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El universo entero es un signo, y cada una de sus partes es un  infinito cúmulo de signos. Y el ser humano es el receptor privilegiado de esos mensajes. Esto que hemos dicho es uno de los fundamentos del Islam. Allah no deja de sugerirse a Sí Mismo, y el hombre presiente eso en lo más hondo de sí, en su Fitra, en su naturaleza más íntima. La Fitra es la inocencia del ser humano, su bondad, su confianza y su receptividad más primaria. Es ahí, en esos recovecos de su ser, donde el hombre siente a Allah. Con el paso del tiempo, la mayoría de los hombres van perdiendo esa esponjosidad, pero la sustituyen por otra intuición aún más poderosa, la del Îmân, la sensibilidad espiritual. La Fitra es inconsciente, pero el Îmân, por el contrario, es consciente y se convierte en sabiduría transformadora.

Allah se revela a la Fitra en la sencillez, espontaneidad y fuerza de las cosas que nos rodean. La primordialidad y la contundencia de lo que existe son el signo de Allah. El hombre presiente la Verdad en lo más profundo de la existencia, sin necesidad de explicaciones. Por su parte, para el Îmân están los Mensajeros de Allah, los Profetas, las Revelaciones, que hablan al desconfiado y le permiten recuperar la frescura de la Fitra. Se llama mûmin al que responde a la llamada del Profeta porque las palabras de ese mensajero resuenan en lo más hondo de su ser, las reconoce en lo que había olvidado, y se produce en el corazón un reencuentro poderoso que ilumina al mûmin, al que estaba predispuesto para Allah y sólo necesitaba un estímulo.

¿Qué es lo que el ser humano descubre con su Fitra, su naturaleza primordial, y con el Îmân, con su sensibilidad espiritual? Tanto en la primera como en el último, el ser humano descubre a Allah, a su Señor. Es Allah, la Verdad Absoluta, la Grandeza Infinita, quien se muestra en cada instante. Es el Uno-Único, el Creador Constante de los cielos y de la tierra,… es Él el que se revela en cada instante, puesto que cada instante no es otra cosa que manifestación de su Poder, de su Ciencia y de su Voluntad. Allah es el trasfondo eterno de nuestra realidad, el Hacedor de cada criatura, el Desencadenante de cada acontecimiento, el Rector de la existencia entera, el Destino. Eso es lo que el dotado de esa esponjosidad percibe y saborea. Mûmin es el sensible ante el desbordamiento de Aquello que lo hace ser, y ahí se universaliza él mismo, se agiganta en ese vórtice de Rahma, de Misericordia que configura todo lo que existe.

El mûmin presiente con la Fitra y aprende con el Îmân. La Fitra lo sumerge en Allah y el Îmân le revela Su Voluntad, con lo que la inmersión en su Señor se convierte en un acto consciente, propio de un ser soberano. Y ambos -la Fitra y el Îmân- dan cuerpo al Islam. El Islam es la rendición incondicionada a Allah, tanto con el corazón como con el cuerpo, en nuestra esencia y en nuestra apariencia. Eso es el Islam: coincidencia de la intuición y de la acción, caminar en la vida sobre el Sendero Recto, sobre el Dîn. El Islam tiene, por tanto, las profundas raíces de la Fitra y la solidez del Îmân, que genera ‘Ámal, Acción.

         El Islam no es una religión. No es una institución. No es un cuerpo doctrinal. No es un montaje. No es una elucubración. El Islam es vida. Esto es muy importante, y cuando lo comprendamos empezaremos a ser realmente musulmanes. Dejaremos de aparentar ser musulmanes para serlo en lo más hondo de nuestra verdad. El Islam es un acto de profunda radicalidad. Es abandonar la negligencia y la desidia para encarar el gran misterio de nuestro ser y de nuestra existencia, es destruir ídolos y despejar horizontes. El Islam no es la bobaliconería de ningún beato ni es tampoco el entretenimiento de ningún pretendiente a filósofo. El Islam es Yihâd, es esfuerzo y lucha, transformación constante sobre el nervio de la vida. Y es aprendizaje y sabiduría, amabilidad hacia todas las cosas, y es refinamiento y corrección, generosidad, hospitalidad, sinceridad, apertura,… El Islam es rendición a Allah, es decir, es fluir con lo mejor. Eso es el Islam.

Y eso no es una religión, no es un montaje espiritual ni el negocio de una Iglesia. El Islam es mucho más sano, es mucho más ‘primitivo’. El Islam es el ser humano ante su Señor. Pero no podemos completar la Fitra con la frivolidad ni con poses, sino con el Îmân, que es rectitud y rigor, camino claro y Ley. Gracias al Îmân, lo intuido en las profundidades de nuestro ser no se amanera. El Îmân nos hace musulmanes, y no nos deja caer en la New Age ni en sandeces por el estilo. Sírvanos esto último de comparación que, aunque parezca una broma, tiene su gravedad. En nuestro mundo actual todo se está volviendo ridículo y absurdo. A eso nos referimos, y por ello es necesario que recuperemos la severidad del Dîn y el Îmân, es decir, del Islam en su sustancia, no para amargarnos la vida sino para no ser bufones. Combatiremos así toda tendencia a una interpretación aberrante que coloque al Islam en las estanterías de los mercados de espiritualidad, en las que sólo es aceptado lo aséptico, lo artificial. Al-hámdu lillâh, el Islam no corre, ni mucho menos, ese peligro ni va por esos derroteros ni de lejos, pero siempre es bueno estar alerta y avisado. Es bueno que la estética de esos evangelismos sosos nos resulte repulsiva.

Segunda Parte

         al-hámdu lillâh…  

Sea nuestro Islam un plato fuerte. Para ello necesitamos empaparnos de Islam tradicional. Es cierto que el mundo musulmán sufre desgarros tremendos que desvirtúan muchas cosas esenciales. Pero aún es posible encontrar fuentes puras de un Islam noble y antiguo en el que inspirarnos, y todo lo hecho con sabiduría y prudencia da buenos frutos. Y debe ser hecho así porque reina demasiada confusión. Sólo una saludable vuelta a los orígenes despejará ante nosotros una senda en la que podamos confiar.

Afortunadamente podemos ser optimistas: el Islam es poderoso y está muy por encima de todas las circunstancias. Dediquemos parte de nuestro tiempo y de nuestro esfuerzo al estudio severo del Corán, del Hadiz, del Fiqh, y profundicemos en ellos hasta la maestría, pues es posible y muy aconsejable. Añadamos a ello la práctica firme de la ‘Îbâda y atengámonos a las enseñanzas de la Sharî‘a. Seamos, con ello, dueños de nuestro Islam, de un Islam serio y riguroso, que no se vende a modas ni a nadie, para que nos sirva de camino hacia Allah, Señor de los Mundos.

Fuente: musulmanesandaluces.org

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