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Por Juanlu González

La solución de los dos estados no es más que una ilusión

A raíz del genocidio de Gaza, la comunidad internacional, la misma que había decidido enterrar definitivamente la causa palestina, se está aferrando de nuevo a la vieja solución diplomática, basada en la coexistencia de dos estados trazados sobre la geografía de la Palestina histórica. Salvo Israel y Estados Unidos, que supedita el reconocimiento palestino a lo que decida el estado sionista en la mesa de nonegociaciones, buena parte del mundo apoya esta salida. Incluso la Liga Árabe y algunas facciones palestinas la ven como la única factible, tal es el poder del sionismo para imponer su realidad sobre el terreno, por muy injusta, aberrante y ahistórica que sea.

Y hasta cierto punto tiene su lógica, ya que la solución de dos estados se apoya en resoluciones internacionales de la Asamblea y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que articulan parte del corpus de lo que se conoce como “legalidad internacional”. Sin embargo, jamás ha estado cerca de implementarse por causa de la oposición frontal de Israel, cuyo objetivo primario fue siempre adueñarse de toda Palestina, como lo demuestra el que sea el único estado del planeta que tiene sus fronteras sin delimitar, tras más de 70 años de belicosa existencia y como también lo demuestra el asesinato de Folke Bernadotte, el mediador sueco de la ONU, enviado a la región para delimitar las fronteras palestinas, que fue baleado por los sionistas.

Las ofertas que Israel ha puesto sobre la mesa jamás incluyeron a Jerusalén ni los lugares santos del islam para los palestinos. Las más recientes tampoco les dejan el control sobre su espacio aéreo, ni sobre sus fronteras, aguas territoriales o las riquezas del subsuelo (agua, gas…). Hasta le prohíben expresamente que pudiese tener un ejército propio en el futuro. En definitiva, cualquier parecido con la realidad de un estado soberano es pura coincidencia. Realmente lo que han ofrecido negociar es un conjunto de cárceles, rodeadas de colonias habitadas por extranjeros extremistas fuertemente armados, flanqueados por muros de la vergüenza, por vallas con concertinas y de checkpoints militarizados para controlar los movimientos  dentro del archipiélago de campos de concentración en los que los invasores dejarían, graciosamente, vivir a los habitantes originarios.
Evidentemente, ningún dirigente palestino podría aceptar tal cosa, por muy al servicio que estuviese de Estados Unidos y sus aliados, ya que no duraría en el cargo ni una semana. Sin embargo, la prensa corporativa, tras cada ruptura de las negociaciones, nunca dudó ni un segundo, en culpar a la intransigencia palestina del fracaso de las pantomimas que el Occidente colectivo ha sido capaz de armar con la connivencia de la OLP o la ANP.

Así se ha ido forjando la falsa imagen de unos árabes intransigentes que no han querido negociar porque lo “pedían todo”, y de un Israel que hacía enormes y dolorosos sacrificios para lograr una paz que siempre, supuestamente, le negaron los palestinos. Pero es aún peor. Cuanto más tiempo ha pasado, los territorios ocupados por la fuerza se han ido afianzando como conquistas, gracias a la llegada de alrededor de medio millón de extranjeros venidos de muchos países del mundo para expulsar a la población local.

Cada vez que se ha denunciado un nuevo asentamiento ilegal, el gobierno de Tel Aviv contestaba con un absurdo mantra: “las colonias no son un obstáculo para la paz”. Así es como, poco a poco, el espacio para el futuro país palestino se fue reduciendo hasta el punto de que hoy es imposible trazar unas fronteras para la constitución de un estado viable. Se podrá aducir que los asentamientos ilegales, los que están dentro de las fronteras trazadas en 1967, que se consideran las internacionalmente reconocidas, se tendrían que desmantelar o bien quedarían dentro del futuro estado palestino, pero eso es algo que nadie con un mínimo de información sobre la región puede ver como factible.

¿Cuál es entonces la solución? ¿Hay solución? Al sionismo se le han visto claras sus intenciones durante el presente genocidio. Son las mismas que pretendía Hitler, la solución final. Matar a todos los palestinos que les sea posible y deportar al resto fuera de su tierra. Esos eran los planes que había detrás de la anexión de Cisjordania que estaban preparándo antes del ataque de la Resistencia a los territorios ocupados el 7-O y es también lo que están intentando ahora con los gazatíes. De hecho han tanteado a Jordania y Egipto, a Europa… incluso a la República del Congo y otros países del África subsahariana, como posibles lugares a donde expulsar —voluntariamente, eso sí— a los palestinos de la Franja. Ahora que eso no parece posible, con permiso de lo que pueda suceder en Rafah durante los próximos días o semanas, Israel se centrará en pretender mantener el status quo anterior, aunque controlando Gaza de manera aún más directa, del mismo modo que hacen en Cisjordania, donde no cesan de entrar a cada pueblo, a cada campo de concentración o cada casa, para asesinar a quien quieran sin apenas resistencia.

Pero no es eso lo que afirma pretender la UE, la ONU o la comunidad internacional. Mayoritariamente dicen que contemplan la creación de un estado palestino según dictan las resoluciones de Naciones Unidas. Sin embargo, nadie se atreve a dar ningún detalle adicional sustancial. Israel jamás lo aceptará, ellos están donde siempre han estado y jamás han querido reconocer: en la construcción del Eretz Israel, como algunos quieren interpretar en las franjas azules de su bandera: desde el río hasta el mar.

Así las cosas, la única solución justa y duradera para la región pasa por la desaparición del estado fallido de Israel, la vuelta de millones de colonos judíos a sus países de origen (casi todos tienen doble nacionalidad), el retorno de los palestinos de la diáspora, tal y como dicta la Resolución 194 según los registros oficiales de la UNRWA (¿se entiende ahora por qué Israel quiere acabar con esta Agencia de la ONU?) y restablecer un único estado multiconfesional, de nombre Palestina.
Obviamente los judíos quedarían en minoría, justo como estaba la población blanca en Sudáfrica tras el apartheid, como siempre fue así en Palestina. No podemos ser ilusos, Occidente jamás permitirá una solución de este tipo, pues equivaldría a perder su mayor colonia y puesto avanzado militar en Asia Occidental, en la gasolinera del mundo. Pero es la única manera de hacer justicia, de reparar el daño causado y restablecer la paz en la región.

No olvidemos que Israel ocupa por la fuerza, además de Palestina, zonas de Siria y Líbano y es el principal foco de inestabilidad mundial desde su ilegal y arbitraria creación. Basta abrir un periódico para darse cuenta de que es así.

Sin embargo, hay que ser consciente de que nada de esto será posible mientras EEUU continue siendo el hegemón mundial, un trono que está en disputa en estos momentos en muchos ámbitos como el económico, el militar o el tecnológico. Quizá eso de los dos estados podría ser útil como paso intermedio hacia la solución definitiva, pero poco más. Pero algo deben tener presente esos colonos sionistas. Deben saber que, en el momento en el que un nuevo mundo multilateral surja sobre las cenizas del orden basado en las reglas norteamericanas, «Israel» será el primero en caer, y esta vez para siempre.

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