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En el Diccionario ideológico de la LenguaEspañola de Julio Casares se define la alquimia como «química rudimentaria de la Edad Media que perseguía la transmutación de los metales en oro y la panacea universal», es decir, una ciencia absolutamente materialista destinada al enriquecimiento personal y a gozar de una eterna salud. Sin embargo -y prescindiendo de las etimologías actuales o históricas- hay que reconocer que los autores musulmanes del medioevo utilizaban la voz alquimia no sólo con el significado que le da Casares, sino también con otros muy distintos, ya que, por ejemplo, la expresión Kimiyá’ al-sa’áda en el título de algunas obras de misticismo implica más la idea de la transmutación del alma humana en vistas a alcanzar la felicidad eterna. Por otra parte, es muy probable que muchos alquimistas de buena fe creyeran que la «obra» en sí conducía de modo directo a un camino de perfección espiritual, conforme parecía indicar parte de la terminología técnica que empleaba, en la que voces como alma, espíritu, cuerpo, etc., podían interpretarse tanto material como espiritualmente.

Ibn Jaldûn (1332-1406), en sus Muqaddima dedica un amplio capítulo al análisis y a la refutación de la alquimia material y nos la define como una ciencia (mádda) «que permite -nos dice- obtener artificial­mente la generación completa del oro y de la plata. Explica idénticamente los procedimientos que conducen a este resultado. Los alquimistas estudian las propiedades y los temperamentos de todas las cosas creadas y lo hacen de una manera crítica esperando poder descubrir así una sustancia apro­piada. A parte de los minerales se interesan también por los restos de los animales: huesos, plumas, pelos, huevos o excrementos. La alquimia expone, pues, las operaciones por las cuales una sustancia pasa de la potencia al acto. Por ejemplo: la descomposición de un cuerpo en las partes que lo constituyen por sublimación -tas’id-, destilación -taqtir-, solidifícación -yam’-, disolución -lá’ib-, calcinación -taklis-, pulverización, etcétera. Los alquimistas afirman que estos procederes -siná’át- permiten obtener una sustancia natural a la que llaman elixir. Así llegan a cambiar en oro puro un metal -plomo, estaño o cobre- dándole, mediante una preparación particular, la aptitud para recibir la forma del oro o la plata después de haberlo calentado al fuego y haberle añadido una cierta cantidad de elixir. En su vocabulario enigmático los alquimistas llaman al elixir «espíritu» (rúh), y cuerpo (yasad) a la sustancia a la cual su añade el elixir».

        Este vocabulario enigmático es debido en parte, pero sólo en parte, a que algunos de esos procederes y de los aparatos utilizados fueron conocidos en la Antigüedad y, por tanto, sus nombres o fueron transliterados al árabe o traducidos a esta lengua, bien directamente, bien por intermediación del siríaco. Tal, por ejemplo, el alambique,  que figura citado en la Traducción árabe de La materia médica de Dioscórides, en los Mafâtîh al-‘ulûm de al-Juwârizmî y en el Kitâb al-asrâr de al-Râzî, textos todos ellos del siglo X. La forma y la configuración de estos aparatos no fue constante y los musulmanes distinguieron distintas variantes y dieron nombres distintos a sus partes como puede verse comparando la descripción que del mismo hace Ibn al-`Awwám de Sevilla (s. XII) al tratar del agua de rosas. Esas voces, sumadas a otras absolutamente nuevas, pasaron a integrar la termi­nología de los textos alquímicos latinos. Así alcalí, alquitrán, alcohol, atín­car (bórax), athanor (horno), nafta, natrón, zaibar (mercurio), etc.

Pero la utilización de ese lenguaje no hubiera sido suficiente para acusar de oscuros a los tratados de alquimia. Hay otros motivos que explican el confusionismo de esos textos: en primer lugar, la riqueza de la sinonimia, ya que un mismo cuerpo recibe múltiples nombres. El oro presenta veintidós sinónimos; la plata, diecisiete; el hierro, dieciocho; el cobre, quince; etc. Y, con frecuencia, el término que en un autor significa una cosa en otro indica algo muy distinto. Por otra parte muchos alqui­mistas de buena fe -es necesario hacer una distinción entre éstos y los simples embaucadores- creían que la «obra» no sólo presentaba un interés material -la transmutación de los metales viles en oro-, sino que su práctica conducía a un camino de perfeccionamiento moral que, al no ser admitido como tal por los hombres de religión, debía ser celado detrás de términos alegóricos y enigmáticos. Otros, mucho menos honrados, utilizaban la palabrería más florida y abstrusa para esconder con ella sus pretendidos descubrimientos.

Entre estos últimos hay que incluir a los falsificadores de moneda, generalmente tálibes (estudiantes) bereberes que se hacían acreedores no sólo del menosprecio de los alfaquíes, sino también de la pena coránica -corte de extremidades- prevista para los ladrones, puesto que ellos, en el fondo, robaban a sus contríbulos poniendo en circulación no ya una moneda de baja ley -procedimiento empleado a veces por el poder-, sino moneda falsa. He aquí uno de estos casos referido por el gran escritor cordobés Ibn guhayd (m. 426/1035):

