La «amana»

PorRedaccion

Abr 28, 2023

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Se llama en árabe AMANA a un secreto que Allah ha depositado en el ser humano. Es algo que Allah ha confiado a nuestras facultades y el Islam exige ser fieles a esa confianza. AMANA es un término difícil de traducir. En primer lugar significa precisamente eso: algo que se confía a otro. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, AMANA significa fidelidad a ese legado. En tercer lugar, AMANA es, en definitiva, sentido de la responsabilidad. El ser humano es: “Aminullah `ala l-ard, la persona de confianza de Allah sobre la tierra”. Según el Qur’an al Karim, Allah ofreció la AMANA a las montañas y a la tierra, pero rehusaron hacerse cargo de esa responsabilidad. Fue propuesta al hombre, y el hombre la aceptó. Sabemos que lo que Allah presentaba a las criaturas era el Califafo. Ninguna quiso esa libertad, sólo el ser humano apostó por ella. Aceptó el desafío, y por ello es lo que es, la imagen del Rahmán sobre la tierra.

         El ser humano es salvaguarda de ese secreto que se le ha confiado, es su guardián. La vida nos confía un sinfín de cosas. Nuestra capacidad para responder a eso que se pone bajo nuestra protección es lo que Allah tiene en cuenta como lealtad y fidelidad a nuestra propia soberanía, a nuestro Califato.

         AMANA es, por tanto y sobre todo, sentido de la responsabilidad; y todos y cada uno de nosotros, por las circunstancias que sean, somos responsables de algo, siempre hay algo confiado a nuestro cuidado. Rasulullah (s.a.s.) hablaba del pastor como imagen que representa al que le ha sido confiada una responsabilidad a la que se debe responder, y decía: “Cada uno de vosotros es un pastor y responsable de su rebaño. El imán es pastor y responsable de un rebaño. El hombre, para con su familia, es pastor, y responsable de su rebaño. Y la mujer, en la casa de su esposo, es pastora y responsable de su rebaño. El criado, para con la riqueza de su señor, es pastor y responsable de su rebaño”. En otra ocasión, Rasulullah (s.a.s.) dijo: “de los bienes de tu padre eres pastor, y responsable de tu rebaño.”

         Responsable es aquél al que se exigen cuentas. Que se te exijan cuentas quiere decir que se te reconoce la facultad para tomar decisiones independientes: imán, hombre, mujer, criado o niño, todos cuentan con una facultad extraña, algo que no puede explicar la ciencia ni la reflexión, y es la calidad humana de su condición, lo que los hace ser soberanos, imágenes perfectas del Rahmán. Renunciar a esa cualidad, negarla, es dejar atrás lo más preciado que hay en nosotros. Según Ánas, Rasulullah (s.a.s.) no hablaba casi nunca sin concluir sus palabra diciendo: “ La imana liman la amanata lahu wa la dina liman la ‘áhda lah”: “carece de Imán quien no tiene sentido de la responsabilidad, y no es musulmán quien no sea fiel a su palabra”.

         En uno de sus du’a, Rasulullah (s.a.s.) dijo: “Allahumma, me refugio en tí contra el hambre, por que es el peor de los compañeros a la hora de dormir, y me refugio en tí contra la traición, porque es el peor de los secretos que se guardan”. Comentando estas palabras, Muhammad al-Gazzali (autor contemporaneo) dice: “Pasar hambre es echar a perder la vida, y ser traidor es echar a perder tu búsqueda de Allah”. La Sira nos enseña que ya antes de la Revelación, a Sidna Muhammad (s.a.s.) se le conocía en Meca con el nombre de al-Amín, aquél que es fiel a la confianza que se deposita en él.

         Allah ha sido fiel a sí mismo y ha creado el universo; los profetas han sido fieles a sí mismos y han transmitido el mensaje que Allah ha depositado en ellos. Y cada ser humano es responsable de sí mismo, y a él se le exigen cuentas. Si no se le pudieran exigir cuentas, ningún sentido tendría el que sea responsable y el que se sepa responsable.

