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Por Edelberto Matus

Diez años atrás en una fecha como hoy, trece de marzo, el antiguo monseñor de la ciudad porteña de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio fue impuesto por la mafia vaticana como sumo pontífice de la Iglesia católica, a pesar que en ese apresurado cónclave los votos de los cardenales electores favorecieron para el puesto de “vicario de Cristo en la Tierra” al cardenal italiano, Angelo Scola.

La organización mafiosa más antigua y poderosa del mundo, que desde el Concilio vaticano II de 1962, venía de cisma en cisma (la demolición de la corrupta y larga estirpe de papas salidos de la curia romana; la aparición de la llamada “Iglesia popular” coincidente con el auge de los movimientos de liberación nacional en el tercer mundo; los escándalos financieros en el llamado “banco del Espíritu Santo” del Estado vaticano, los destapes cada vez más frecuentes de la prensa alternativa mundial sobre la negra historia vaticana en favor del fascismo italiano y alemán, en los años 30 y 40; los sórdidos crímenes y violaciones a lo interno de las murallas de la ciudad “santa” y alrededor del mundo, que acabaron -de forma “express”- con el pontificado del papa Benedicto XVI, último jefe de la Congregación del Santo Oficio), necesitaba una nueva cara, alguien que pudiera mejorar sus relaciones públicas, remozar su maltrecha imagen, resolver con eficiencia sus contradicciones doctrinales internas, recuperar el poder económico, político y la influencia ideológica pérdida del mayor Estado teocrático del mundo y para que al final y como de costumbre en los últimos 2023 años, la Iglesia católica y su corrupta élite del poder “miraran pasar el cadáver de sus enemigos”.

El cura Bergoglio (aquél que para hacer carrera apoyó a los gorilas militares que asolaron la Argentina durante décadas) mostró su hueso anticomunista, oligárquico y proyanqui y finalmente tuvo su premio. Los que mandan hasta ahora en el mundo se fijaron en su hoja curricular, lo llevaron a las viejas construcciones de la colina vaticana y lo hicieron papa: El flamante papa Francisco.

Llegó a la silla de san Pedro con la espada desenvainada, prometió cambiar algunas cosillas escritas en la biblia y presentes en la liturgia, renovar el polvoriento santoral (para lo cual hizo “santo” al redomado anticomunista, antisandinista, rusófobo y fanático del neoliberalismo, papa Juan Pablo II), prometiendo de paso castigar a los pedófilos, sodomitas y gánsteres en sotana agazapados en los pulpitos y claro, volver “los ojos de la Iglesia hacia los que sufren”.

Casi nos engaña. Parecía un evangelizador de los primeros tiempos, callado y piadoso. Nos parecía cercano por hablar un idioma «tercermundista» y hacer comentarios sobre el fútbol como cualquier hincha de barrio. Besa el pavimento de los aeropuertos de los países que visitaba y en la gran basílica se le ve contrito, siempre orando por el mundo en llamas.

Pero al final ha “mostrado el cobre”, la hipocresía tan propia que reina entre el humo del incienso.

No pudo disimular su odio a la Iglesia ortodoxa eslava, no porque no le obedeciera ni fuera competencia, sino porque aquella es el sustento espiritual y cultural del nacionalismo ruso, ese mismo que hoy se opone a la dominación global del occidente colectivo y el imperialismo yanqui y pretende construir con otros pueblos un mundo multipolar.

Se acerca con besos en ambas mejillas a los jerarcas musulmanes, aunque prefiere de corazón a los racistas rabinos judíos.

El titular del Vaticano y “vicario de Cristo en la Tierra” ha relegado a segundo plano su declarado “inmenso dolor” por los niños hambrientos de Yemen y de vastas regiones de África, ya no acostumbra mencionar el genocidio israelí practicado sistemáticamente contra lo que va quedando del pueblo palestino; olvida la agresión permanente e injustificada sionista contra Siria y el robo de su petróleo aupado por las tropas yanquis; puso en pausa su “preocupación” por el criminal bloqueo a Cuba, arremete contra Rusia porque este país se enfrenta – en una guerra cultural y vital- contra la OTAN y Occidente; no menciona en sus homilías y sus entrevistas de “bola pasada”, hechas por la falsimedia global, las decenas de miles de sanciones económicas repartidas a diestra y siniestra por el sistema en contra de gobiernos y pueblos dignos que lesionan el Derecho internacional y golpean en primer lugar a las familias pobres, millones de las cuales profesan la fe católica.

El papa usa de forma retórica y desprovista de todo compromiso la lucha por la paz y la amenaza real de una tercera conflagración mundial, relativizando tal peligro de aniquilamiento global, muy a tono con la narrativa que se impone a la población del llamado “norte global”.

El papa Francisco sabe que el principal apoyo del liberalismo burgués para dominar la mente de los pueblos, se asienta en la religión, su infraestructura y penetración global y que, desde Constantino I, pasando por los papas-reyes medievales y renacentistas, hasta llegar a esta época convulsa, el cristianismo ha jugado ese papel. Pero este papa libador de mate, también sabe que la relación es simbiótica, pues sin el financiamiento y apoyo mediático de los yanquis y sus gobiernos aliados, su Iglesia, su institución milenaria se vendrá abajo.

Sin embargo, no nos llamemos a engaño, Francisco como los anteriores 265 papas de Roma (el Vaticano, en sentido institucional es relativamente reciente) tan solo es parte de un aceitado mecanismo de dominación y poder que ya da muestra de agotamiento y cuya estocada mortal se la está dando el mismo sistema al cual ha servido como vector ideológico, además de sus propios errores.

Se ha plegado sin ambages a la llamada «narrativa» del poder global y ha dado un paso adelante, agrediendo (haciendo uso de su todavía nada desestimable «poder blando» y convocatoria mediática) a un pequeño país centroamericano cuyo único pecado es ser digno y estar defendiendo su soberanía y el derecho de su gente a vivir en paz y desarrollo.

Creador de varios » centros de pensamiento» ( laboratorios dónde se diseñan los métodos y temáticas para incidir en la psiquis y comportamiento de las masas) y fundaciones globales para financiar sus proyectos globalistas, el Vaticano es parte del llamado «Estado profundo global» que intenta perpetuar el control de la sociedad y los recursos del mundo. Su trabajo es ideologico, pero también funcional. Su clero y agentura en todos los países donde operan como iglesia, son verdaderos operarios político para la desestabilizar gobiernos. Tenemos como ejemplo prístino, el accionar de la jerarquía católica en Nicaragua.

Las iglesias alrededor del mundo católico desde hace tiempo empezaron a vaciarse de fieles, sin que para ello intercedan las profecías de Malaquías, sino el rápido cambio de los paradigmas culturales y la convicción de los pueblos de que esta Iglesia en decadencia y su jerarquía mundial están al servicio de los poderosos, de sus propios intereses y sus insaciables vicios carnales.

Ha hecho bien el comandante Ortega en suspender los lazos diplomáticos con el Estado que preside su autócrata actual, el papa Francisco, que baila al son que tocan nuestros enemigos pues Francisco no es un estadista responsable ni respetuoso, mucho menos un verdadero líder espiritual, empeñado en buscar la paz y la justicia entre los hombres y las naciones.

El papa,fiel al fundador de su Iglesia, ha mostrado la sica en favor de una institución que se victimiza y se arrastra a los pies del diablo, que no es otro que el opresor hegemónico de hoy y siempre.

Al final, la religión que preside nació con el imperio romano y según parece, fenece con el imperio yanqui.

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