    «Era mucho lo que yo hablaba con el aquel entonces mi amigo Abú `Abd Alláh al-Faradî. Tratábamos de las distintas ciencias, tanto de las buenas letras como de la historia, jurisprudencia, medicina, alquimia  (san’a) y filosofía. Pero sin que yo lo supiera él engañaba y enredaba, pues se pasaba las noches en blanco fabricando moneda fraudulenta. Eso era tan claro como la luz del día y la música de la flauta. Si hubiera tocado la Luna llena (plata), la hubiera adulterado; si hubiera llegado hasta el Sol (oro), lo hubiera eclipsado (corrompido). Cierto día, ignorante yo de esas costumbres, fui a buscarlo para entretenerme un rato y hablar con él. Llegué a su casa encontrando la puerta abierta y ausente al portero. La crucé y al acto se abalanzó sobre mí un chico joven. Tropecé con él, y exclamó: -¡Cuánto te he esperado!-. Me precedió y yo le seguí hasta llegar a una habitación ennegrecida, llena de vapores que parecían pedazos de nubes y en los cuales se percibía el olor hediondo del arsénico (sunán), del azufre, del cinabrio y de la sarcócola. De repente me acordé del versículo coránico (44,9/10-10/11): que dice: «El día que el cielo se llene con humo manifiesto que cubra a las gentes. Ese será un tormento doloroso». Temí lo peor y quise huir. Me volví y de repente percibí montones de brasas, aparatos para la obtención del oro y personas negras y amarillas. Escapé a otra habitación en la que había multitud de obreros como fantasmas que parecía que fueran los ángeles de la muerte; negros, tenían en sus manos garfios y formaban filas empuñando martillos. Al verme gritaron: -¡Este intruso nos avergüenza! ¡Liquidémosle inmediatamente! -. Cuando me vi en las puertas de la muerte y temí que pusieran en práctica su resolución, rompí a reír y les increpé: -¡Ojala no alcancéis ningún bien ni encontréis el camino de la ciencia! ¿Con que así os precipitáis? ¿Es que no sabéis a quién tenéis delante?-. Replicaron: -¿Quién eres?- Dije: -Yo soy quien coge la míca (talq) y la pulveriza con el martillo, quien hiende con la inteligencia la sustancia de las cosas y quien albricia a los padres anunciándoles el nacimiento de los hijos-. Preguntaron: -Usas el fuego o el agua-. Repliqué: -Ambos a la vez con algo de aire-. Me miraron riéndose, se acercaron disculpándose y dijeron: -¡Por Allah! Has estado a punto de ser devorado y de morir de mala manera-. Pregunté: -¿Dónde está Abû `Abd Alláh [al-Faradî]?—-.»‘ Replicaron: -Se ha encerrado para purificar el agua de los huevos » y para destilar la sangre menstrual, pues tiene el propósito de fabricar la tintura de la piedra filosofal-. Pregunté: -¿La vieja o la nueva tintura?-. Chillaron: -¡Ah! ¡Ah! ¡Este es un experto!-. A continuación me despedí cortésmente y salí.»

Otros argumentos se oponían a la alquimia basándose en múltiples motivos y, entre ellos, sacando a colación la verdad revelada: el oro y la plata son la base de la ordenación monetaria de todos los pueblos y Allah dispuso que, para que sirviesen a este fin, no fueran muy abundantes. Si se pudieran fabricar en grandes cantidades se rompería el equilibrio económico, contra lo que es la voluntad de Allah, razón por la cual la transmutación es imposible. Además, la naturaleza siempre procede en sus obras por el camino más corto, luego los alquimistas no pueden encontrar ningún procedimiento susceptible de abreviar el tiempo de formación de los metales.

Pero los alquimistas no aceptaban ninguno de esos argumentos. Admitían que la formación natural del oro requería un lapso de tiempo de 1.080 años, es decir, el tiempo de una gran revolución del Sol -las relaciones de la alquimia con la astrología siempre fueron íntimas conforme demuestra la propia terminología heredada en parte de la antigua Babilonia-, siempre y cuando la materia prima formada por los principios mercurio (agua y tierra) y azufre (fuego y aire) se encontraran en las debidas proporciones y estuvieran sometidos a una cantidad adecuada de calor. Si esto era así podían intentar imitar y acelerar en sus laboratorios la acción de la naturaleza obteniendo rápidamente los distintos metales: si toda la operación se había desarrollado correctamente, nacía el oro; si antes de que éste hubiera podido madurar entraba el frío, aparecía la plata; por el contrario, si penetraba cierta sequedad, se formaba el cobre, etc. Alguna vez, pocas, por ejemplo en el corpus yábiriano, se insistía en la importancia de que existiera una correcta relación entre los pesos y volúmenes -pero casi nunca entendidos como nuestros conceptos actuales- para que el resultado de la «obra» fuese satisfactorio.

Sin embargo, el procedimiento más difundido era el de la utilización de la piedra filosofal o elixir (al-iksir), que en árabe significa «rompedor» y alude a su propiedad de romper la estructura interna de la materia. Este cuerpo, según ellos, actuaba como la levadura con la harina: mezcla con un metal vil (plomo, cobre, etc.) lo transformaba en otro noble, plata a oro.

Pero, ¿cómo obtener el elixir? Se admitía que podía extraerse tanto del mundo mineral como del vegetal o animal. Los ensayos debieron efectuarse con toda clase de cuerpos: excrementos, sangre, pelos, huevos, plantas, etc., a los que se sometió a toda suerte de manipulaciones: calcinación, sublimación, liquefacción, etc., con los resultados que se pueden imaginar, aunque no por ello despreciables. Si no encontraron -aunque algunos alquimistas creyeron que sí- la piedra filosofal, en cambio obtuvieron cuerpos hasta entonces desconocidos. En este aspecto la alquimia constituye la prehistoria de la química.

Los sabios de la época discutían sobre la posibilidad de obtener el elixir. Yáhiz, por ejemplo, opina que más extraordinario parece obtener el vidrio a partir de la arena, que la plata y el oro a partir del mercurio. Los filósofos, por su parte, se dividen en dos bandos irreconciliables encabezados por al-Fárábi (m. 950) y Avicena (m. 1037). Mientras el primero lo afirma el segundo lo niega aduciendo uno y otro argumentos aristotélicos. Sin embargo, el personaje que más nos interesa aquí es Tugrá’i (m. 1121), alquimista de nota que se enfrenta dialécticamente con Avicena y tomando como ejemplo la generación espontánea de animales, admitida comúnmente en aquel entonces, defiende en términos muy similares -ambos deben derivar de una fuente común- a los empleados por Alvaro Alonso Barba (1,20) quinientos años después, la transmutación de los metales: «Conocemos -dice- entre los animales casos de generación espontánea sin conocer las diferencias específicas. Por ejemplo: los escorpiones se crean de tierra y de paja y las serpientes de pelos [recuérdese a Medusa]. Los autores que han tratado de agricultura nos dicen que cuando hay falta de abejas, pueden crearse a partir del cadáver de un buey; que las cañas nacen de los cuernos de los animales ungulados y que se transforman en cañas de azúcar llenando esos cuernos de miel y plantándolos en un terreno adecuado. ¿Por qué, pues, no hemos de ver cosas parecidas entre los minerales? Todo lo anterior procede de un tratamiento artificial que prepara a una sustancia determinada para recibir una diferencia específica. Pues eso mismo es lo que hacemos con el oro y la plata. Los tratamos y los preparamos para que puedan recibir esa diferencia específica».

