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–          INTRODUCCIÓN: La espiritualidad es siempre protesta

–          JUDAÍSMO:

El judaísmo en tiempos de Sidna Isa (as)

La resistencia al poder romano, la revuelta de Simón bar kochba

El concilio de Yamnia y la gran diáspora

–          CRISTIANISMO:

Del profetismo al misterio.

Del misterio al cesaropapismo

La reacción del espíritu; Herejías y monacato

–          ISLAM:

La república mercantil de Meca

La pureza del mensaje

La comunidad de Medina, la assabiya urbana.

De la pequeña medina a la gran Bagdad

INTRODUCCIÓN

“Nunca es el ser humano es tan grande como cuando está de rodillas ante su Señor” decía el teólogo alemán Dietrich Bonhoffer. Ni tan peligroso para el poder,  podríamos añadir. Él mismo autor de la cita tuvo ocasión de comprobarlo cuando fue procesado y ejecutado bajo el régimen nazi.

Verdaderamente no hay enemigo más desconcertante para los opresores que la vida espiritual (¿contra qué luchamos? Clama un Abu Sufyán angustiado por la fuerza arrolladora del Islam en la película Ar Risala); intentan atraérsela mientras está en gestación a fin de domesticarla y convertirla, como veremos en una herramienta eficaz para la sumisión de las masas. Pero si resulta independiente y alza su voz denunciando sus desmanes no dudan en desatar las más sangrientas persecuciones; El  noble Corán nos expone reiteradamente esta dialéctica entre poder y espíritu que, alejándonos del marxismo y su estrecha visión economicista podemos señalar como auténtico motor de la historia.

En el período que nos ocupa (mal llamado edad media). Las tres grandes “religiones” (otro término a desechar en lo que al Islam se refiere) se vieron sometidas al dilema de pactar con el poder para sobrevivir y prosperar aún a costa de traicionar el espíritu por el que fueron fundadas o permanecer fieles a él escogiendo así la vía de la persecución y el martirio. No hay que discurrir mucho para llegar a la conclusión de que fueron los clérigos y sabios los que ávidos de prebendas imperiales prevalecieron sobre los hombres y mujeres de espíritu, al menos es lo que los más pesimistas alegarán. Yo en cambio soy de la opinión de que es la fidelidad a la palabra revelada la que, al final, gana la partida a pesar de la espectacularidad de los fraudes imperialistas. Es lo que me propongo defender insha’ Allah.

EL JUDAÍSMO

Durante siglos la comunidad-nación Israelita fue única en su entorno erigiéndose en el único grupo humano libre de idolatría. Su misma génesis como pueblo es una epopeya liberadora que comienza en la época patriarcal, cuando las tribus nómadas adoran al Dios que camina con ellos por el desierto, al Dios irrepresentable, incognoscible e innombrable en su máxima alteridad incomprensible para los pueblos vecinos. Esta epopeya liberadora culmina en Sidna Musa (a.s.) enfrentado por Allah al máximo poder terrenal de la época como era el Egipto faraónico y protagonizando la primera revolución conocida de la historia, declinando con la adopción de la monarquía por influencia de otros pueblos, aunque esta institución jamás dejó de ser hostigada, como ya sabemos, por las voces de los profetas. La tragedia del exilio en Babilonia (570 aC) dio forma a lo que hoy conocemos como religión judaica, si bien ya en época de los reyes se instituyó una fuerte clerecía complaciente con el rey y, como denuncian los profetas bíblicos, ejecutora de un culto hipócrita.

