Por Carmen Parejo Rendón

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop, en una entrevista reciente en el diario El País para explicar el sentimiento de rechazo hacia Francia en los países africanos, retomaba las palabras de Aimé Cesaire recordando que Occidente estaba condenado porque miente y los pueblos que ha sometido lo saben.

No puedes ser parte de la solución cuando eres parte del problema, y es exactamente esto lo que ocurre con el papel de Francia en la región del Sahel. Más allá de otras consideraciones, ha quedado manifiesto en las distintas protestas populares o de levantamientos militares en la región este rechazo compartido y encarnizado contra la República francesa.

Los Estados africanos, sobre todo los que se integran en esta región, son habitualmente presentados como “Estados fallidos”. Sin embargo, pareciera que las problemáticas al interior fuesen fruto de una naturaleza interna hacia el desorden y no de una conexión directa entre la historia, la geopolítica mundial y el propio desarrollo de esos países.

Auge del yihadismo

En la actualidad, entre las múltiples problemáticas compartidas en la región, tiene un papel destacado para la comprensión de la situación el auge del yihadismo. Sin embargo, sería un insulto a la inteligencia no abordar la cuestión del yihadismo como un fenómeno de carácter internacional con implicaciones igualmente mundiales.

No se puede comprender el aumento de la presencia de grupos yihadistas en el Sahel sin la intervención de las fuerzas atlantistas en Libia en 2011, lideradas por Francia, y todo lo que se derivó de ello: la destrucción del Estado; el tráfico de armas e incluso de seres humanos; o la participación de grupos integristas procedentes de otros conflictos como el sirio. A su vez, es imposible comprender el carácter internacional del islamismo radical sin atender a otras intervenciones occidentales en otras partes del mundo, como las invasiones de Afganistán o de Irak, que sirvieron de caldo de cultivo para grupos como Al Qaeda o el Estado Islámico.

Los grupos yihadistas que actúan en el Sahel se vinculan directamente con estas organizaciones que todos conocemos y han expandido su acción por el territorio auspiciados por la desestabilización generada en la zona por las intervenciones occidentales.

No se puede comprender el aumento de la presencia de grupos yihadistas en el Sahel sin la intervención de las fuerzas atlantistas en Libia en 2011, lideradas por Francia.

Irónicamente, es el combate contra el yihadismo lo que ha servido de justificación a Francia para aumentar su presencia militar en la región, y es el fracaso de estas operaciones lo que ha encendido aún más el rechazo de estos pueblos hacia su antigua metrópoli.

La intervención francesa en Mali, en 2013, no consiguió debilitar a estos grupos, y la Operación Serval, nombre oficial de dicha intervención, finalizó el 13 de julio de 2014, siendo sustituida por la Operación Barkhane, que implicaba a toda la región del Sahel.

Mali registró 40 ataques en 2014; otros 98 en 2015; y 157 en 2016. A su vez, Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), apoyados por los yihadistas malienses de Ansar Dine, extendieron sus acciones hacia Burkina Faso y Níger.

El papel de Francia

En enero de 2013, el entonces presidente de la República francesa, Francois Hollande, se apresuró a aclarar que sus intenciones en Mali se debían a una cuestión de valores morales y que no tenían ningún interés de carácter político o económico. Lo cierto es que esta afirmación niega la realidad.

En primer lugar, en el plano político, la influencia de Francia en África supone un elemento fundamental para comprender la importancia internacional del país galo.

En segundo lugar, seríamos muy inocentes si creyésemos que Francia no tenía intereses económicos que “proteger” en su aventura en el Sahel, como son los yacimientos de uranio, fundamentales para la industria nuclear francesa y que se encuentran tanto en la región de Kayes, al sur de Mali, como en la región de Gao, zona fronteriza con Burkina Faso y Níger.

Este escenario motivó los golpes militares en Mali, en agosto de 2020 y mayo de 2021; y el golpe de Estado en Burkina Faso, en enero de 2022. “Muerte a Francia y a los aliados”; “Francia Estado vampiro, lárgate de nuestra casa”, se podía leer entre los lemas de los manifestantes que apoyaban a su junta militar en Mali en enero de 2022, tras la imposición de sanciones a su nuevo gobierno de transición.

La capacidad de influencia de Francia en el continente africano también sirve a los intereses del bloque atlantista al que pertenece.

Las tropas francesas, mermadas tras la Cumbre de Pau de 2020, llevada a cabo entre los países del G5, Sahel y Francia, se replegaron, tras la expulsión de Mali y Brukina Faso, hacia la zona de las ‘Tres fronteras’, en territorio de Níger (región de Liptako, ubicada en la frontera entre Níger, Mali y Burkina Faso).

Pérdida de influencia

Después del golpe de Estado en Níger, Francia fue expulsada por completo de este territorio rico en recursos naturales vitales para su seguridad energética, y a su vez, la imagen del país galo se vio claramente dañada, ya que denota la creciente pérdida de influencia en la zona.

El escenario geopolítico actúa con la inercia de piezas de dominó chocando entre sí. La capacidad de influencia de Francia en el continente africano también sirve a los intereses del bloque atlantista al que pertenece, y como he mencionado anteriormente, le garantiza al país galo el poder sentarse a la mesa de los poderosos que dirigen el mundo unipolar.

Por eso no es de extrañar el reciente viaje de Emmanuel Macron a la isla indo-pacífica de Vanuatu, primera visita del presidente tras la independencia de este país, en donde manifestó que está decidido, según sus propias palabras, a “defender la independencia y la soberanía de todos los Estados de esta región que estén dispuestos a trabajar con nosotros”. En este viaje desesperado, el mandatario francés parecía estar buscando en el indo-pacífico una justificación para seguir siendo “necesario” dentro de un mundo unipolar cada vez más en ruinas.

No olvidemos como EE.UU. ya marcó su propia agenda en su estrategia asiática con la conformación de la alianza AUKUS, que además afectó de forma directa a Francia por la pérdida de contratos con Australia.

Nelson Mandela contestó una vez a un periodista occidental: “El problema con ustedes es que quieren que sus enemigos sean necesariamente los nuestros”.

En el mundo actual, las palabras del líder sudafricano resuenan con fuerza, y quizás el problema es que Emmanuel Macron y otros líderes del mundo unipolar no se han enterado todavía que cada vez hay menos países que deseen trabajar con ellos, y que esto se debe a que conocen perfectamente lo que eso significa.

Fuente: rt.com

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