Los fundamentos de la alquimia islámica se encuentran en una serie de textos griegos y siríacos, muchos de los cuales son de autenticidad dudosa y que puede creerse que fueron «inventados» por los propios autores musulmanes para dar mayor credibilidad a sus propias doctrinas. La tradición quiere, sin razón, demostrar que la obra de Zósimo se había traducido ya al árabe en fecha tan temprana como el año 659. Igualmente fan­tásticos parecen ser los estudios de alquimia del príncipe omeya Jálid ibn Yazid, junto al monje Morienus o Mariyánús (alrededor del año 700), cuya versión se nos conserva en el texto latino de Roberto de Chester y en el cual se nos presentan las fases del proceso alquímico de modo alegórico como coito, concepción, gravidez, parto y nutrición. Prácticamente lo mismo puede decirse de la pretendida adaptación árabe del Libro de Crates. Mayor interés presenta el grupo formado por el ismaelí Ya’far al-Sádiq (699-765) y su discípulo Yábir ibn Hayyán (725-815). En realidad, la mayoría de obras que se atribuyen a ambos son apócrifas y de composición más tardía, pero tienen interés para ver el complejo mundo por el cual se movían las ideas de los círculos esotéricos -por ejemplo, Dû-1-Nûn, Ibn Masarra o Halláy- y místicos del siglo IX y siguientes. Así, el texto de Ya’far al-Sádiq, sobre la Alquimia y la piedra filosofal, puede considerarse escrito entre los siglos XI y XIII, y el inmenso corpus atribuido a Yábir -que poco tiene que ver con el Geber de los latinos y mucho menos con el astrónomo Yábir ibn Aflah- debió empezar a componerse en el siglo IX por varios autores.

Ya en esta época tan temprana las doctrinas alquímicas presentaban el doble aspecto que siempre las ha caracterizado: el práctico y el teórico-alegórico, susceptible este último de una interpretación psíquico-analítica que transparenta ya en la Tabula smaragdina, que empieza:

    «Es verdadero, sin falsedad alguna, cierto y muy cierto. Lo que está arriba es igual a lo que está debajo y lo que está debajo es igual a lo que está arriba para que se cumplan los milagros de una sola cosa. Y como quiera que todas las cosas lo fueron por la contemplación de una sola, así también todas las cosas surgieron de esta única cosa por un simple acto de adaptación. El padre de ello es el Sol; la madre, la Luna…»

Esta obra, conocida en Córdoba ya en el siglo X, se atribuía a un mítico Hermes Trismegisto y fue traducida al latín en el siglo XII por Hugo de Santalla, y difundida por toda la cristiandad al incorporarla San Alberto Magno al final de su De rebus metalicis et mineralibus. Pero, ¿qué significado tiene todo esto? Volviendo al Casares tropezamos con las siguientes definiciones del adjetivo hermético: «Perteneciente o relativo al filósofo y alquimista Hermes…; secreto, oculto, incomprensible». Si apuramos los textos árabes clásicos encontraremos una serie de biografías de dicho personaje en las que se nos citan varias obras puestas a su nombre y al cual se atribuyen distintas nacionalidades. Pero todos los datos van a confluir en la figura del gran astrólogo Albumasar, quien en una de sus obras perdidas, el Kitáb al-ulúf (Libro de los miles), reconstruido por Pingree y utilizado por el cordobés Ibn Yulyul, intentó dar una visión unitaria de los orígenes de la cultura a partir de tres tipos de fuentes 1) tradiciones de la antigua Babilonia que aún sobrevivían en Harrán (los musulmanes tuvieron idea de que los ladrillos cuneiformes contenían textos escritos); 2) materiales de un autor clásico de obras filosóficas, científicas y mágicas, y 3) la leyenda del dios egipcio Toth, creador de las ciencias como Hermes. Por tanto, dentro de la masa amorfa de la documentación que disponemos se distinguen las obras de tres Hermes. Según Albumasar, Hermes I predijo una calamidad celeste de agua y fuego y, temiendo que el diluvio hiciera desaparecer la civilización, mandó grabar en las paredes de los templos una representación de los oficios, de los artesanos y de los instrumentos que éstos empleaban y escribió varios libros para transmitir a la posteridad los fundamentos de las ciencias.

En la obra de alquimia Kitáb dajirat Iskandar (Libro del tesoro de Alejandro) se afirma que todos esos materiales permanecieron en un subterráneo cerca de la orilla del mar. En él los encontró Apolonio de Tiana, el Belenus o Balinas de los latinos, y éste los hizo llegar a Aristóteles y o Alejandro. El soberano macedón ordenó a su vez a Antíoco I (precisamente el seleucida a quien Beroso dedicó su Babiloniaca) que los escon­diese en el muro de un monasterio de Ammorium, en donde los encontró cel califa al-Mu’tasim en el momento de 1a conquista de la ciudad (838), conquista conseguida a pesar de las predicciones de los astrólogos y que valió a éstos un poema célebre y satírico de Abú Tammám. Las variantes y detalles de esta leyenda, así como las biografías de los tres Hermes (I, II y III) que nos dan los textos árabes, son muy numerosos, pero todas coinciden en afirmar como mínimo un origen bipartito (mesopotámico y egipcio) de la ciencia que pasó al mundo clásico y por intermedio de éste o bien de modo directo alcanzó a los sabios del siglo IX. A los Hermes se atribuyen obras como el Liber latitudinis clavis stellarum, traducido al árabe en el 743 y ya en el siglo XII al latín por Roberto de Chester.

        La Tabula smaragdina aparecía colocada inicialmente como colofón de otro libro alquímico, el Sirr al-jáliqa o Kitáb al-`ilal, que fue traducido al latín por Hugo de Santalla. El autor real, quienquiera que fuese, debió inspirarse en el Libro de los tesoros de Jacobo de Edesa (817) y redactarlo en la época del califa al-Ma’mún, poniendo su obra, para darle mayor autoridad, a nombre de Apolonio de Tiana (Balinas). Llegó a al-Andalus en el reinado de al-Hakam II y fue utilizado tres siglos después por el Geber latino.