         Uno de los significados de la AMANA es “colocar cada cosa en el sitio que le corresponde”. Nunca hagáis responsable de nada a quien sea incapaz de responder a esa exigencia. En cierta ocasión, Abu Dzarr (r.a.) pidió a Rasulullah (s.a.s.) que lo encargara de recoger el Zakat. Rasulullah (s.a.s.) le respondió: “Tú eres débil, y esa empresa es una AMANA”. La AMANA, ante Allah, es causa de envilecimiento y arrepentimiento, salvo que se sea capaz de cumplir con ella justamente”.

         Para poder hacerse cargo de una AMANA como depósito de la confianza de los musulmanes, es necesario ser capaz y sagaz. El Qu’an relata cómo Sidna Yúsuf (a.s.) se propuso a sí mismo para ser el tesorero del Faraón, diciendo:”Yo soy honrado y sabio”. Esas son las dos cualidades que se deben exigir, y no sólo una de ellas. En cierta ocasión, Rasulullah (s.a.s.) dijo:”Quienes pongan a cargo de una persona una responsabilidad que concierna al bien de los musulmanes, y haya entre ellos quien sea más agradable a Allah que él, -es decir, más apropiado-que sepa que traiciona a Allah, a su mensajero, y a todos los musulmanes.

         Yaçid ibn Abi Sufián fue nombrado wali de Siria, y contó: ”Cuando Abu Bakr me designó como wali, antes de partir para cumplir mi misión, me dijo: ”Sé que tienes familiares, ¡ni pienses en colocarlos en puestos de responsabilidad!, eso es algo que temo desde que oí decir a Rasulullah (s.a.s): ”Quien esté a cargo de los asuntos públicos de los musulmanes y designe emires en función de sus intereses es maldecido por Allah, que no acepta de él nada hasta que acaba entrando en el Nar”.

         Cuando en una nación se pierde el sentido de la AMANA le ha llegado su hora final. Rasulullah (s.a.s.) dijo: ”Cuando se pierda el sentido de la responsabilidad, siéntate a esperar la destrucción”. Le preguntaron: “¿Y cómo se pierde la AMANA?. Rasulullah (s.a.s.) respondió: ”Cuando las cosas públicas sean puestas a cargo de incapaces, siéntate y espera la destrucción”.

         Otro de los sentidos de la AMANA es que cada uno haga sus cosas lo mejor posible, sin quedarse corto ni exagerando. A este equilibrio en las realizaciones se le llama “fidelidad a la AMANA”. Traicionar las propias capacidades, es traicionar lo que Allah ha puesto en tí. Rasulullah (s.a.s.) dijo: ”Cuando los primeros y los últimos sean reunidos ante Allah en el Yáwm al Qiyáma, un estandarte ondeará sobre las cabezas de los que se hayan traicionado a sí mismos, y por esos estandartes serán reconocidos…”.

         Otro de los sentidos de la AMANA está relacionado con el desapego. Quien aprovecha sus capacidades y sus circunstancias para satisfacer exclusivamente su interés, traiciona aquello que Allah quiere de él. Rasulullah (s.a.s.) dijo: ”Quien tome de lo que gane más de lo que merece, está aceptando un soborno”. Y Muhammad (s.a.s.) enseñaba que eso era robar a la comunidad de los musulmanes. Rasulullah (s.a.s.) consideraba  la honestidad equiparable al Yihad fi Sabilillah, y por ello censuraba a los que aceptaban regalos por encima de sus ganancias. En cierta ocasión, un encargado de recoger las sádaqas, dijo a Rasulullah (s.a.s.):”Esto es lo que me han dado como sádaqas y esto otro me lo han regalado a mí”. Rasulullah (s.a.s.) le contestó: ”Si eres sincero, ¿porqué no te quedaste en tu casa esperando que te hicieran regalos?”, y dirigiéndose a los musulmanes, les dijo: ”Que nadie coja nada que no merece, o lo cargará sobre sus espaldas como un camello ante Allah en el Yáwm al-Qiyama”. Después levantó las manos como el que hace du’a y dijo:” Allahumma, ¿lo he dicho con claridad?”.

         El Islam nos enseña que debemos aceptar los obsequios que se nos hagan con sinceridad, pero no los de los que esperan algo a cambio. El Qur’an nos dice con contundencia: “Vosotros, los que os habéis abierto hacia Allah, no traicionéis a Allah ni a su Mensajero, ni traicionéis vuestras responsabilidades”.

