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El Corán nos dice: “Cuando Allah quiere algo, le dice ‘sé’, y ‘es’…”. Cuando Allah quiso que la creación existiese, le ordenó ser y el universo apareció surgiendo de la nada. Cada vez que Él nos dice ‘sed’, ‘somos’. Cuando dice a cada uno de nosotros ‘sé’, cada uno de nosotros pasa a existir,… y cada uno de nuestros instantes es regido por Allah, cada uno de nuestros pasos es guiado por Allah, el Señor de los Mundos. Allah nos ordena que crezcamos y crecemos; nos dice que nos pongamos en movimiento, y nos movemos; nos ordena detenernos y nos paramos. Él dice a nuestro corazón que palpite, y nuestro corazón late; nos manda que respiremos y respiramos; nos dice que durmamos y dormimos; nos dice que despertemos y despertamos; nos dice que muramos y morimos; nos dirá que resucitemos y resucitaremos…

Todo lo nuestro es respuesta a su orden; nuestra vida, nuestra existencia, nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro, todo es suyo; cada uno de nuestros instantes es respuesta a su poderoso imperativo. Esto es el Tawhîd, éste es el Océano de la Unidad. Reflexionar sobre esto, presentirlo, es lanzarse al vértigo de una espiritualidad absoluta.

Pues bien, en el Corán Allah nos ha ordenado hacer el Salât, y con la misma presteza debemos responder a su llamada y cumplir su orden… Ése es el signo de haber comprendido lo anterior, es signo de participación consciente en la esencia de la realidad. Hace realmente el Salât como es debido el que es articulado por Allah mismo, y no por su propia voluntad. Cumple realmente con el Salât aquél para el que no hay diferencia entre hacer el Salât y vivir y morir. No hace el Salât como debe ser hecho el que espera beneficios. El Salât debe ser un acto puro.

         Muchos musulmanes nuevos traen consigo el cristianismo a esta mezquita. Lo hacen sin quererlo, con la mejor voluntad: es difícil que desaparezcan actitudes no islámicas aprendidas desde la niñez. Por eso es fácil observar que muchos de vosotros rezáis en lugar de hacer el Salât. Se engaña a la gente cuando se le dice que hacer el Salât es rezar, que el Salat es la oración o el rezo de los musulmanes. Hay abismos entre las dos actitudes. Os voy a poner algún ejemplo para que empecéis a comprender la diferencia.

         Ha habido quien me ha comentado que se siente indigno de hacer el Salât, que se siente impuro. ¿Cómo podría ponerse ante Allah, su Señor, siendo inmerecedor porque está sucio?… ¿Es que no sabe que es suficiente hacer las abluciones para estar ‘limpio’, y ‘habilitado’ para ponerse ante Allah? Las abluciones son sencillas, se tarda cinco minutos en hacerlas… Evidentemente, se está refiriendo a otra cosa. Se refiere a su mala conciencia, a su ‘masoquismo’, marca indisimulable de cristianismo aún no superado. ¡Hay tanta culpabilidad sembrada en los ánimos que es necesario enseñar a los musulmanes nuevos a dar un golpe de estado en sus corazones para librarlos del masoquismo que hace ridículo su Salât! Nada hay más extraño que alguien que hace el Salât igual que si entonara un ‘mea culpa’, como si estuviera haciendo penitencia, sufriendo cinco veces al día…

El musulmán sabe que el ser humano no es una abominación. Y ya está. Y que puede ponerse ante Allah cumpliendo con unos mínimos que no guardan secretos. Lo que hace es responder a una llamada para la que se sabe válido, porque de lo contrario no se hubiera convocado a los hombres… Lo demás es tontería y sombra de doctrinas y enseñanzas siniestras que no buscan sino atar a los hombres al miedo y la ineptitud, que justificarían la existencia de sacerdotes, instituciones sagradas, sacramentos y mediadores. Nada de eso hay en el Islam, por lo que en el Islam hay que levantar la cabeza sin miedo y ponerse ante Allah como debe hacerlo el que sabe que ante Él no valen componendas ni subterfugios.

Ciertamente, el Salât nos asoma a algo terrible porque es inmenso e inabarcable, nos arroja al vértigo de lo infinito y nos sobrecoge ante la eternidad, pero no nos aterroriza con el miedo a fantasmas, atándonos a nuestras frustraciones, muy al contrario. El Salât no es para aliviar nuestra mediocridad sino para agrandar nuestro espíritu.

