El yaqîn

PorRedaccion

Ago 18, 2023

El sentir del musulmán, lo que lo hace ser, lo que lo motiva, todo ello se fragua en la ‘Ibâda, en el reconocimiento de Allah como su Único Señor, en su recogimiento ante Él, en su fluir con la Verdad que lo ha creado y sostiene, es decir, en su Salât, su Dzikr, su recitación del Corán, en su ayuno, en sus noches de entrega a su Dueño,… El Islam no es sólo la ‘Ibâda. Es, sin duda, mucho más. Pero la ‘Ibâda es su punto de arranque, algo que jamás debe ser desatendido y por ello nunca se insiste lo suficiente sobre su importancia.

A primera vista puede parecer que damos demasiada importancia a unas formalidades de las que podría desentenderse quien estuviera ‘evolucionado espiritualmente’, pero en realidad estamos poniendo el acento simplemente en lo esencial, en lo que no puede ser resumido en palabras porque es el detonante de todo. Además, nadie alcanza unas cúspides definitivas que lo eximan de un avance, por lo que la ‘Ibâda es una necesidad que acompaña a cada ser humano hasta su muerte. El Corán nos dice: “Sométete a tu Señor hasta que te llegue la certeza”, y los comentaristas están de acuerdo en que la certeza, , es la muerte, por lo que el llevar la frente al suelo ante Allah debe hacerse hasta el último momento. Allah está en lo infinito y la vida no es suficiente para alcanzar su fondo, y por ello tenemos que olvidar la excusa de una ‘evolución espiritual’ que nos exima del esfuerzo. No es más que una justificación para la pereza y signo precisamente de que queda mucho por hacer.

Rasûlullâh (s.a.s.) dijo en cierta ocasión que la tierra entera había sido convertida para él en mezquita. El universo en su totalidad es un espacio inefable para el musulmán, un lugar puro en el que reconocer a Allah. Ya no hay lugares sagrados y lugares profanos, lugares mejores o peores, lugares preferentes o  de segunda categoría, todo ha sido igualado por la Revelación del Corán. Con el Islam ya no hay una jerarquía en el espacio. Puede haber sitios más densos en su espiritualidad, más radiantes de Báraka, como Meca y Medina y las mezquitas, y también algunos pocos -que dependen de circunstancias determinadas porque produzcan dispersión en el ánimo- en los que se recomienda que el musulmán no realice en ellos sus recogimientos, pero en general, el universo entero es una mezquita para la ‘Ibâda, un lugar apropiado para reconocer la Presencia Abrumadora de Allah, el Señor de los Mundos, de todos los Mundos.

Las mezquitas como tales son edificios señalados para el encuentro entre los musulmanes. Son lugares en los que se construye algo esencial: la comunidad, la ÿamâ‘a de los musulmanes. En las mezquitas es donde se da forma y consistencia al Islam, son lugares en los que el Islam toma cuerpo y se hace real, donde deja de ser una simple vocación personal para adoptar una envergadura en la que el individuo es capaz de ver más allá de sí mismo y compartir su sumisión a Allah y con ella crear un mundo mejor. Siempre ha sido de las mezquitas de donde ha surgido un espíritu vivificante que ha renovado las energías de los musulmanes.

Las mezquitas formales son el complemento imprescindible de cada musulmán, son su prolongación, su contacto con la verdadera dimensión de su propio Islam, que no es una cosa limitada a su persona sino algo que se le compromete, le desborda y congrega a la humanidad entera y la aúna bajo los auspicios de una sensibilidad común. El musulmán se expande con la mezquita, se agiganta en ella y deja atrás todo aislamiento nocivo para su verdadero progreso. Por supuesto, de los roces saltan chispas y toda comunidad tiene sus más y sus menos, sus momentos altos y sus momentos bajos, pero evitar enfrentarse a la realidad no es más que enclaustrarse en las fronteras de una búsqueda egoísta de la autosatisfacción espiritual, muy desaconsejada en el Islam porque no es real ni se verifica en la Rahma, en la Misericordia Creadora.

El acento que ponía Rasûlullâh (s.a.s.) en la necesidad de realizar los principales actos del Islam -las ‘Ibâdas- en comunidad es una demostración suficiente sobre el papel esencial que desempeña el contacto con los demás para que realmente tengan sentido y eficacia esas prácticas. El retraimiento no es indicio de rigor y seriedad, sino de todo lo contrario, es una huida de la confrontación y de la posibilidad de conocerse a sí mismo y conocer las limitaciones de cada uno. La frustración que nos puede crear el encuentro con algunos no es excusa válida para desatender un principio básico del Islam como es que sólo en el intercambio se crece.