Desde el exilio, la historia de Israel es un constante empeño de restauración del templo y por tanto de la clerecía. Esta no dudará en aliarse con los poderosos imperios que se suceden en el dominio de la Palestina histórica. Así, el segundo templo es edificado, de manera modesta bajo los auspicios del poder imperial persa (al parecer no les tembló el pulso a muchos escribas judíos al calificar a Ciro el grande de Mesías). Siglos después, Herodes el grande que ha pasado a la historia como la quintaesencia del déspota oriental vendido a sus superiores en occidente. Se propuso, y consiguió devolverle y aún aumentar su primigenio esplendor. A partir de entonces, la nación israelita se divide entre los que observan la religión y temen a Yahvé y los que le adoran con los labios pero se venden al poder romano. Tal es la situación al advenimiento de Sidna Isa (a.s.) y estos son someramente, los grupos que pugnaban en la despiadada arena político-social del judaísmo:

–          Fariseos: El grupo de la burguesía. Eran estrictos cumplidores de la ley y a ella dedicaban todos sus esfuerzos. Su acomodada posición les posibilitaba tomar distancia del ocupante romano al que, desde luego, no cuestionaban.

–          Saduceos: La otra facción burguesa se distinguía de la primera por negar la resurrección no teniendo más influencia que la discusión doctrinal.

–          Publicanos :Colaboraban plenamente con Roma recaudando sus impuestos, por lo que eran odiados por el pueblo

–          Zelotes: Judíos fervorosos que odiaban a los anteriores grupos por haberse acomodado a las fuerzas  ocupantes y luchaban contra estas utilizando los ataques sorpresa en el bullicio de las ciudades o llevando a cabo la guerra de guerrillas. Según los indicios referidos en los evangelios sinópticos, Sidna Isa (a.s.) tuvo a algunos entre sus discípulos. Protagonizaron innumerables revueltas, la más gloriosa de las cuales, la de Simón bar Kochba (año 135 d C) estuvo a punto de triunfar poniendo en jaque al omnipotente ejército romano.

–          Sumo sacerdote: La máxima autoridad religiosa de Israel que recibía el visto bueno del emperador para alzarse en su autoridad.

–          Esenios: De guerrilleros espirituales podemos calificarlos. Desencantados con la jerarquía jerosolimitana tan avezada en traiciones como hemos podido observar, aguardaban el advenimiento del Mesías en su retiro del desierto. De alguna manera son los precursores del monaquismo cristiano dado que vivían dedicados al estudio, meditación y conservación de las escrituras y muchos de ellos permanecían célibes. A su labor de conservación escriturística debemos los manuscritos de Qumram, cuyo hallazgo ha revolucionado los estudios bíblicos.

El proceso a Sidna Isa (a.s.) así como su supuesta crucifixión estuvieron motivados por su reivindicación del profetismo clásico. La clerecía jerosolimitana no podía consentir que el pueblo se identificara con él y menos aún con un mensaje antiguo a la vez que actual y liberador y que, bien lo sabían ellos, era el verdadero. En los evangelios canónicos el sumo sacerdote Caifás declara “más vale que muera un hombre que toda la nación”. De esta manera, la suprema autoridad judía justifica su connivencia con  Roma. Colaboracionismo que será proclamado a las claras cuando ante Pilatos el sanedrín en pleno declare: “No tenemos más rey que el emperador de Roma”.

Lo cierto es que Roma, cansada del rincón más levantisco de sus dominios. Recurrió a métodos más expeditivos que el complicado entramado diplomático del que venía haciendo gala aplastando sin piedad la rebelión que desencadenó la primera guerra judía (66-75 d C), poniendo sitio a Jerusalén y destruyendo el templo en el año 75 d C. Años antes, el concilio de Yamnia (70dC) hizo prevalecer la línea legalista de los fariseos, ratificando la condena de Jesús (‘Isa a.s.) y sentando las bases del judaísmo rabínico. Después de la rebelión de Simón bar kochba que llegó a formar un estado judío independiente durante tres años (32- 135d C) Jerusalén fue destruida y reedificada como una nueva ciudad romana llamada Aelia capitolina.  La diáspora había comenzado con el asesinato y la dispersión de más de un millón de judíos.

Sin clero, sin templo y sin estado, el judaísmo medieval de la diáspora fue tendiendo cada vez más hacia la mística y el ocultismo. Tendencia que cristalizó en la corriente que conocemos por cábala.

