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Cada musulmán y cada musulmana deben dedicar parte de su tiempo al estudio, y ésta es una obligación que nos impone el Islam, que hace que algo que todos entendemos como bueno y provechoso sea, además, algo meritorio junto a Allah si se cumple, y sea una falta contra el Islam si se descuida.

En el Corán encontramos la siguiente pregunta: “¿Es que acaso son iguales quienes saben y quienes no saben? (qul hal yastawî l-ladzîna ya‘lamûna wa l-ladzîna lâ ya‘lamûn)”. En realidad, no se trata de una pregunta sino de un reproche, porque el Corán ni se molesta en responder. Se trata de algo obvio. Entre saber e ignorar está la diferencia que hay entre la claridad y la oscuridad, y entre la vida y la muerte. Existe un abismo profundo y definitivo entre quienes saben y quienes no saben, entre quienes se conducen por la existencia iluminados por el conocimiento y quienes van a tientas, expuestos a los engaños y a los autoengaños, sujetos a los caprichos de otros o a sus propias frivolidades. Quien sabe tiene criterio, quien no sabe depende de la arbitrariedad, tanta de la de los demás como de la suya.

En otro lugar, el Corán nos dice que Allah alza y eleva a los que se abren a Él y a los que se dedican al estudio y al cultivo del conocimiento: yárfa‘u llahu l-ladzîna â:manû mínkum wa l-ladzîna û:tû l-‘ílma daraÿât. Los alza y los eleva, es decir, los libera, los desata, los expande, los amplía. En un hadiz se llega a afirmar que quienes se entregan al estudio -los ‘ulamâ- están setecientos grados por encima de los que se limitan a aceptar a Allah como su Señor -los muminîn-, y que entre cada dos de esos grados hay una distancia que se tardaría quinientos años en cruzar: lil-‘ulamâi daraÿâtun fáuqa l-mûminîna bi-sáb‘i míati dáraÿa, mâ báina d-daraÿatáini masîrata jamsimíatin ‘âm. Estas son expresiones con las que se nos habla de la altura, nobleza y categoría del saber, la alta estima en la que es tenida la ciencia -el ‘ilm- que supera cualquier otro mérito, y alza al que la busca y la asimila elevándolo por encima de la mediocridad y la vileza.

Podemos creer que la intención de ser musulmán es suficiente, pero, si bien ese deseo es positivo, ser musulmán con conocimiento y ciencia es algo aún más positivo, pues Muhammad (s.a.s.) dijo que los sabios son los herederos de los profetas (al-‘ulamâu wárazatu l-anbiyâ)… Con la ciencia tenemos la posibilidad de alcanzar un rango superior al del mumin, que es el simple musulmán bien intencionado. Y el Corán lo subraya cuando dice: “Sólo los sabios, de entre todas las criaturas, se sobrecogen verdaderamente ante Allah (innamâ yajshà llâha min ‘ibâdihi l-‘ulamâ)”. Es decir, sólo ellos presienten a Allah; por tanto, sólo ellos lo conocen realmente, sólo ellos son capaces de reconocer a Allah, sólo ellos pueden orientarse realmente en su dirección,… Si no se sabe, si se es ignorante, por buena que sea la intención, ¿hacia dónde se mira?

         Cuando alguien dedica parte de su tiempo al estudio y al aprendizaje, en ese esfuerzo suyo hay un signo a ser tenido en cuenta: nadie se inclina hacia el conocimiento si no es porque goza de un favor especial junto a Allah. Es Allah mismo el que inspira el deseo de conocer, y por tanto, cuando veamos a alguien que estudia y se esfuerza por aprender, debemos ver en esa persona a alguien que está siendo favorecido por Allah. Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “Allah hace profundizar en el conocimiento del Islam a toda persona para la que desea algo bueno (mán yúridi llahu bíhi jáiran yufaqqíhhu fî d-dîn)”. Cuando alguien se inclina hacia el saber es porque está a punto de encenderse en él una luz, es porque Allah lo atrae hacia Sí, aunque esa persona no lo sepa, y aunque no aproveche la oportunidad, pues ‘saber’ es siempre ‘conocer a Allah’: Allah es la Verdad y el conocimiento es, por definición, la búsqueda de la verdad. Sólo el perverso es capaz de corromper esta ley y hacer del favor del que es objeto una maldición contra sí.

