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Un hispanista inglés afirma que la expulsión de los moriscos de España fracasó parcialmente.

La expulsión de los moriscos decretada en 1609 por Felipe III fue en algunos lugares un fracaso por la decidida insistencia de esos colectivos a quedarse en la que se había convertido en su única patria y el apoyo que recibieron en su empeño de sus convecinos y sus señores.

Esa es la tesis que defiende y prueba con abrumadora documentación el hispanista británico Trevor J. Dadson en su libro ‘Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (siglos XV-XVIII)’, publicación conjunta de las editoriales Iberoamericana y Vervuert que inaugura la colección ‘Tiempo emulado’, dedicada a la historia de América y España.

El libro ha sido elogiado por otro conocido hispanista, el profesor John Elliott, que lo ha calificado de ‘obra pionera, basada en documentación enormemente rica y en buena parte desconocida’ y ‘llena de detalles fascinantes sobre la vida en una comunidad caracterizada por su mezcla étnica’.

En una entrevista con EFE en su despacho de la Queen Mary University of London, de la que es vicerrector, Dadson dijo que la idea del libro le vino al encontrar documentación en el archivo de la Casa Ducal de Híjar, parte del Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, que contradecía la versión oficial sobre la expulsión.

Dadson investigó lo ocurrido desde 1502 -fecha en que los Reyes Católicos ordenan la expulsión de los musulmanes adultos de Castilla y León que no aceptaran convertirse al cristianismo- hasta inicios del siglo XVIII en Villarrubia de los Ojos, un pueblo de la provincia de Ciudad Real.

Según el hispanista, la mitad de los habitantes de esa localidad manchega eran moriscos totalmente asimilados hasta el punto de que la presencia de la Inquisición allí fue casi nula.

‘Entre ellos había no sólo agricultores o artesanos, sino que algunos llegaron a ser regidores, maestros, médicos, dentistas, soldados, escribanos y hasta presbíteros. Hubo quienes mandaron a sus hijos a estudiar a Alcalá (de Henares), de donde salieron de veinte a treinta licenciados. Yo mismo pude comprobarlo por sus nombres y apellidos en las matrículas de esa Universidad’, añadió.

‘Del grado de asimilación da fe -según Dadson- el hecho de que el sistema local de justicia estuviese prácticamente en manos de moriscos, entre quienes había también arrendadores y mayordomos de rentas, y eran así lo más parecido al tipo de clase media que podía encontrarse en aquella época en un ambiente rural’.

Al mismo tiempo habían castellanizado sus nombres, según se comprueba al seguir sus árboles genealógicos, y así un tal Alí de Yébenes pasó a llamarse Alonso de Yébenes, un Mahomed Torredoro recibió el nuevo nombre de Juan Torredoro mientras que Alí de Mariota fue rebautizado como Pedro López de Mariota.

No obstante esa integración, llega a tierras manchegas desde la Corte la orden de expulsión, algo que ocurre en 1611, dos años después de las primeras expulsiones de moriscos de Valencia, y a esa medida se resisten tenazmente los moriscos de Villarrubia como muchos de sus convecinos cristianos viejos, que los apoyan.

Finalmente son llevados por la fuerza por Burgos y Vitoria hasta el sur de Francia, de donde, sin embargo, regresan todos ellos rápidamente, explica Dadson, según el cual en mayo del año siguiente se procede a una segunda expulsión, esta vez al norte de Africa, pero muchos de ellos vuelven a escapar antes de llegar al puerto de Cartagena para embarcarse y el resto regresa por otras vías.

‘En 1613 se produce un tercer y último intento de expulsión, con idénticos resultados negativos, hasta que en 1614 el Rey y el duque de Lerma deciden que ya está bien, y los dejan en paz’, afirma el hispanista, quien precisa que aquellos moriscos hacen uso entonces de sus conocimientos legales y recurren a los tribunales para recuperar sus casas y sus otras propiedades.

‘Si Felipe III y el Duque de Lerma querían borrar a los moriscos del mapa de España, para que ‘estos reinos quedasen tan limpios de moriscos que en ellos no hubiese memoria de esta gente, con los de Villarrubia y quién sabe de cuántos pueblos más, el fracaso fue completo’, escribe el profesor británico en su voluminoso libro.

Dadson se muestra en cualquier caso convencido de que Villarrubia no fue una excepción sino que en otras partes de la Mancha, del Campo de Calatrava y Extremadura, zonas de baja densidad de población y con importantes comunidades de moriscos a principios del XVII, ocurrió exactamente lo mismo.

Fuente: EFE

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