         El Islam, nuestros cuerpos, nuestras familias, nuestros estudios, nuestro trabajo, cada segundo que vivimos, es una AMANA. Allah ha puesto bajo nuestra responsabilidad muchas cosas, es decir, nos ha hecho señores, en el sentido árabe de la palabra. Saber responder a esos desafíos es lo que da calidad a nuestra soberanía. Cada una de esas AMANAS es la posibilidad de abrirse, de engrandecerse. Rechazarlas es retrotraerse ante la vida, esconderse, convertirse en un miserable sin nada. Huir de las responsabilidades es empobrecerse. Aceptarlas es emprender una lucha, con todas las dificultades que ello implica, con derrotas a lo largo del camino, pero con un botín al final que puede ser nuestro, y ese botín es la grandeza de nuestros seres, donde cabe Allah.

  Segunda Parte

           al-hámdu lillâh…  

            Rasululláh (s.a.s) dijo: “Ïnnamá l-a’máhu bin-niyyát, las acciones valen lo que las intenciones”. Tu acción será más o menos valiosa, es decir, construirá o no para tí el Yanna junto a Allah, de acuerdo a la intención que se oculte detrás de ella. Una acción es Fi Sabililláh, una acción está en el camino de Alláh, cuando se propone claramente ese objetivo. Y es importante realizar acciones Fi Sabililláh porque son los materiales con los que forjamos nuestro destino para después de la muerte. Cualquier musulmán sabe que esto es trascendental. Con las acciones Fi Sabililláh diseñamos el Yanna que nos espera. Para que ello sea así, deberemos aprender qué es una acción Fi Sabililláh, sólo de ese modo será realmente efectiva y labrará nuestro porvenir junto a Allah. La condición inicial es la Niyya, la intención. Nuestros actos como musulmanes serán Fi Sabililláh si realmente queremos que lo sean. El hadiz con el que comenzábamos el artículo: “Las acciones valen lo que las intenciones”, nos aclara el significado de estas palabras con  una imagen. Nos propone el ejemplo de los que emigraron de Meca a Medina. Lo hacían para abandonar y dejar atrás la idolatría en un viaje simbólico hacia Alláh. Pero entre ellos había uno que realizaba el mismo acto, pero su deseo verdadero era seguir a una mujer a la que amaba y con la que esperaba casarse. En el hadiz no se le censura su acción, sino que se dice simplemente que su acto no obtendrá el mismo favor que el de los demás. Podrá o no conseguir la mujer amada, mientras que los otros, según nos enseña ese hadiz, ya han conseguido a Allah por la simple fuerza de su intención. El que busca a Alláh ya lo ha encontrado.

         La intención es lo más poderoso, y por eso el hadiz nos enseña que lo que vale de una acción es el propósito que la sigue.

         Y junto a la intención o Niyya, y siendo su acompañante necesario, está el Ijlás. El Ijlás es sinceridad y desinterés. Al insistir en el Ijlás, se está diciendo que debe quedar claro que el único objetivo de esa acción es que nos sirva ante Alláh. Es decir, no podemos esperar ni recompensa ni gratitud por lo que hacemos. Y ésta es la condición más dura y más difícil de cumplir. Es difícil hacer algo y no esperar algún tipo de reconocimiento, sin embargo, sólo ese desapego es el que hace del acto algo capaz de construir para nosotros el Yanna. Que al hacer algo, nos de igual que por ello se nos elogie o se nos censure, es prácticamente imposible, pero es una condición ineludible. Por ello sabemos que es necesario que nos eduquemos en esa forma de actuar.

         Sólo es efectivo junto a Alláh aquello que lo tiene a Él como única meta. Él es Uno y no acepta que se le asocie nada. Esto es lo que tenemos que tener siempre en mente y absolutamente claro. Si una acción nuestra no espera nada de nada ni de nadie, sino sólo de Alláh, esa acción será forjadora y fecunda.

         Cualquier acto nuestro, ya sea un Salat, un Saum (ayuno), un gesto de generosidad, o bien construir una mezquita o limpiarla, o cualquier acción trascendente de la que no esperemos otro fruto que el Yanna, sin duda es lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos si confiamos en Alláh.

         Todo esto no significa otra cosa que la de habernos vuelta capaces para trascender la inmediatez. Significa dejar atrás las prisas. Significa ni más ni menos que hemos dejado de ser débiles. La debilidad necesita satisfacciones rápidas, mientras que la fortaleza de espíritu sabe esperar.