Otro texto que tradicionalmente ocupa un lugar importante en los tratados de historia de la alquimia es el conocido con el nombre de Turba philosophorum (Mushaf al-yamá’a), cuyo origen ha podido fijar Plessner alrededor del año 900, puesto que un ocultista-alquimista musulmán, Ibn Umayl, muerto alrededor del 960, la cita y la alusión que se hace a un veneno hallado en el cuerpo de una mujer (discurso 59) hay que relacionarlo con el mito hindú de la mujer-veneno que mata al hombre con su abrazo, leyenda que entró en el mundo islámico con la traducción del libro sánscrito De los venenos de Sánáq en la primera mitad del siglo IX. La forma del libro recuerda la de las discusiones (munazara) típicas de la literatura musulmana y una de éstas, citada en el Fihrist 359, se atribuye a `Utmán ibn Suwayd al-Ijmimi. Como la ciudad egipcia de Ijmîm era el centro de las enseñanzas esotéricas de la época, supone que la obra (le dicho autor sea el original árabe de la Turba o, cuando menos, un libro de su mismo tipo que tomaba materiales de acarreo de diversas fuentes. Por su parte, el Senior Zadith y Zadith ben Hamuel de los latinos (Ibn Umayl) gustaba realizar excursiones arqueológicas a los templos del antiguo Egipto y, en concreto, al de Bushir al-Sidr en busca de la sabiduría del pasado que, a pesar de haber visto la estatua de Imhotep, no alcanzó a comprender ni a reflejar en sus obras, algunas de las cuales, como la Tabula chimica y la Epistola solis ad lunam crescentem, fueron traducidas defectuosamente al latín medieval e impresos en el Renacimiento.

La materia incluida en la Turba procede en buena parte de fuentes griegas y en ella se cita con frecuencia a un Agadimon, Agathodemon, etcétera, que aparece también en el Picatrix y otros libros esotéricos, como maestro en el arte de fabricar talismanes -muchas veces formados por cuadrados mágicos- al que las fuentes musulmanas nos presentan como maestro o discípulo de Hermes y como fundador de la escuela pitagórica, e Ibn Wahsiyya le atribuye la invención de tres alfabetos, lo cual podría ser una reminiscencia de los tres sistemas gráficos (jeroglífico, hierático y demótico) utilizados por los antiguos egipcios. También se le atribuye la prohibición, ratificada después por Hermes, de comer habas. Este detalle permite situar la patria de todas estas tradiciones en el Mediterráneo oriental, ya que es en esa zona, y en Egipto fundamentalmente, donde la ingesta de habas (Vitia fava) produce mayor número de anemias hemolíticas por schock anafiláctico que desencadena de doce a veinticuatro horas después de la misma la muerte.

Otra obra de ideología alquímíca es el Miftáh al-hikma, el Clavis sapientiae de los latinos, y cuyo original árabe encontró Levi della Vida. El autor, Artefius -sea quién fuere-, a pesar de que se le ha pretendido identificar con Tugrá’i o Ibn Umayl, finge ser discípulo de Apolonio de Tiana e intenta dar una visión emanantista de los elementos a partir de la naturaleza, la cual, a su vez, habría sido engendrada por el logos que es la causa de todas las causas. Esta obra fue traducida al castellano por mandato de Alfonso X el Sabio y de aquí al latín.

Pero el libro más importante de este género es el compuesto por el madrileño Abu Maslama alrededor, tal vez, del año 1056 con el título de Gayat al-hakim, mandada traducir al castellano por Alfonso X el Sabio en 1256. Alcanzó una amplia difusión en Occidente en la versión latina atribuida a un tal Picatrix, nombre que posiblemente es una corrupción de Hipócrates, a quien en al-Andalus se le atribuiría, indebidamente, la paternidad de la misma al igual que determinados conocimientos astronómicos. La obra es significativa, puesto que conserva oraciones destinadas a los planetas muy parecidas a las que utilizaban los sabeos en Harrán y una serie de conocimientos astronómico-mágicos que muestran su origen pagano y de moral completamente distinta a la islámica y a la cristiana. Y tiene interés, igualmente, por los autores que cita en el contexto y que demuestra que fueron conocidos en la al-Andalus de los taifas, vg. Doroteo de Sidón, al-Fárábi, Yábir b. Hayyán, Galeno, al-Halláy, Hermes, Hipócrates, Ibn Wahsiyya, Isháq b. Hunayn, Yahyá b. Masawayhi, Abu Bisr Mattá ibn Yúnus, Platón, al-Rázi, Sócrates, Tábit b. Qurra, etc.

La importancia de este tipo de escritos alquímicos radica más que nada en la influencia que sus doctrinas han tenido en la expresión de muchas ideas medievales bien literarias, como la leyenda del Graal en el Parzifal de Wolfram y en Chrétien de Troyes, bien filosóficas.

Frente a este tipo de alquimia tropezamos con otra de tipo práctico cultivada o no por los mismos autores a los que acabamos de referirnos. De este otro aspecto, que podría considerarse como el verdadero precursor de la Química, dice Roger Bacon que «enseña cómo hacer los metales nobles, los colores y otras muchas cosas mejor o más abundantemente de lo que se encuentran en la naturaleza, por medio del arte. Y la ciencia de esta clase es más grande que todas las precedentes porque produce mayores utilidades. Ya que no sólo proporciona riqueza y muchas otras cosas para el bien público, sino que enseña también cómo descubrir aquellas cosas que son capaces de prolongar la vida humana durante períodos de tiempo mucho más largos de lo que pueda conseguirse por vía natural… Confirma a la alquimia teórica a través de sus obras y, por lo tanto, la filosofía natural y la medicina, lo cual se deduce claramente de los libros de los médicos. Ya que estos autores enseñan cómo sublimar, destilar y disolver sus medicinas mediante muchos otros métodos, de acuerdo con la operación de dicha ciencia, tal como aparece evidente en las aguas salubres, los aceites y muchas otras cosas».