En el caso del cristianismo, como veremos, Roma tuvo que pactar con la naciente religión al no poder ahogarla en sangre, si bien, salió beneficiada del pacto.

EL PRIMER MILENIO DEL CRISTIANISMO

Al principio las autoridades romanas no consideraban a los cristianos más que  como una secta judeo-mesiánica más de las muchas que pululaban por las grandes ciudades del imperio. El fenómeno se volvió preocupante cuando “la niña palestina” adoptó los modales griegos de una religión mistérica y fue adoptada por nobles patricios, honestas matronas romanas y plebeyos de toda índole. La nueva religión no sólo trastocaba el orden social concediendo a los esclavos la consideración de hijos de Dios y por tanto hermanos, sino lo más grave: los adeptos de la secta se negaban a rendir culto al emperador lo que equivalía a un delito de alta traición.

Sin embargo, trescientos años de persecuciones intermitentes no sólo no acabaron con la secta sino que la engrandecieron hasta límites insospechados “la sangre de los mártires es semilla de cristianos” declaró según leyenda un lúcido emperador. Tras la sangrienta persecución de Diocleciano la decadencia del imperio era imparable. La religión oficial romana no era ya factor de cohesión y el cristianismo había salido airoso y fortalecido de su ya larga historia de clandestinidad y penumbra. Constantino el grande (324-337dC) supo ver en la iglesia el aglutinante moral que necesitaba para recomponer la maltrecha cohesión imperial. Sabedor de que no podría atraerse con la represión a una institución ya plenamente integrada en la sociedad romana, lo intentó mediante las prebendas y los favores; El obispo de Roma (el papa)  recibió el palacio de Letrán. Las conversiones interesadas para acceder a cargos de importancia en la administración se pusieron a la orden del día. El mismo emperador, aún sin estar bautizado, se decidió a intervenir en cuestiones doctrinales a fin de que la transición del paganismo a la nueva realidad no fuera traumática para un pueblo que accedía  a la iglesia movido más por el interés y el imperativo de los tiempos que por convicción. El dogma de la santísima trinidad declarado en el concilio de Nicea (325 d C) venía a sustituir de alguna forma a la tradicional triada capitolina; El Jesús “hijo de Dios” era mucho más comprensible para la mentalidad grecolatina que el Jesús profeta, más acorde con el sentir semita. En todo el proceso la jerarquía pagó gustosa el precio para adquirir una omnímoda influencia hasta entonces impensable. De la iglesia doméstica se pasó a la basílica y el derecho romano se encargó de llenar los vacíos legales de una religión ya más centrada en la trascendencia que en los problemas cotidianos (como sostiene Sayyid al Qutb en su obra “la justicia social en el Islam). Sin embargo los clamores de protesta se elevaron por todas las diócesis del imperio.

Hasta Nicea las iglesias locales habían gozado de independencia administrativa y doctrinal. Eran muchos los evangelios que circulaban entre los cristianos y la tensión entre gentiles y judaizantes estuvo vigente desde los primeros tiempos. Los padres conciliares, instigados por el emperador, destruyeron las copias de los otros evangelios dejando como oficiales los tres sinópticos y Juan. Otras visiones de la fe fueron consideradas heréticas y por tanto duramente reprimidas; entre ellas el arrianismo que afirmaba la unicidad de Dios y veía a Jesús como el más destacado de los profetas.

Los líderes de las iglesias unitarianas llamados “heresiarcas” por el clero constantinopolitano, se distinguieron por su combatividad y fidelidad a sus principios destacando entre ellos el propio Arrio. Las iglesias del norte de África y gran parte de Hispania eran unitarianas y ello explica en gran parte la rápida expansión del Islam por estas tierras, pues se trataba del puro mensaje profético frente a las increíbles argucias y dogmas incomprensibles de los jerarcas eclesiales engordados en la mesa del emperador.

