Por Abdelmumin Aya

Abdelmumin Aya, arremetiendo contra los que hasta ahora han negado la cordura o la honestidad al profeta del Islam, intenta probar las similitudes entre los rasgos que se dan en las experiencias muhammadianas y sus equivalentes en la experiencia chamánica universal, destruyendo así un tabú que sólo contribuye a privarnos de la dimensión más tremenda de la espiritualidad muhammadiana.

Hasta el día de hoy, el mundo occidental no está dispuesto a considerar al Profeta Muhammad, en términos generales, un personaje digno de elogio.

Sabiamente, afirmaba Cansinos Assens: “Si Mahoma no hubiera realizado su misión en el modo profético, sino como un político, un legislador o un guerrero victorioso, nadie le discutiría sus méritos”(1).

Más de mil ochocientos millones de personas viven actualmente en el mundo con un único modelo de imitación: el Profeta Muhammad. Una ingente comunidad humana que no debe nada a Sócrates, a Pablo de Tarso, a Lao Tsé o a Buda. Y, mientras el mundo amenaza con una gran confrontación a escala planetaria, Occidente aún cree que puede seguir avanzando en la Historia sin haber realizado los mínimos estudios serios sobre la personalidad del hombre que gestó ese universo cultural y social que es el Islam.

Pero, propiamente, nuestra investigación no surge como reivindicación de la figura de Muhammad, ésa es una asignatura pendiente de la historiografía occidental, y Occidente debe aprender a conjurar por sí solo sus propios fantasmas. Nuestra investigación nace como parte del derecho de Muhammad a un retrato psicológico riguroso y honesto, como lo tienen Felipe II, Montesquieu o Alejandro Magno.

Hay que empezar por darse cuenta de que ninguna otra figura histórica universal de fecha tan reciente presenta en nuestro imaginario colectivo rasgos de personalidad más desdibujados que el Profeta del Islam. Muhammad, del que se ha dicho que fue “desfigurado por sus enemigos y transfigurado por sus seguidores”(2), ha acabado volviéndose una entelequia.

Los enemigos del Islam han tergiversado y han mentido, pero nosotros hemos mitificado y no siempre hemos dicho abiertamente todo lo que sabíamos del Profeta Muhammad. Esto sucedió desde los comienzos del Islam. Poco después de la muerte del Mensajero de Al-lâh, paz y bendiciones sobre él, sus compañeros ya tenían conciencia de que era mejor callarse determinadas cosas. Abû Huraira, unos de sus más íntimos, afirmó que si desvelara la sabiduría interior que Muhammad le mostró le aplicarían la pena de muerte por impío. Y ‘Abdul-lâh ibn ‘Abbâs, otro de los compañeros del Profeta, ante la recitación de la aleya 65:12 [“Al-lâh es quien ha creado siete cielos y otras tantas tierras…”], exclamó a la multitud en ‘Arafât: “¡Oh gentes, si comentara ante vosotros este versículo tal como yo mismo se lo he oído explicar al Profeta, me lapidaríais!”.

Los musulmanes hemos temido revelarlo todo de Muhammad, pero, aunque lo hubiésemos hecho, enfrente no había nadie para escucharlo inocentemente.

Los especialistas al servicio de los intereses del Cristianismo o del Colonialismo, que ambos venían de la mano, no han querido darnos de Muhammad otra imagen que no fuera la del profeta sanguinario de la Guerra Santa, o el profeta de la lujuria, que elaboraba revelaciones al gusto de sus

conciudadanos y de sus propias pasiones. Debemos forzar a reconocer que no ha habido un auténtico interés entre la intelectualidad occidental en conocer y dar a conocer la figura del Profeta Muhammad. Y ahora los occidentales se enfrentan con el importante obstáculo para su tranquilidad mental de que todo lo relativo al Islam es amenazante por el desconocimiento que tienen de él.

Consultan a los arabistas para tratar de desentrañar claves para el diálogo con los musulmanes y sólo pueden presentar ante nosotros los prejuicios y las sarcasmos sobre el Islam con que hasta ahora se han ganado la vida.

El Arabismo en España es la única especialidad académica a la que se permite despreciar el objeto último de su estudio. El Arabismo español, hasta ahora(3), no ha sido más que una estrategia de frontera. Por eso los españoles no sabemos nada del Profeta Muhammad. Dejamos pasar de largo la oportunidad de seguir la senda que marcó Alfonso el Sabio en el entendimiento entre las culturas. En la Primera crónica general leemos una somera descripción del Profeta que nunca más va a ser retomada en el panorama arabista español:

Este Mahomet era omne fermoso et rezio et muy sabido en las artes a que se llaman mágicas, e en aqueste tiempo era él ya uno de los más savios de Arabia et de África (4).

Para Alfonso el Sabio, “las artes mágicas” tenían el mejor significado de los posibles, identificándolas con sabiduría práctica, sanación y generosidad respecto a las necesidades sociales.