         Si lo que te mueve a actuar en este mundo es la necesidad de que se te reconozcan tus méritos, puede ser que lo logres o no. Si esperas que tus méritos sean reconocidos por Allah, solo en Él debes poner entonces tu atención, y saber que  Él es el Único y debe ser el Único para tí. Esto es lo que significa Ijlás, y quien carece de Ijlás carece de futuro ante Alláh. Quien no tiene Ijlás no está sembrando nada, y no tendrá nada que recoger cuando Alláh lo convoque con la muerte ante sí.

          El Ijlás no es sino signo de una extraordinaria generosidad. Es la generosidad del que no tiene anteojeras. Y el Ijlás es abundancia y exhuberancia. El Ijlás es señal de que el que lo tiene, no tiene límites. Por ello, Rasululláh (s.a.s.) dijo: ”Quien construya un edificio sin que para ello no cometa una injusticia contra nadie, o bien siembre un huerto sin que para ello no cometa ninguna injusticia, será recompensado por ello”, es decir, su  acto es según el Ijlás, con el que construye el Yanna, para el que actúa así, si permite que su acción sea de utilidad para las criaturas. En otra ocasión dijo: “Cualquier musulmán que siembre un huerto y plante en él lo que sea, y sea de provecho para otros, su acto es considerado una señal de generosidad”. Es decir, todo aquello con lo que procures un beneficio a los que te rodean puede ser convertido por tu Niyya, por tu intención, en un acto Fi Sabililláh, en un acto de Ijlás. Hasta incluso en lo que redunde en tu propio beneficio, y ello si en tí hay desapego. Ese beneficio que redunde en tu favor será para tí entonces generosidad de Allah, y no fruto de tu acción, porque el único fruto que verdaderamente esperas es el Yanna. Si como si el beneficio inmediato de tu acción fuera en realidad indirecto, un regalo de Alláh, ya que es como si no lo esperaras. Conseguir que en esto no haya fingimiento es difícil, pero signo de que existe ese fingimiento es que te molestará que tu acción no tiene ese fruto inmediato, no se te reconociera o se te censurara. Si se te reconoce esa acción, y te da igual, o si no se te reconoce, y te da igual, es señal de que estás en el buen camino que conduce al Yanna.

         Si todo lo haces con la intención de agradar a Alláh, es decir, crear junto a Él un espacio que te satisfaga, lo encontrarán sin duda. Y entonces resulta que tu vida es aparentemente normal: no te diferenciarán en tus actos del resto de la gente, pero interiormente eres un océano de nobleza. Y es porque has eliminado las barreras que frustran normalmente a los hombres. Quiere decir que tu vida es según el Ijlás.

         El Islam tiene significados profundos y formas fáciles para realizar esos sentidos abismales. El Islam no nos exige nada fuera de lo común, sino ser fundamentalmente sinceros y honestos. Nos enseña, eso sí, las connotaciones transcendentales de todo lo que podemos hacer posibilitando con ello el que podamos profundizar y sacar jugo a lo más fácil. El Islam simplemente nos enseña y nos exige hacer el bien, pero nos ordena a la vez abrirnos totalmente a aquello que hacemos para recibir nosotros mismos sus bendiciones más abundantes. Alláh ha puesto en las cosas más sencillas caminos para subir a cumbres inalcanzables.

         El Islam es sentido común, un sentido común capaz de abarcar los cielos y la tierra. Ese es el obsequio que nos ofrece el Islam. El Islam nos ofrece la posibilidad de ser inmensos sin tener que romper con nuestra condición humana. El Islam nos enseña que en lo que somos o podemos ser, en lo que hacemos o podemos hacer, hay una inmensidad al alcance de nuestras manos, Y nos enseña que es muy fácil extender la mano y apoderarse de esa grandeza que es la que hace de los seres humanos criaturas singulares y únicas.

         Lo que el Islam nos prohíbe es ser limitados y miserables, lo que nos desaconseja es la vileza y conformarnos con miserias. El Islam es para ambiciosos, que  para alcanzar la plenitud no tienen que dejar de ser seres humanos sino ahondar en esa condición y hacerla verdaderamente fructífera.

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