La otra forma de protesta fue el monacato. La iglesia comenzaba a estar más preocupada por el poder y el lujo “antes había cálices de palo y pastores de oro, ahora hay cálices de oro y pastores de palo” declara desencantado Juan Crisóstomo. El neoplatonismo fuertemente arraigado entre los cristianos despreciaba la materia a favor del espíritu; la virginidad se puso de moda entre los jóvenes cristianos que reclamaban autenticidad frente a la pompa de la iglesia. Por otra parte la vida en las ciudades estaba comenzando a ser intolerable; la inseguridad, la carestía provocada por una red viaria destrozada por las invasiones bárbaras y el bandidaje, entre otros muchos factores instaron a muchos a abrazar la vida monástica, cuya raíz evangélica es bastante discutible. Así que la hedonista Roma, envejecida y decadente, ahogada en su propio poderío vio como los patricios ricos donaban a la iglesia sus fincas de recreo transformándolas en monasterios que se poblaban de jóvenes que ayunaban y oraban casi constantemente, leían las sagradas escrituras y renunciaban al lujo y los placeres, aún los que son parte fundamental del ser humano  como el amor y la sexualidad. Con el tiempo, los monasterios se convertirán en la única estructura capaz de perdurar; Desaparecen las legiones, los juegos del circo, las termas, las escuelas y sin embargo el monacato es capaz de evangelizar a los estados germánicos que van constituyéndose en los jirones del imperio occidental. Entre los siglos VI y X los monjes irlandeses consiguen convertir a los temibles y muy paganos normandos (vikingos) “domesticando” de alguna forma al mayor azote de Europa en aquellos tiempos. En oriente, los monjes griegos entre los que destacan Cirilo y Metodio propagan la fe entre búlgaros, rusos, magyares y polacos. La clave de estas conversiones masivas son simples; de la reina al rey y de este a todo el pueblo, sin desechar claro grandes dosis de heroísmo y disposición al martirio. A veces, los monjes misioneros recurren a las mitologías paganas para explicar los misterios cristianos (el árbol de navidad entre otras muchas tradiciones son el resultado de estas prácticas).

Podemos dudar, desde luego, de la sinceridad de estas conversiones, pero si es cierto es que los caudillos bárbaros precariamente cristianizados constituyen junto a sus vasallos el germen del nuevo orden feudal, impuesto por la violencia y el terror. Las ciudades se despueblan, la sociedad se ruraliza, el cortejo de calamidades es tal que el campesinado europeo mira con espanto al año 1.000 de la era cristiana como seguro año del fin del mundo. Solo Carlomagno intentará resucitar al imperio romano, con la intención de convertir la corte de Aquisgrán en una suerte de Atenas cristiana, desde aquel entonces, monarcas y jefes de estado europeos han intentado emularle en el empeño de revivir las viejas glorias de Roma. En occidente la cultura se refugia en los monasterios, en oriente, la iglesia refulge esplendorosa mano a mano con los emperadores de Bizancio, que asistirán perplejos al resurgimiento de la palabra profética, ya por largo tiempo olvidada.

 En suma, en estos siglos la espiritualidad cristiana adquiere los sombríos tintes del milenarismo ante el vacío de poder que deja el imperio romano de occidente. En el imperio bizantino, sin embargo, devenido en auténtica teocracia (los emperadores lo son por derecho divino) la liturgia esplendorosa de inciensos e iconostasios rinde culto al espíritu santo y para ello, se construye el edificio más prodigioso hasta aquel entonces, la basílica de Santa Sofía en Constantinopla, a instancias del emperador Justiniano (527-565).

