías originales que el desarrollo posterior de la cultura judía en Europa.2

Asad vivió largos años en Arabia Saudita, donde ejerció de consejero del rey Abdelaziz bin Saud y donde se casó y tuvo un hijo, Talal. Después viajó por la India donde trabajó con Muhammad Iqbal por la creación de un estado musulmán independiente, lo que luego sería Pakistán, llegando a formar parte de la delegación de este país en las Naciones Unidas. A mediados de los años 50 dejó sus cargos para escribir su conocida autobiografía El camino a Meca, y en 1960 inició su traducción y tafsir (comentario o exégesis) del Corán, proyecto de gran envergadura que contó con el apoyo del rey Faisal.3​ Hacia 1964 se trasladó a Tánger (Marruecos), donde acabó su obra, que publicó en Gibraltar en 1980 con el título El mensaje del Corán. En 1987 se instaló en Mijas (España), donde empezó a trabajar en una revisión de su Corán comentado, pero su enfermedad y posterior muerte en febrero de 1992 le impidieron terminarla. Está enterrado en el pequeño cementerio musulmán de Granada

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