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En sus tiempos de humorista, Zelenski solía burlarse de los políticos ucranianos que viajaban a ‎Bruselas a mendigar ante la Unión Europea. Ahora, como presidente, Zelenski está haciendo ‎lo mismo.‎

por Thierry Meyssan

Todo el mundo lo sabe pero los grandes medios no quieren decirlo. El gobierno de ‎Kiev está perdiendo la guerra frente a Rusia. Las fuerzas rusas avanzan sin apuro y ‎van instalando a la vez las defensas de las regiones que, por vía de ‎referéndum, decidieron ser parte de Rusia. Pero esa realidad inexorable esconde otras. Por ejemplo, el hecho que ‎Turquía, país que sigue siendo miembro de la OTAN, apoya a Rusia y le aporta piezas ‎de repuesto para su industria militar. La OTAN no sólo está perdiendo la guerra, también está ‎resquebrajándose. ‎

Ya va precisándose el futuro de Ucrania. En el campo de batalla se enfrentan, de un lado, el ‎gobierno de Kiev, que se niega a aplicar los Acuerdos de Minsk después de haberlos firmado, ‎y Rusia, que busca concretar la aplicación de la resolución 2202 del Consejo de Seguridad de ‎la ONU, que dio su aval a dichos Acuerdos. De un lado tenemos a un Estado que rechaza el ‎Derecho Internacional, pero que tiene el apoyo de las potencias occidentales. Del otro lado, ‎vemos a un Estado que rechaza las “reglas” de Occidente y que cuenta con el respaldo de China y ‎de Turquía. ‎

‎¿Cómo pudo el presidente Volodimir Zelenski, electo porque prometía aplicar los Acuerdos ‎de Minsk, llegar a convertirse en un nacionalista integrista [1]? ¿Cómo pudo ponerse del lado de los fanáticos herederos de los peores criminales del ‎siglo XX?‎

La hipótesis más probable es que lo hizo por razones de orden financiero –la publicación de los ‎‎Paradise Papers reveló que Zelenski dispone de cuentas ocultas en paraísos fiscales y que además ‎tiene propiedades en Inglaterra e Italia. Pero el hecho es que Volodimir Zelenski ni siquiera suele ‎codearse con sus nacionalistas integristas, entre otras cosas porque es un cobarde. Al principio ‎de la guerra se encerró durante semanas en un búnker, probablemente fuera de Kiev. Y ‎sólo salió de su refugio de alta seguridad luego de que el primer ministro israelí, Nafatali Bennett, ‎le asegurara que el presidente ruso Vladimir Putin le había prometido que no tenía intenciones ‎de matarlo [2]. Desde que le dieron esa garantía, ‎Zelenski se dedica a hacerse el valiente, por videoconferencia, en todas las reuniones políticas e ‎incluso en los festivales artísticos que se organizan en Occidente. ‎

‎¿Cómo llegó Turquía, aliada de las potencias occidentales en el seno de la OTAN, a implicarse del ‎lado de Rusia?‎

Eso es más fácil de entender para quienes han seguido de cerca los intentos de asesinato ‎organizados por la CIA estadounidense contra el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Erdogan ‎fue inicialmente un delincuente callejero. Luego se enroló una milicia islámica que lo llevó a ‎codearse tanto con insurgentes afganos como con yihadistas rusos de Ichkeria y sólo después de ‎ese recorrido llegó a la política, entendida en el sentido clásico del término. Durante su época de ‎partidario de los grupos musulmanes antirrusos, Erdogan era un agente de la CIA. Pero, como ‎tantos otros, después de llegar al poder, Recep Tayyip Erdogan comenzó a ver las cosas de otra ‎manera. Poco a poco fue distanciándose de Langley y quiso servir a su pueblo. ‎

Sin embargo, la evolución personal de Recep Tayyip Erdogan tuvo lugar mientras su país ‎cambiaba varias veces de estrategia. Turquía sigue sin aceptar del todo la caída del imperio ‎otomano, lo cual la ha llevado a intentar estrategias diferentes, una tras otra. Turquía es ‎candidata a convertirse en miembro de la Unión Europea… desde 1987. En 2009, con Ahmet ‎Davutoglu, Turquía creyó poder restaurar su influencia de la época otomana. Una cosa llevando a ‎la otra, Turquía creyó en la posibilidad de conjugar ese objetivo y la historia personal de Erdogan ‎para convertirse en la patria de la Hermandad Musulmana y reinstaurar el Califato, que Mustafá ‎Kemal Ataturk había disuelto en 1924. Pero la caída del Emirato Islámico (Daesh) la obligó a ‎abandonar ese proyecto. ‎