En cierta ocasión se le preguntó a Muhammad (s.a.s.) quién era mejor, un sabio o un asceta, y él (s.a.s.) respondió: “El mérito del sabio respecto al del asceta se parece al mío comparado con el del peor de los musulmanes (dlu l-‘âlimi ‘alà l-‘âbidi ka-fádlî ‘alà adnâkum)”. En otra ocasión dijo: “El sabio supera al asceta del mismo modo como la luz del plenilunio es más intensa que la del resto de las estrellas. Los sabios son los herederos de los profetas. Los profetas no han dejado en herencia ni oro ni plata sino que os han legado una ciencia: quien aprende esa ciencia es un gran afortunado (dlu l-‘âlimi ‘alà l-‘âbidi ka-fádli l-qámari láilata l-bádri ‘alà sâiri l-kawâkib, wa ínna l-‘ulamâa wárazatu l-anbiyâ, wa ínna l-anbiyâa lam yûrizû dînâran wa lâ dírhaman wa innamâ áurazû l-‘ílm, fa-ma ájadza bíhi ájadza bi-házzin wâfir)”.

         Si el sabio, el ‘âlim, debe ser tenido en consideración y respetado, y debe ser propuesto como modelo y alcanzar su rango debe ser una ambición que se fomente entre los musulmanes, el buscador de conocimiento, el aspirante al saber, el aprendiz, el estudiante, el tâlib, es ya de sí objeto de un extraordinario reconocimiento, tal como dijo Muhammad (s.a.s.): “Los malâika agachan sus alas ante el buscador de ciencia, como signo de satisfacción (ínna l-malâikata la-táda‘u áÿnihatahâ li-tâlibi l-‘ílmi rídan bimâ yátlub)”. Cualquier esfuerzo que se realice por aprender tiene su recompensa junto a Allah. Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “Allah facilita el camino hacia el Jardín a quien siga un camino buscando conocimiento (man sálaka tarîqan yáltamisu fîhi ‘ílman sáhhala llahu láhu bíhi tarîqan ilà l-ÿánna)”. En otro hadiz, el Profeta (s.a.s.) dijo: “Quien sea sorprendido por la muerte mientras estudie buscando un saber con el que dar vida al Islam verá que sólo un único escalón lo separa de los profetas en el Jardín (man ÿâ:ahu l-máutu wa huwa yátlubu l-‘ílma li-yúhyi bihi l-islâm, kâna báinahu wa báina l-anbiyâi fî l-ÿännati dáraÿatun wâhida)”. Por ello, dentro del Islam, se dice a modo de refrán: “¿Qué ha conseguido quien carece de ciencia? ¿Qué le falta a quien tiene ciencia?”

         Y si es meritorio el aprendizaje, también lo es la enseñanza. El maestro, el mu‘állim, es una figura central en el Islam y merece todo el respeto, todo el aprecio y toda la consideración. Rasûlullâh (s.a.s.) dijo a ‘Ali (r.): “Que Allah encauce a una sola persona gracias a ti es mejor para ti que nadar en la abundancia y vivir en la comodidad (la-an yáhdia llahu bíka ´raÿulan wâhidan jáirun láka min an takûna láka húmru n-ní‘am). También se ha dicho que dijo: “Todas las criaturas, y hasta los peces en el fondo del mar, piden a Allah en favor del que enseña algo bueno a las gentes (ínna l-ladzî yu‘állimu n-nâsa l-jáira tástagfiru lahu kúllu dâ:batín hattà l-hûta fî l-bahr)”…

         Se cuenta que Moisés dijo: “Allah me ha enviado para que divulgue una senda y esparza una ciencia que es como la lluvia: esa lluvia cae sobre tierra buena que absorbe el agua y da pastos en abundancia; y también cae sobre tierra menos absorbente pero que permite que sobre ella se formen charcas que sirven de aguadas; pero también cae la lluvia en pedregales que ni absorben el agua ni la retienen, ni dan pastos ni dan de beber. Así es como la ciencia que viene del cielo llega a las gentes, y hay quienes la absorben y se aprovechan de ella y son generosos y dan frutos para los demás. Otros no saben aprovecharla personalmente, pero son capaces de transmitirla, y al menos son de utilidad para otros. Y por último están quienes ni la aprovechan ni la comunican”…