En este tipo de tratados, si bien se exponen ideas herméticas, se muestra una preferencia por las recetas que permiten preparar los distintos productos utilizados en la droguería medieval o se encuentran indicaciones más o menos frecuentes de procederes casi científicos. Esas obras, como el Mappae clavicula o las Compositiones ad tingenda, acostumbran a aumentar mediante adiciones sucesivas de nuevas fórmulas de aquí que, sobre un núcleo básico alejandrino, aparezcan procedimientos muy posteriores y sea muy difícil establecer el lugar, la época y el autor que los introdujo. Así, la última redacción del Mappae clavicula, debida a Adelardo de Bath (que entre otros detalles presenta un ciclo lunar para los años 1136-1154), contiene 293 recetas en vez de las 209 de la versión anterior, y entre ellas figura la del alcohol (kuhul). En árabe esta palabra designa diferentes substancias como el sulfuro de antimonio (negro) o el oxisulfuro de antimonio natural (rojo oscuro). Con el artículo al- aparece ya en el romance de la Península ibérica en el año 1278, pero no pasa a tener su significado actual hasta fines del siglo XV. Sin embargo, en las traducciones salernitanas e hispánicas de fines del siglo XII -Abulcasis- se conoce que la destilación del vino da lugar a un combustible líquido (aqua ardens, aguardiente, 1406) susceptible de ser empleado con fines mágicos.

Unos cuantos nombres -tanto más míticos cuanto más antiguos­ jalonan el desarrollo de este tipo de alquimia. Así el de Yábir b. Hayyán o Geber árabe que habría vivido en el siglo VIII y habría compuesto numerosas obras que hoy se tiende a creer que fueron escritas y puestas a su nombre por misioneros ismaelíes de los siglos IX y X. De aquí que se le haga discípulo de Ya’far al-Sadiq (m. 765) y que en ellas se encuentren concomitancias con las Epístolas (Rasis’il) de los Hermanos de la Pureza. En todo caso las citas más antiguas de su existencia las dan Ibn Umayl e Ibn Wahsiyya y un autor tan serio y documentado como Ibn al­Nadim discute la opinión de quienes afirmaban que nunca existió. Por su parte, Abu Sulaymán al-Mantiqi (m. c. 980) dice haber conocido personalmente al autor de los escritos yábirianos, el cual se llamaría al-Hasan h. al-Nakad al-Mawsûli.

En este corpus del Yábir árabe se encuentran -aparte de las doctrinas filosófico-místicas habituales en este género literario- detalles acerca de la purificación de metales, de la fabricación del acero, del tinte de vestidos y cuero, barnices resistentes al agua, uso del dióxido de manganeso en la fabricación de vidrio y de piritas de hierro para grabar el oro; la destilación del vinagre para obtener ácido acético; da una receta para la fabricación del ácido nítrico y la observación de que la fuerza magnética es imponderable. Igualmente expone las teorías del equilibrio aritmo-alfabético de los elementos y naturalezas que integran los metales. Pero todo ello va envuelto en una faramalla de datos fantásticos o de escasa credibilidad. Yabir es el único autor que nos transmite la noticia de que Porfirio ideó un procedimiento para crear artificialmente hombres. Esta noticia que desconocemos por las fuentes griegas estaba destinado a tener un gran porvenir en Oriente y en Occidente. Ibn Jaldûn alude a los alquimistas que «quieren crear un hombre de modo artificial mediante el esperma», y Paracelso (De Natura rerum, 2,1) cree que es posible la creación de un diminuto ser humano (homunculus) por putrefacción del licor espermático del hombre encerrado durante cuarenta días en un alambique. Esta idea trasciende a la Medicina magnética (1679) de Maxwell y en último término al segundo Fausto de Goethe. Y lo curioso es que, muy probablemente, su origen es una fuente auténticamente musulmana: El Corán, 22,5 y 96,2. Por tanto, para Yábir b. Hayyán la alquimia tiene dos vertientes claras: la propiamente precursora de la química y la biológico-médica y de ambas se encuentran anécdotas en la selección de sus obras publicadas por Kraus. Véase cómo se presentan esos textos:

«La receta para la fabricación de barnices con los que se impregna la seda -dice- la he recibido de al-Fadl b. Yahyá b. Barmak y la he utilizado. Cuando yo le pregunté si era un descubrimiento suyo replicó:

-No. La encontré en libros viejos y destrozados. Y no sólo ésta sino también otras recetas. He puesto todas a prueba y son correctas. Pero ni en el principio ni en el fin figuraba el nombre del libro, de tal modo que nadie puede saber de quién es.» (Sigue la receta.)

En el aspecto médico los elíxires alquímicos se comportaban con más eficacia, si cabe, que la de los modernos antibióticos en el momento de su descubrimiento. Veamos como actuaban en un caso de intoxicación: «Yo tenía una esclava. Sin saberlo comió una onza de arsénico (zarnij) amarillo según creía. No encontré un remedio ya que yo no disponía de nada que fuese útil para el veneno. Pero la di de beber el peso de un grano [de elixir] disuelto en miel y agua. En cuanto llegó al estómago vomitó inmediatamente todo y quedó tan bien como antes».

Mayor interés presenta al-Rázi, el Rhazes de los latinos (m. c. 925), por ser un personaje cuya biografía nos es bien conocida. Médico de gran fama dedicó buena parte de su actividad al estudio práctico de la alquimia y a él se debe la clasificación de las substancias en minerales, vegetales y animales; conocía la sosa cáustica, la glicerina y, posiblemente, el ácido nítrico. En su obra nos da listas de las substancias y aparatos que empleó, de lo cual puede deducirse que su laboratorio estuvo muy bien equipado. Creía que la transmutación no sólo era posible a partir de los metales inferiores, sino también del cuarzo, del vidrio y de otras sustancias anodinas que, debidamente tratadas, se transformaban en piedras preciosas como esmeraldas, rubíes, etc. Cuando sus experimentos no llegaban al resultado apetecido investigaba las cualidades del cuerpo obtenido involuntariamente y procuraba determinar sus propiedades que, a veces, le permitían introducirlo en la farmacopea.

A fines del siglo X y hasta mediados del XI la alquimia conoce un gran desarrollo en al-Andalus. Sus inicios parecen remontar al reinado de `Abd al-Rahmán II (822-852) y la llegada a Córdoba de un médico inmigrado, al-Harráni, que introdujo de manera clara las nociones de análisis cuantitativo y cualitativo de los fármacos. Poco después aparecen laboratorios farmacéuticos en Palacio, los cuales, antiguos precedentes de la moderna Seguridad Social, regalaban sus productos a los pobres de solemnidad. Es el momento en que actúa, ya en tiempos de al-Hakam II (961­975), el alquimista `Abd Alláh b. Muhammad, apodado el Sári, y, poco después, los madrileños Abû Maslama Muhammad b. Ibráhim y su discípulo Ibn Bisrûn. Abû Maslama, al que no hay que confundir con su coterráneo y astrónomo celebérrimo Abû-l-Qásim Maslama, es autor, aparte del Picatrix, al que ya nos hemos referido, de la Rutbat al-hakim (El peldaño del sabio), libro importantísimo que consta de una introducción y cuatro partes o Tratados (maqálas), cuyo resumen, realizado por Holmyard, seguimos a continuación.