Rasûlullâh (s.a.s.) dijo que el musulmán es hermano del musulmán, para que haya una relación de fraternidad entre nosotros; pero sobre todo dijo que el musulmán es espejo del musulmán, pues nos reconocemos en nuestros semejantes. Si huimos de ellos, huimos de nosotros, y no vamos a ninguna parte. Es cuando tenemos la ocasión de envidiar, de sentir celos, de odiar, de ser avaros, de derrumbarnos,… es entonces cuando podemos corregirnos, pero si simplemente lo almacenamos jamás seremos capaces de sanar nuestro corazón, donde seguirán anidando esos venenos y esas debilidades. Pero para darnos cuenta de esas miserias necesitamos también de lucidez, porque tendemos a acusar a los demás para no ver nuestros defectos. Y esa lucidez la obtendremos prestando atención, siendo sinceros con nosotros mismos, aprendiendo de maestros,… El Islam, al insistir en que los musulmanes creen una comunidad, posibilita el marco en que ello sea posible. Y las mezquitas simbolizan perfectamente esa aspiración.

Por ello es enormemente meritorio participar en la construcción de las mezquitas, en su mantenimiento, en su limpieza, y es obligado ser cortés y amable en ellas, no levantar la voz, no molestar a nadie, no impedir el paso,… al contrario, es obligado recogerse con la intensidad que exige el estar en un lugar de una importancia tremenda. Las mezquitas son nuestras, de los musulmanes, y en ellas está la simiente de nuestra comunidad, de nuestro futuro. No son de ninguna institución, no pertenecen a ninguna organización, no las debe gobernar ninguna casta. Son de Allah, son Buyûtullâh, Casas de Allah, de todos los musulmanes. Si las abandonamos caerán en manos de desaprensivos sin escrúpulos.

En el Islam todos somos iguales y debemos participar en él para erigirlo. De otro modo, delegaremos en otros lo que nos atañe. Dar vida a las mezquitas es esencial, y su vida somos nosotros, nuestra presencia y nuestra atención. Sólo así evitaremos que nazca en el Islam una Iglesia que nos sustituya, una institución que nos anule y nos domine. El Islam nos ha sido obsequiado por Allah y no podemos rechazar su don ni relegarlo, sino disfrutarlo y comunicarlo. Así lo han entendido siempre los musulmanes, y sólo hoy empezamos a olvidar esto, que es esencial.

Es necesario que recuperemos las mezquitas y todo lo que implican. Tenemos que hacerlas lugares vivos en los que se cumpla la ‘Ibâda, en los que se estudie, en los que se descanse, en los que se esté a gusto, en los que se reúnan los musulmanes para decidir sobre sus asuntos comunes, en los que brille la Luz de Allah… Es nuestra responsabilidad.

Segunda Parte

al-hámdu lillâh…  

Nuestras casas también deben ser mezquitas. Podemos y debemos iluminarlas con el Salât, la lectura del Corán, el Dzikr,… Rasûlullâh (s.a.s.) decía que las casas en las que no se realizan ‘Ibâdas están muertas. ¿Quién quiere vivir en un cementerio? Y al igual que las mezquitas, nuestras casas deben estar abiertas a los musulmanes. Una bella tradición en el Norte de África es a la que se llama Sádaqa. Ahí, una Sádaqa no es una limosna, sino un banquete al que se invita a quien quiera asistir. Se congrega así a los musulmanes, pobres y ricos, se renuevan lazos, se recita el Corán, se construye la comunidad, pero sin artificialidades ni decretos ni imposiciones de ningún tipo… No existe la ÿamâ‘a si nosotros no la hacemos. Nadie lo hará por nosotros. Es emocionante observar cómo los musulmanes tradicionales espontáneamente son agentes de la Umma -la Nación- y la siembran y la riegan con delicadeza, sin considerar que están haciendo algo especial cuando, sin ellos, no tendríamos futuro. Ellos mantienen los nexos de una Nación descentralizada, una comunidad que sólo existe y tiene sentido si sus miembros participan de ella sin que nadie los obligue y sin ellos esperar nada a cambio. Los musulmanes ‘modernos’ se  encierran en sus apartamentos y poco tienen que ver con sus hermanos. ¿Qué tiene que ver eso con el Islam de Sidnâ Muhammad (s.a.s.)? Sólo hay coincidencia en el nombre. Por ello, pedimos a Allah que nos devuelva al Islam auténtico, al Islam de los sinceros…

Fuente: musulmanesandaluces.org

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