Turquía se vuelve entonces hacia los pueblos turcoparlantes, vacila en incluir a los uigures y ‎finalmente opta por los pueblos étnicamente turcos. Siguiendo ese camino, Turquía ya ‎no necesita a los europeos ni a Estados Unidos sino a Rusia y China. Después de su victoria ‎frente contra Armenia, Turquía creó la “Organización de Estados Turcos”, cuyos miembros son ‎Kazajastán, Kirguistán, la propia Turquía y Uzbekistán, con Hungría y Turkmenistán como ‎observadores. ‎

Actualmente, según el Wall Street Journal, 15 firmas turcas revenden 18,5 millones de dólares ‎en material adquirido en Estados Unidos a una decena de empresas rusas incluidas en las medidas ‎coercitivas unilaterales estadounidenses –las disposiciones ilegales que la propaganda atlantista ‎presenta como “sanciones” [3]. ‎El subsecretario encargado del terrorismo y de la inteligencia financiera en el Departamento del ‎Tesoro de Estados Unidos, Brian Nelson, viajó inútilmente a Ankara con la esperanza de lograr ‎que Turquía se plegara a las “reglas” de Occidente. Pero Ankara sigue apoyando en secreto la ‎industria militar rusa. ‎

Cuando el emisario estadounidense afirmó en Ankara que Turquía iba “por mal camino” porque ‎se ponía del lado de la “vencida” Rusia, sus interlocutores turcos le pusieron delante las cifras de ‎la guerra en Ucrania, dadas a conocer por el Mosad israelí y publicadas por Hurseda Haber ‎‎ [4]. En el terreno, la ‎correlación de fuerzas es de 1 contra 8, favorable a Rusia. El Mosad estima que los militares ‎rusos cuentan 18 480 muertos… frente 157 000 muertos de los ucranianos. Como en el cuento de ‎Andersen, “el rey está desnudo”. ‎

En este momento, Turquía tiene paralizada la admisión de Suecia como miembro de la OTAN. ‎De esa manera también bloquea la admisión de Finlandia, incluida en el mismo expediente. ‎Si aceptamos como ciertas las informaciones del Wall Street Journal, eso no sucede por ‎casualidad. Ankara había logrado que esos dos países se comprometieran a aceptar sus pedidos ‎de extradición contra los jefes del PKK y del movimiento del predicador Fethullah Gulen, ‎compromiso que no ha sido cumplido. De hecho, no podía ser de otra manera ya que el PKK –‎antiguamente aliado de los soviéticos– se ha convertido en una herramienta de la CIA y ahora ‎lucha bajo las órdenes de la OTAN [5]. ‎En cuanto a Fethullah Gulen, ese personaje vive en Estados Unidos, bajo la protección de la CIA. ‎

Hoy Turquía respalda a Rusia y también a China. A Rusia le proporciona piezas de repuesto para ‎su industria militar, enviándole incluso material de fabricación estadounidense. Pero, mientras que ‎Croacia y Hungría, otros dos miembros de la OTAN, no vacilan en señalar públicamente que ‎el respaldo de la alianza atlántica a Ucrania es una gran estupidez, Turquía finge ser plenamente ‎atlantista. ‎

Por cierto, el terremoto que acaba enlutar Turquía y Siria no tiene las características que se han ‎observado siempre en el mundo entero. El hecho que una decena de embajadores de países ‎occidentales abandonaron Ankara en los 5 días anteriores al sismo, mientras que ‎sus gobiernos aconsejaban a sus ciudadanos no viajar a Turquía, parece indicar que en sus ‎capitales se sabía lo que iba a suceder. Estados Unidos, que dispone de medios técnicos ‎capaces de provocar temblores de tierra, se había comprometido en 1976 a no utilizarlos ‎nunca. Pero, en Bucarest, la senadora rumana Diana Ivanovici Sosoaca acaba de afirmar que ‎Estados Unidos provocó el terremoto en Turquía y Siria en violación de la «Convención sobre ‎la Prohibición de utilizar técnicas de modificación del medioambiente con fines militares o con ‎cualquier otros fines hostiles» [6]. El presidente Erdogan ya solicitó a sus servicios de inteligencia (MIT) estudiar esa ‎posibilidad, que actualmente parece sólo una hipótesis. En caso de respuesta positiva, habría ‎que reconocer que Washington, consciente de que ya no es la primera potencia económica ‎mundial ni la primera potencia militar, ha optado por destruir a sus “aliados” antes de que ‎concluya su propia agonía. ‎