         Uno de los Compañeros de Muhammad (s.a.s.) dejó a los musulmanes la siguiente recomendación: “Aprended la ciencia: su aprendizaje es un acto en sí de temor ante Allah y de presentimiento de su grandeza. El esfuerzo en aprender es en sí un acto en el que se reconoce a Allah como Señor. Mientras se estudia, se está elogiando a Allah. Las penalidades sobre la senda del saber son ÿihâd. Enseñar al que no sabe es una sádaqa, es generosidad. Intercambiar conocimientos con las gentes del saber es una forma de acercarse a Allah. La ciencia es consuelo en la nostalgia y compañera en la soledad”. Y por último, se ha dicho que Allah dijo a Moisés: “Oh, Moisés, aprende lo bueno y enséñalo a la gente, pues Yo ilumino la tumba del que enseña el bien y el que lo aprende de tal manera que no se sentirá estrecho ni abandonado en ese lugar”…

Segunda Parte

        al-hámdu lillâh…

         El Islam elogia la ciencia y el conocimiento, eleva el rango del sabio y encumbra al maestro y al estudiante, y todo esto forma parte del Dîn, es parte constitutiva del Islam. Despreciar el saber, faltarle al respeto a un sabio, a un maestro o a un estudiante, es atentar contra el Islam. Por ello, el Islam es lo más noble que existe, porque valora lo bueno. El Islam es aire fresco, es puro bien y pura generosidad. El Islam es desbordamiento, es vida y es riqueza, es sabiduría y es universalidad. El Islam es posibilidad. Y dedicarse a su estudio y aprendizaje es la ciencia por excelencia, es la que está por encima de toda otra. El Islam es el verdadero ‘Ilm, el verdadero saber, el verdadero conocimiento. Sabio auténtico es el experto en el Islam, maestro de verdad es el que enseña y transmite el Islam, y estudiante en el sentido estricto de la palabra -que en árabe significa ‘buscador’- es el que consagra sus horas al aprendizaje del Dîn.

         Nosotros, los musulmanes, somos los responsables del Islam: debemos protegerlo y comunicarlo, y tenemos que conocerlo, para que nadie nos lo cambie, para que nadie nos engañe en nombre del Islam. No existen instituciones que nos sustituyan ni tenemos derecho a delegar nuestra obligación en manos de nadie. Por tanto, nuestro deber con el Islam tiene un doble aspecto: por el bien que hay en él para nosotros y por nuestra condición de eslabones en la cadena que lo transmite. Y ello exige que seamos constantes y rigurosos, serios y firmes. Debemos aprender el Islam, absorberlo y dejar que florezca en nosotros y seamos fuente de bien para quienes nos rodean.

         No podemos estudiar el Islam por curiosidad. Eso puede hacerlo cualquiera; eso es lo que hacen los arabistas. Debemos aprender el Islam para transformarnos con él. Esto implica que debemos tomarnos muy en serio el tema, posicionarnos claramente, saber lo que pretendemos. Sólo entonces nuestro aprendizaje será fructífero. Si nuestra intención es la de conocer mejor la senda sobre la que transitar hacia Allah y conquistar su abundancia, su Rahma y su bondad, si purificamos nuestra aspiración para que no la contamine ninguna maldad, seguro que encontraremos lo que buscamos.

         Os invito a seguir todos los viernes las jutbas que empiezan hoy aquí en nuestra mezquita de Sevilla y que tienen por objeto ir estudiando el Islam de modo que nos conduzca a la grandeza de espíritu que Allah quiere para los musulmanes. Descubriremos en estas charlas –in shâ Allah- que el Islam tiene unas profundidades inagotables y que no sospechábamos. Por desgracia, al menos en castellano, se nos ha estado enseñando hasta ahora un Islam muy pobre, una caricatura del Islam auténtico, el Islam de raíces… Queremos –bi ídzni llâh- corregir esa deficiencia y ofrecer la posibilidad de llegar a un saboreo de las esencias a las que es capaz de reconducirnos el Dîn, nuestra Senda hacia el Uno-Único. Wa llâhu walíyu t-tawfîq

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