Desde entonces, nunca más en Occidente –que sepamos- se va a hablar de este modo de Muhammad. No deja de ser curioso el hecho de que la cultura occidental se haya abierto a otras formas de Conocimiento –algunas tan distantes de la racionalidad occidental como el animismo o el totemismo de los pueblos sin tradición escrita-, y sin embargo, salvo recientes y contadas excepciones que se dan dentro de una teología cristiana sinceramente ecuménica 5 , la consideración del público en general hacia el Profeta Muhammad no se ha visto modificada: o fue un loco o fue un farsante. En el mejor de los casos, un farsante con buenas intenciones que fingía en beneficio de su sociedad.

Por su parte, afortunadamente, parece que el Islam ha dejado de bailar al son de las modas culturales occidentales. Mientras que se explicó a sí mismo en clave religiosa, destacando lo asombroso como el núcleo de su mensaje, se le acusó desde Occidente de no haber sufrido un Siglo de las Luces y seguir anclado en la credulidad que precede al desarrollo de una hermenéutica.

Cuando, como reacción, el Islam trató de explicar “científicamente” los acontecimientos excepcionales que aparecen en el Corán y los de la propia vida del Profeta, el mensaje del Islam dejó de despertar interés en los occidentales. Y está bien que así sea; porque los musulmanes no podemos caer en el juego de adular a los occidentales para seducirlos a la conversión, maquillando el Islam según lo que dictara en el momento el marketing de las religiones. La Revelación coránica, Muhammad y el Islam son lo que son; fenómenos complejos, con contrastes, luces y sombras, y en último caso, fenómenos específicos que deben ser conocidos tras una inmersión pausada y

plena en su océano de posibilidades.

Y, a pesar de que en último término todo fenómeno humano es irreductible a otros fenómenos, puede servirnos para acercarnos a la realidad íntima del Islam la analogía con determinados movimientos de índole espiritual que Occidente ya tiene estudiados, como los de las sociedades sin tradición escrita.

Inútilmente, pues, forzamos desde un ecumenismo religioso paralelismos Cristianismo-Islam, siendo el Cristianismo que ha vencido a todos los otros cristianismos de naturaleza latina y el Islam un fenómeno originalmente semita; siendo el Cristianismo la madre del Capitalismo occidental y el Islam –como diría Guénon- puro “mundo tradicional” en clara confrontación con el Sistema

capitalista.

Los occidentales aceptamos que las culturales “tradicionales” han conseguido plasmar un contacto con pocas contaminaciones del hombre con lo sagrado que lo envuelve, y quizá por ello no se acaba de aceptar que el Islam pueda participar del prestigio de “lo tradicional”, por más que –paralelamente- lo acusemos de “primitivo” y “poco civilizado”. El Islam es, en la opinión general

del occidental, la única forma primitiva de sociedad de la que no puede aprenderse absolutamente nada. Ninguna cultura, por rudimentaria que sea a nuestros ojos, ningún legado aborigen -esquimal, maorí, dogon, yanomami…- ha despertado menos interés que el Islam entre los occidentales. Tal vez, tras la lectura de este texto, nuestros conciudadanos acepten el hecho de que han negado al Islam la menor oportunidad de ser inteligible, no digamos ya de explicarse a sí mismo.

Para ayudarnos a comprender la auténtica dimensión de la propuesta islámica, y liberarnos de prejuicios que nos han hecho perder de vista la verdadera fuerza telúrica del Islam, proponemos ahora a los occidentales estudiarlo desde la óptica del Chamanismo. Actualmente, los etnólogos y los antropólogos son más proclives a reconocer la realidad de la experiencia chamánica –su fuerza,

su efectividad- que a negarla. Ya en los ámbitos académicos apenas se duda de la veracidad de la experiencia chamánica a lo largo de la Historia y del planeta. Después de miles de trabajos de fenomenólogos de la religión es difícil no considerar al chamán de una comunidad humana como el hombre de ese grupo humano más sensible a las energías sutiles de la existencia y el único que es capaz de operar ciertos reajustes necesarios en esa sociedad basándose para ello en sus experiencias extáticas.

En este trabajo vamos a presentar -como si hasta ahora hubiera sido un perfecto desconocido para nosotros- al Profeta Muhammad, al que vamos a ver revestido desde un principio de las características atribuciones de los chamanes, mostrando toda esa serie de acontecimientos de su vida que siguen fielmente el patrón estudiado por Mircea Eliade para el fenómeno chamánico. Podemos explicar la vida del Profeta Muhammad sin necesidad de exigirle fe a nuestros lectores, y sin por ello interpretar los sucesos prodigiosos de la misma desde una lectura racionalista, que al fin y al cabo resulta patética.

Podemos, en definitiva, hablar de Muhammad con el tratamiento académico que se da a cualquier estudio de campo de un chamán del Amazonas o de Siberia: narrando los hechos con respeto y minuciosidad.