La primera maqála nos habla de las ciencias exactas como fundamento de la alquimia y recomienda el estudio de Euclides; del Almagesto de Tolomeo y de la lógica aristotélica tal como fue dada a conocer en el mundo musulmán por al-Kindi. A continuación deben estudiarse las ciencias naturales cuyos principales autores son Aristóteles, Demócrito, Hermes, y Apolonio de Tiana. Son libros fundamentales el De coelo et mundo, De Ceneratione et corruptione, Meteorológica, Physica Auscultatio, De Anima y De causis. En caso de no tener a mano las obras de Aristóteles el estudiante puede suplirlas con el Qanún al-`ilm de Apolonio. La Rutba, sin embargo, pretende independizar al lector de gran parte de la bibliografía anterior y, sobre todo, enseñar a sus contemporáneos cómo se comportan los cuerpos metálicos, sus características y sus reacciones, a pesar de que muchas de estas cosas son más conocidas por los artesanos que por los científicos. El químico debe ser hombre práctico para realizar correctamente los experimentos, ser intuitivo y tener capacidad de reflexión para comprender lo que observa. Y, llegado el caso, no debe vacilar en consultar a las autoridades en la materia: Hermes, Demócrito, Ostanes, Agathodemon, María la Copta, Aristóteles, Platón, Zósimo, Yábir b. Hayyán, al-Rázi, etc. Hay que subrayar que en las citas de autores científicos que Abú Maslama nos da en distintos pasajes de su obra no figura Avicena, lo cual parece indicar que las obras de éste aún no habían llegado a al-Andalus en el momento de la redacción de la Rutba.

Sigue una discusión de tipo lógico-formal acerca de la posibilidad de la alquimia que resuelve favorablemente remitiéndose al Kitáb al-itbát de al-Rázi y cree encontrar una prueba de la posibilidad de la transmutación al ver los cambios que ocurren cuando se funden juntos dos metales que dan origen a un tercero, ya que éste nada tiene que ver, en sus características, con aquellos dos que le han dado vida. De todo ello parece deducirse que los metales imperfectos son oro impuro. A1 fin de esta maqála se expresan las razones que hacen suponer que los talismanes actúan como catalizadores de los procesos alquímicos. Y esos talismanes hemos visto que figuran descritos en el Picatrix y la misma Rutba, que al aludir a las ciencias exactas como fundamento de la alquimia parece apuntar al uso de cuadrados mágicos con ese fin.

La segunda maqála muestra que Abû Maslama se inclina por la existencia de un único elixir. Éste tiene una acción triple que se corresponde con la triple acción del espíritu, del alma y del cuerpo. Según al-Rázi en su Libro del elixir, éste es una sustancia de cuatro naturalezas y tres poderes; es insoluble en el agua e incombustible; se presenta de dos formas; el rojo y el blanco. El elixir rojo es caliente y seco y se parece al oro, mientras que el blanco recuerda a la plata. Según él contienen oro y plata, respectivamente, pero Abú Maslama no está de acuerdo.

Quien desea transformar el cobre en plata o la plata en oro o «reforzar» el estaño o coagular el mercurio debe averiguar, en primer lugar, qué plata es necesaria para convertirla en oro; qué cobre, para ser plata; qué estaño resiste el calor del horno, y qué mercurio puede ser coagulado. Si conoce esto, entonces conoce las propiedades de la sustancia necesaria para efectuar estos cambios, o sea que es capaz de colorear la plata de amarillo, de blanquear el cobre y de «reforzar» el estaño. Lo cual implica el que estos tres poderes estén reunidos en el elixir. Y, en este caso, ya es posible la transmutación, pues, aunque los metales difieran uno de otro, la sustancia o materia prima es la misma. En este último aspecto se cita a Yábir, quien afirma que la piedra filosofal es única, puesto que contiene los poderes de transmutación de modo esencial y no accidental.

En la tercera maqála se observa que la Naturaleza siempre actúa de modo invariable y que nunca realiza la misma cosa por procedimientos distintos. En consecuencia, el alquimista debe esforzarse en imitar a la Naturaleza a la cual sirve del mismo modo que el médico. Este último establece los diagnósticos, prescribe los remedios, pero, en fin de cuentas, es la Naturaleza la que actúa. Abû Maslama da citas aquí de a) al-Rázi (Kitáb al-tadbir, Kitáb al-hayá y Kitáb `ilal al-ma’ádin); de b) Yábir ( Kitáb al-arkán) de c) Abû Ma`sar (Kitáb al-ulúf ), etc. Alude luego a la génesis de los metales según la doctrina azufre-mercurio, y expone una notable experiencia realizada por él y que muestra hasta qué punto creía que el alquimista debía ser experimentador:

«Tomé -dice- mercurio líquido natural, libre de impurezas, y lo coloqué en un recipiente de vidrio en forma de huevo. Coloqué a éste en una cazuela [al baño de maría ] y puse todo el aparato a calentarse a fuego lento. Mantuve la cazuela a una temperatura suave de modo que podía tocarla con la mano. Calenté el conjunto día y noche durante cuatro días, después de los cuales lo abrí. Vi que el mercurio, cuyo peso original era de un cuarto de libra, se había convertido por completo en un polvo rojo, suave al tacto, pero conservando el mismo peso original.»

Este experimento tiene notable interés, pues recuerda otros parecidos de Black y Lavoisier.