         Por otro lado, muchos reprochan el formalismo que hay en el Salât. Tiene formas rígidas que hay que respetar para que sea válido. Estos son adeptos de un cristianismo más moderno que intenta remediar su oscurantismo diciendo que ahora todo vale y que dios es un colega. Pero nosotros no somos cristianos ni tenemos porqué tener en cuenta sus disparates. Somos musulmanes, es decir, gente seria en lo que atañe a la espiritualidad, gente con un camino, y no vamos dando tumbos… al-hamdu lillâh. Por ello es muy importante que hagamos el Salât con rigor, respetando sus normas al máximo, para no parecernos a quienes hacen a su antojo, unos días se sienten a gusto y otros están deprimidos, unos días quieren hacer una cosa y otros otra, y así hasta que mueren sin haber hecho jamás nada como debe ser hecho. Y entonces se encontrarán frente a Allah, y no frente a sus dioses improvisados cada día y amoldados a sus gustos…

         El Salât, por tanto, es algo serio. No es rezar. No es hablar con un dios. No es echar un rato ‘espiritual’. No es calmar una inquietud. No es relajarse. No es un ejercicio de respiración. No. El Salât es sumergirse en la Inmensidad. Eso es el Salât, y quien no se sumerge en lo infinito no está haciendo el Salât. Quien tiene la ilusión de que está hablando con un dios durante el Salât, se está engañando a sí mismo. ¿Qué se dice durante el Salât? Durante el Salât se recitan pasajes del Corán. Es decir, es Allah el que habla. El Salât es un momento de Allah. El Salât es un instante de lo infinito, lo eterno, lo inmenso. Y el musulmán aprovecha ese instante para fluir con él hasta profundidades que no imaginan los idólatras, los que hablan con fantasmas, los que buscan paz espiritual cuando deberían ser guerreros que conquistaran mundos interiores…

         El Salât, por tanto, es algo serio. En él, el musulmán se ata a Allah y se desapega de todo lo demás. Y lo hace con absoluta entrega, dejando atrás todo. Esto es lo que proporciona paz, y esto es lo que hace sabio al musulmán. Pero eso es un obsequio de Allah a quien hace el Salât como es debido. Y el Salât como es debido es el de quien lo realiza accionado por Allah, aquél que responde a Allah cuando le ordena hacer el Salât con la misma espontaneidad y presteza con la que responde a su orden existenciadora.

  Segunda Parte

           al-hámdu lillâh…

         Es importante que aprovechemos esta charla para aprender algunas palabras. Recordad lo siguiente: los Salât pueden ser obligatorios o voluntarios. Hay cinco Salâts obligatorios, y cada uno de ellos recibe el nombre de farîda o maktûba, términos que quieren decir precisamente obligatorios, prescritos… Los voluntarios o nâfilas son llamados sunna cuando el Profeta tenía la costumbre de realizarlos (también se les llama por ello rawâtib, acostumbrados, como es el caso de las rak‘as que se hacen antes y después de cada Salât farîda); segundo, los Salâts voluntarios son llamados mustahabb o recomendados cuando el Profeta los realizaba pero no de forma sistemática, como al salir o entrar en su casa; por último, están los Salât tatáwwu‘, que son aquellos que un musulmán realiza en cualquier momento y según su entendimiento. Es obligatorio realizar los Salât farîda, y después vienen las sunnas en cuanto a grado de obligatoriedad, y después vienen las mustahabb y sólo cuando se tenga la costumbre de hacer todo lo anterior, el musulmán debe empezar a hacer Salats tatáwwu‘.

         Quiero acabar esta serie de charlas sobre el Salât con una advertencia seria. El Salât no debe ser nunca ocasión para ningún tipo de exhibicionismo ni para echar en cara nada a nadie, errores en los que se cae con frecuencia cuando no se sabe que los musulmanes no actúan así jamás, que esas actitudes son desconocidas en un entorno islámico normal…

         El Salât es una obligación que incumbe a todos los musulmanes. El que no lo hace incurre en una falta grave, pero el que lo hace no está haciendo nada del otro mundo. Está cumpliendo con una obligación, de modo que no tiene nada de lo que presumir.

         Hay quienes hacen el Salât con mucha prisa, bien porque piensan que tienen algo mejor que hacer, bien porque quieren demostrar alguna especie de maestría y dominio, lo cual es absolutamente ridículo. Otros lo hacen con una parsimonia que es capaz de poner nervioso a cualquiera. Estas exhibiciones de piedad están fuera de lugar dentro de un contexto islámico donde las gentes hacen el Salât con naturalidad, como debe ser hecho, sin pretensiones. La moderación es el mejor consejo que se puede dar a los musulmanes nuevos, y recordarles que cuando ejerzan de imâmes deben ser prudentes y no hacerse pesados ni ligeros sino justos.

         Es harâm querer llamar la atención con el Salât, porque el Salât es de Allah. Debemos, por tanto, ser delicados y darle al tema su importancia, que es infinita. Por ello, os aconsejo y me aconsejo a mí mismo un profundo estudio de todo lo relacionado con el Salât porque es eje de nuestro Islam, el pilar de nuestra ‘Ibâda. En el Salât estamos ante Allah, por ello tenemos que ser cuidadosos, escrupulosos y amantes, poniendo rigor y pasión, atendiéndolo todo, nuestras formas exteriores y nuestras actitudes anteriores, para que el Salât sea una bendición y no una maldición…

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