Una buena metodología de trabajo exige con carácter preliminar una definición operativa de “chamán”. No hay que obsesionarse con las definiciones. Un chamán es alguien a quien su extremada sensibilidad no sólo no le ha llevado a la ruina, sino que le ha dado la posibilidad de moverse en un espacio mental y físico más amplio. La clave de su transformación en chamán es que ha sabido controlar el caudal de experiencia que le llegaban por los sentidos –esa experiencia intensa del mundo- y hacerse dueño de niveles de realidad que se le escapan al hombre normal. La serie de vivencias que le ha sido dado experimentar -tal como los ascensos celestes, los viajes infernales, el descuartizamiento, las visiones, la interlocución con seres de naturaleza sutil, etc…- han sido la prueba de si resistía esos niveles sobreañadidos de realidad que enloquecerían a sus congéneres. No son la vivencias extraordinarias lo que te convierte en chamán, sino el hecho de haberlas sabido transformar en beneficio para su sociedad. Un chamán es, ante todo, un hombre con una función social: es el encargado de la curación, el de la restauración del orden social, el de la proyección trascendente de la vida cotidiana… Un chamán no es un brujo. En todo caso, aunque la denominación se queda corta, es un hombre- medicina. Pero también es “el que sabe”, “el que experimenta la existencia hasta el fondo”, “el que organiza míticamente su pequeña sociedad tradicional”.

En El secreto de Muhammad, el concepto «chamanismo» se ha tomado, pues, en un sentido amplio. Para que exista “experiencia chamánica” no tenemos por necesario el empleo de una técnica determinada (en esto nos separamos del criterio de Mircea Eliade), ni entendemos que deban tratarse como categorías psicológicas separadas la del hombre que sufre el arrebato espontáneo y la del que emplea una técnica específica de éxtasis 6 . El arrebato esponáneo incita a la búsqueda de técnicas de éxtasis, del mismo modo que estas técnicas contribuyen a facilitar un tipo de conciencia que asuman el éxtasis con la naturalidad de la vida diaria. Un hombre insensible no puede transformarse en chamán por muchas técnicas que aprenda, mientras que alguien que es adiestrado en unas técnicas si no ha sido objeto de una elección divina no podrá llegar muy lejos. Cuando el fenomenólogo de la religión divide entre ambos tipos humanos –el místico extático y el chamán profesional- demuestra hallarse muy lejos de una comprensión del fenómeno desde dentro.

Tendremos, somos conscientes a priori, que salvar las reticencias no sólo de los especialistas occidentales en el hecho religioso o de los arabistas, que hasta ahora han permanecido mudos en esta cuestión. También la clara oposición de los musulmanes. Con gusto, los musulmanes sustraerían a Muhammad la condición de chamán. Porque los musulmanes que lo son de nacimiento y provienen de un ámbito tradicional identifican el chamanismo con la brujería, mientras que los musulmanes conversos relacionan erróneamente lo chamánico con el uso de psicotrópicos(7).

Pero lo cierto es que sólo cuando llegamos a Muhammad-chamán el Islam deja de ser un fenómeno árabe, un fenómeno semita o –todo lo más- mediterráneo, y se universaliza.

Tan cierto es que el Profeta no fue un brujo ni un hechicero, alguien que utilizara las energías que le rodeaban para engañar o dañar a sus semejantes, como que Muhammad se constituye en chamán –en sanador de su mundo- porque logró hundir sus raíces en una realidad que nuestra lógica racional actual trata de rechazar. A partir de ahora, todo musulmán converso en Europa deberá saber que el Islam hereda la sensibilidad mágica de los hombres a los que descendió la Revelación, y que lo único que Muhammad amputó de esa sensibilidad mágica fue lo que atentaba contra la soberanía de Al-lâh. El ser humano que se realiza a través de la figura de Muhammad pasa forzosamente por atribuirse la condición chamánica. Porque el Islam no es un cúmulo de experiencias místicas sino una iniciación, un camino iniciático en toda regla.

Para el entendimiento de una personalidad como la del Profeta hay que llegar al punto de sinceridad que él logró. Muhammad fue siempre trasparente a todos los que le rodeaban. Nunca mintió. Nunca fingió. Nunca traicionaba. Por eso, le llamaban en Arabia –ya antes de recibir la Revelación- al Amîn [el Digno de confianza]. Bastaba con mirarle a los ojos para darse cuenta de que la historia más inverosímil le había sucedido de verdad 8 . Y lo comunicaba todo tal como lo había sentido y a cualquiera que estuviese interesado en escucharle.

Ése es el secreto de Muhammad: su trasparencia, su sinceridad, su falta de pretensión. El secreto de Muhammad es que no tenía secretos. Centró su vida en la taquà -la toma de conciencia al actuar- e invitó a hacer lo mismo a los hombres y mujeres de toda condición

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