La cuarta maqála trata fundamentalmente de los enigmas que presentan los alquimistas. Hace referencia a Zósimo, Demócrito, María la Copta y Platón. Da extractos de Jálid b. Yazid, Dzu-1-Nûn e Ibn Wahsiyya; cita el Kitáb al-mulágam, obra probablemente de Yáhiz, que discute. Gran parte del material que atribuye a Zósimo y a su discípula Amnutasia (Theosebia) es confuso y carece de interés. Afirma que el príncipe omeya Jalid b. Yazid fue el primero en mandar traducir libros de alquimia al árabe y en unas cuantas pinceladas despacha a los principales cultivadores árabes de esta disciplina demostrando su gran admiración por Yábir, «del cual me separan ciento cincuenta años, pero, a pesar de ello, me considero como un verdadero discípulo suyo a causa de mi gran admiración por sus trabajos, todos los cuales he recopilado y he dado sus títulos en mi Historia de los los filósofos árabes». Siguen a continnacíón una serie de procedimientos químicos que permiten separar el oro y la plata de las gangas que los acompañan.

Esos procedimientos debían ser los descritos por Shaytán al-`Arráq (Anúshirwán al-Bagdádi al-Irbili) en los siguientes versos:

¡Cuántas veces he ensayado las cosas que sobre «el arte» ha escrito Yábir!

¡Cuántas veces he recogido el barro que sirve para sellar y se une con el aludel!

¡Cuántas veces he sublimado el alumbre, el azufre y el arsénico!

¡Y cuán frecuentemente he colocado el alambique en el fuego y he destilado!

¡Cuántas veces he ablandado los cuerpos (de los metales) y he purificado los líquidos!

¡Cuántas veces he purificado al cobre, Venus, y he calcinado al oro, Sol!

¡Cuántas veces he dejado caer, crisol tras crisol, el óxido de cobre!

¡Cuántas veces, incluso con los guantes, me he abrasado la mano y con frecuencia me la he quemado gravemente!

¡A pesar de que me disgustan estos procedimientos me he consagrado a ellos!

Un resumen de las ideas de Abû Maslama parece encontrarse recogido en la Epístola del también madrileño Ibn Bisrún (vivía aún en el 450­1058), dirigida a Ibn al Samh y en donde de manera muy sintética expone todo lo que sabe de estas cuestiones. Veamos un fragmento de la misma: «Sabe -dice- que según los sabios los elementos se dividen en dos clases: la de las «madres», que son inmanentes con la naturaleza, y las «recientes», que han sido engendrados. Esto es cosa conocida, fácil de comprender, pues así dividen los sabios los elementos y las cosas engendradas sean vivas o muertas. Consideran todo lo que se mueve activo, vivo; y todo lo que está inmóvil, pasivo y muerto. Aplican esta clasificación a todas las cosas tanto a los cuerpos que funden como a las drogas minerales. Y llaman vivo a todo lo que funde el fuego, se volatiliza y es presa de la llama. Al cuerpo que tiene las propiedades contrarias le llaman muerto. Los animales y las plantas que se descomponen en los cuatros elementos reciben el nombre de vivos, y los que no se descomponen se llaman muertos. Estos sabios han investigado en todas las partes de los seres vivos, pero no han encontrado nada que sirva pala la «obra» entre las cosas  que se descomponen en los cuatro elementos de modo apreciable a la vista. Lo único que les pareció útil fue la piedra que se encuentra en [el interior] de los animales. En consecuencia investigaron su composíción hasta conocerla. La tomaron y la trataron para obtener de ella aquello que necesitaban. De modo parecido a éste se puede actuar con las minerales y las plantas después de haber reunido las drogas [correspondientes] y haberlas mezclado. Luego se procede a su descomposición. Entre las plantas las hay que admiten ser descompuestas en alguno de estos elementos como ocurre con el ushnân. Entre los minerales los hay que tienen cuerpo, alma y espíritu y que si se mezclan y tratan pueden dar origen a materias activas. Nosotros hemos experimentado sobre todo esto. Pero los animales tienen un rango más elevado y más alto, su tratamiento es más sencillo y más fácil, pero para ello es necesario que sepas qué clase de piedra es la que se encuentra en él, que conozcas el procedimiento para encontrarla. Hemos demostrado que los animales son las criaturas más elevadas y, en consecuencia, aquello que los descompone es lo más sutil del mismo modo como las plantas que proceden de la tierra son más sutiles que ésta, ya que están compuestas de una sustancia pura y su cuerpo es sutil. Esto hace que ellas mismas sean ligeras y finas. Pero la piedra animal está en la misma relación con la de la planta que la de ésta con la tierra. En resumen: no hay nada en los animales que pueda descomponerse en los cuatro elementos como no sea su piedra. Entiende todo esto, pues sólo puede quedar oculto a los ojos del ignorante, el estúpido y quien carece de entendimiento. Ya que te he explicado la materia de que se compone la piedra y te he informado de sus géneros voy a explicarte las distintas maneras de proceder… »

Algo después, alrededor del siglo XIII, tropezamos con una nutrida serie de escritos alquímicos puestos a nombre de Geber, al cual se le añade el calificativo de latino para no confundirle con Yábir b. Hayyán o el Geber árabe al que ya nos hemos referido. Del estudio de esas obras se desprende que el Geber latino vivió en al-Andalus, conoció bien el árabe y adaptó numerosos escritos alquímicos del árabe al latín o bien los amplificó con una serie de observaciones que faltan en los originales árabes conocidos. Entre los primeros tenemos el Liber misericordiae, en el cual, por ejemplo, aparecen cuadrados mágicos como el de Saturno.

Estos cuadrados,» tal como se presentan en las obras de alquimia, ocultismo, o enciclopedismo de la época, vienen a ser un vínculo real entre una ciencia positiva como las matemáticas y otras más o menos fantásticas. Es lo mismo que ocurre con la astrología que se dignifica gracias a su relación con la astronomía. Y, así, no es extraño que los cuadrados mágicos se vinculen con un planeta: el de 3 X 3, con Saturno;  el de 4 X 4, con Júpiter;  el de 5 X 5, con Marte; el de 6 X 6, con el Sol; el de 7 X 7, con Venus; el de 8 X 8, con Mercurio, y el de 9 X 9, con la Luna. Y, a través de estos astros -recuérdese, por ejemplo, que el Sol equivale al oro; la Luna, a la plata; etc.- se relacionan con los cuerpos alquímicos y, lo que es más, con una serie de supersticiones, que perduran hasta hoy, que transforma a los mismos en talismanes. En consecuencia, las reglas matemáticas sobre su formación pueden encontrarse, indistintamente, en cualquier tipo de esos libros, distinguiendo, eso sí por lo que sabemos, entre la construcción de cuadrados pares e impares. La transmisión a Europa de estos cuadrados árabes parece asegurada desde el momento en que Paracelso los escribía inicialmente de derecha a izquierda. El más sencillo, el de Saturno (plomo):

    4 9 2

    3 5 7

    8 1 6

tiene un valor profiláctico en los casos de parto difícil: el ocultista al­Búni -el cual nos conserva un interesantísimo sistema de construcción de cuadrados mágicos- nos asegura que «si se escribe en tres trozos de porcelana a la que no haya tocado el agua y uno se coloca frente a la cara de la mujer y los otros dos sobre sus muslos, dará a luz rápidamente».