En todo caso, a pesar de las noticias triunfalistas que inundan el mundo occidental, lo que sucede ‎en el terreno es que Ucrania está perdiendo la guerra, mientras que al menos 3 países ‎miembros de la OTAN cuestionan –desde adentro– el rumbo de ese bloque militar. ‎

‎¿Cómo explicar entonces el hecho que Estados Unidos sigue enviando al terreno armamento y ‎exigiendo a sus aliados que también lo hagan? En primer lugar, gran cantidad de ese armamento ‎está lejos de ser moderno –se trata en general de material fabricado o concebido en tiempos de ‎la guerra fría o de fabricación soviética. ¿Para qué desperdiciar en Ucrania armamento más ‎reciente sabiendo que será destruido? Eso último es seguro porque Rusia dispone de armas más ‎modernas que las del bando occidental. Por otra parte, para ciertos ejércitos occidentales puede ‎ser interesante poner a prueba ciertas armas recientes en un conflicto de alta intensidad. En ese ‎caso, lo que hacen los ejércitos occidentales es enviar a Ucrania sólo algunos prototipos de esas ‎armas. ‎

Por otra parte, los conscriptos ucranianos no reciben el armamento occidental, que es entregado ‎principalmente a las unidades de los nacionalistas integristas. Además, probablemente ‎dos terceras partes de esas armas se conservan en Albania y Kosovo o son enviadas a la región ‎africana del Sahel. El presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, denunció en la reunión cumbre ‎de la Comisión de la Cuenca del Lago Chad que grandes cantidades de armas supuestamente ‎enviadas a Ucrania están llegando a manos de los yihadistas del Emirato Islámico (Daesh) ‎‎ [7]. En respuesta a las reacciones de sorpresa e ‎indignación de miembros del Congreso estadounidense, el Pentágono ha creado una comisión ‎que supuestamente debe dar seguimiento a los envíos de armas destinados a Ucrania, comisión ‎que sin embargo no ha informado absolutamente nada sobre eventuales resultados de sus ‎averiguaciones. ‎

Hace sólo dos semanas, el Inspector General del Pentágono viajó a Ucrania, oficialmente para ‎aclarar todo lo concerniente a los desvíos de armas. En un artículo anterior, yo mostré que el ‎verdadero objetivo de su viaje fue borrar indicios sobre los negocios de Hunter Biden, el hijo del ‎presidente Biden [8]. El ministro de Defensa ucraniano, Oleksiy ‎Reznikov, anunció entonces que estaba a punto de dimitir… cosa que aún no ha sucedido. ‎

Todavía queda una interrogante. ‎

‎¿Por qué Alemania, Francia y Países Bajos, copropietarios de los gasoductos Nord Stream y ‎‎Nord Stream 2, no protestan contra el sabotaje perpetrado el 26 de septiembre de 2022 ‎contra esa importantísima infraestructura? ¿Por qué no reaccionan ante las revelaciones de ‎Seymour Hersch sobre la responsabilidad de Estados Unidos y de Noruega [9]? Sólo el vocero del partido Alternativa para Alemania (AfD) ha ‎exigido que el parlamento alemán cree una comisión investigadora para aclarar el sabotaje. ‎

Pero la gran mayoría de los responsables de Alemania, Francia y Países Bajos, guardan el más ‎profundo silencio, sin atreverse a reconocer que su “aliado” está resultando ser su mayor ‎enemigo. ‎

Esos dirigentes, por el contrario, no han vacilado en recibir con la mayor pleitesía al presidente ‎Volodimir Zelenski en Bruselas, capital de la Unión Europea. ‎

Pero se les escapa un detalle revelador. Zelenski viajó primero a Washington y a Londres, las ‎dos capitales que dan las órdenes, y sólo después fue a la sede de la Unión Europea, para hablar ‎con los “dirigentes” de los países que siguen esas órdenes… y que pagan las cuentas. ‎

Thierry Meyssan

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