En la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza se nos da toda la serie de cuadrados mágicos antes aludidos: Júpiter (zinc); Marte (hierro); Sol (oro); Venus (cobre); Mercurio (mercurio), y Luna (plata), de los cuales se nos especifican sus virtudes. Así, el de 4X4 (Júpiter), «si se coloca en una casa hace que aumente su bienestar, que desaparezcan los insectos y que no se extravíe nada; si se cuelga del cuello de quien tiene la viruela, se cura».

Entre el segundo tipo de obras del Geber andalusí se encuentra la Summa perfectionis magisterii, que presenta numerosos paralelos con el `Ayn al-san’a wa-`awn al-sana’a del químico bagdadí al-Kati, que debió entrar en el mundo latino a fines del siglo XIII, ya que ni San Alberto el Magno ni Roger Bacon lo citan. En las obras de este Geber se encuentra la descripción de cómo se obtiene el oro por copelación; del ácido nítrico; del agua regia, etc., sin que se pueda afirmar hasta qué punto son hallazgos suyos antes de haber estudiado mejor la gran cantidad de manuscritos árabes, como el Rutbat al-hakim, que conocemos aún hoy de modo muy deficiente.

Este Geber andalusí representa el último estadio de la introducción masiva en Occidente de las doctrinas alquimistas musulmanas. Pero, ¿hemos de lamentarlo? Posiblemente, no. El último gran autor árabe en esta rama del saber, al-Yildaki, fue casi coetáneo de Geber, vivió en El Cairo y Damasco y murió alrededor del 1360. Escribió una larga serie de obras sobre el tema que no fueron conocidas en Occidente, pero en una de ellas, la titulada al-Misbich fi asrár `ilm al-miftáh (la lámpara sobre los secretos de la «obra») da, en el prólogo, una breve historia de la alquimia árabe que vale la pena recoger aquí como colofón de todo lo que llevamos dicho:

«Sabe -dice- que los sabios más recientes en este arte se han puesto de acuerdo sobre los principios antes discutidos. Sin embargo, en la interpretación en detalle de sus palabras los alquimistas se dividen en múltiples escuelas; además, cada uno habla con sus propios tecnicismos y da, de cada operación, explicaciones enigmáticas aportando nuevos nombres y metonimias. Esos sabios son: 1) el gran emir Jálid b. Yazid, el cual desarrolló por primera vez, en su obra poética Firdaws (Paraíso), aquello que, para los que han adquirido conocimiento, no está oculto. Nos ha legado también, en prosa, otras obras y escritos importantes. Yo los he estudiado y sacado gran provecho. 2) Tras él vino -Yábir b. Hayyán. Es e1 Maestro por antonomasia para quien quiera estudiar esta ciencia tan, importante. La dividió en numerosas ramas. La gente que con conocimientos especiales estudie con atención sus numerosas obras, sacará provecho de ellas siempre y cuando Allah les conceda alcanzar su objetivo. 3) Mu’ayyad ad-Din al-Tugrá’i, cuya obra más importante es el Masâbib wa-mafátih (Antorchas y llaves); 4) El Gran maestro y sabio descollante Maslama b. Ahmad, de Madrid. Es autor de obras importantísimas sobre este arte. 5) El grande, muy instruido y auténtico Maestro Muhammad b. Umayl al-Tamimi. Su mejor obra es el Miftáh al-hikma (La llave de la sabiduría). 6) El gran Maestro, autor de la obra Muktasab (El buscador solícito). No conozco su nombre ni tengo detalles sobre su vida. Yo, Yildiki, he comentado este texto en mi libro Niháyat al-talab (El fin de la búsqueda). En él he puesto en claro sus objetivos; quizás así he puesto al descubierto lo que sus predecesores habían dejado en la oscuridad. Del mismo modo, y como él, yo he aclarado también las cosas. 7) Abû-l-Hasan `Ali b. Mûsá b. Arfa` Ras autor de al-Sudúr (Las pepitas de oro). He comentado el principio de esta obra en algunas de las mías. He escrito un comentario de todo el diván en cuatro partes en mi libro Gáyat al­surúr (El límite extremo de la alegría). Quien estudie y profundice en éste de modo correcto conseguirá descifrar las oscuras expresiones sobre la fabricación y la obtención de la piedra. Posteriormente escribí la obra al-Taqrib fi asrár al-tarkib fi-l-kimiyá (Aproximación a los secretos de la composición). En esto procedí como el imán Yábir en sus Barániyat (Las cosas esotéricas) y en el estudio de las piedras y de la balanza. Se divide también en cuatro partes. Después compuse mi gran obra al-Burhán fi asrár `ilm al-mizán: la dividí en cuatro partes y traté en ella de numerosas partes de la Física y de la Metafísica relativas a las introducciones de los principios tal como los da la Escuela. En ella comenté la obra de Apolonio de Tiana sobre los siete ídolos y la de Yábir sobre los siete metales; en la misma he analizado la mayor parte de la obra sobre la Balanza de Yábir y es ahí donde yo prometí escribir esta obra mía cuyo título es La lámpara sobre los secretos de la «obra».

La simple lectura de esta brevísima historia de la alquimia árabe escrita por uno de sus mejores representantes muestra que ésta ya había dado de sí cuanto podía dar en el siglo XIV. Por otro ludo, la lectura de las recetas inteligibles en general faltas de cuantificación, de garbo popular y con descripciones más o menos detalladas del modo de proceder, parecen demostrar que algunos alquimistas fueron verdaderos científicos que supieron obtener metales puros a partir de una muy diversa gama de minerales desconocidos en la Antigüedad.

Fuente: musulmanesandaluces.org

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