EL SURGIMIENTO DEL ISLAM

Son varios los mitos historiográficos a derribar cuando tratamos el origen del Islam (o más bien su retorno tratándolo desde una perspectiva creyente). Uno de los más enraizados es el de la Arabia marginada de la historia y a salvo de la codicia de los grandes imperios; Como ya hemos afirmado en repetidas ocasiones, las grandes rutas comerciales surcaban la península arábiga de norte a sur en busca del incienso y los perfumes del Yemen; Las vías comerciales, son canales abiertos a la transmisión de ideas y nuevas formas de vida. Arabia estuvo desde muy antiguo conectada al mundo bíblico y conservaba intactas tradiciones patriarcales que las religiones monoteístas ya de larga historia habían olvidado. La mismas formas de vida y relaciones sociales del tiempo de nuestro amado profeta (s.a.s.) y como no, la religión politeísta que profesaban sus conciudadanos eran más similares a la era patriarcal que al periodo complejo que se abría más allá de los desiertos de Arabia. Cuando las iglesias cristianas habían puesto su fe y sus dogmas al servicio del poder y sus disidentes menudeaban por las más anárquicas y tolerantes ciudades árabes y el judaísmo especulaba con la llegada de nuevos Mesías, el mensaje coránico se pronuncia en diálogo con ambas religiones. La condición de iletrado de Sidna Muhammad (s.a.s.) lo alejan felizmente de las tergiversaciones teológicas y le convierten en tabula rasa para que Allah confirme su mensaje imperecedero y pronunciado en el origen de la vida, pero ¡Ay! Malinterpretado y oscurecido por clérigos y monarcas. 

El Islam, no se presenta como algo nuevo, sino como lo primigenio, como las más hondas raíces de la relación del ser humano consigo mismo, con el cosmos, con Allah  y por ello despoja al hombre de todas sus ataduras e idolatrías. De ahí Sidna Muhammad no pueda pactar con el poder idólatra; Le ofrecen riquezas sin cuento, le ofrecen el trono vacío de una Meca más bien republicana y mercantil y sin embargo,  él responde que aunque le ofrezcan el sol y la luna jamás aceptaría callarse el mensaje que le quema dentro. Los primeros mártires del Islam son conducidos al suplicio (al igual que los primeros cristianos) como castigo a su desprecio por el estado mequí, simbolizado en los horribles ídolos de Kaaba. En mitad de las más crueles torturas, proclaman el Tawhid frente a la disparidad de los ídolos. Tal es su convicción que ni al profeta (s.a.s.) ni a los sahaba, les importa perder su prestigio y su riqueza cuando arrecia la persecución.

Una vez que los primeros musulmanes han tomado conciencia de su verdadera identidad son conducidos a la hégira. Es preferible salir de las estructuras opresoras afrontando el exilio antes que pactar con la mentira o perecer bajo sus garras. En la ciudad de Yazrib (Medina, la ciudad del Profeta desde entonces) el Islam teje, ya libremente sus redes sociales de solidaridad y justicia, porque la espiritualidad islámica (es decir, LA ESPIRITUALIDAD) no tiene sentido sino es vivida y compartida, tanto en los más elevados sentimientos como en lo aspectos más nimios de la vida cotidiana) así, la Sunna de Rasul Allah (s.a.s.) sorprende a los creyentes de otras confesiones por su pragmatismo. Esto es, lo que actualmente no entienden las sociedades laicistas emanadas de la tradición cristiana; sociedades en las que es difícil vivir un credo plagado de dogmas y misterios en el ámbito público, más allá del folklore o del “interés cultural”.

Con todo, También el Islam de los primeros siglos tuvo que afrontar la inevitable “rutinización del carisma”. Omeyas y Abbasidas copiaron  las maneras y el boato de la monarquía bizantina abandonando el igualitarismo coránico.  Algunos juristas y sabios, optaron, como pueda ocurrir hoy en día, en los predicadores del sultán, pero el Islam nunca ha abandonado esa tensión hacia la pureza primigenia; El sufismo se desarrolló precisamente como contestación espiritual a las nuevas maneras de gobierno importadas desde Bizancio y Persia y el poder lo persiguió cuando no le acusó de reducir el Islam a meras prácticas místicas. 

Como conclusión derribemos otro mito; el de el Corán como mensaje apocalíptico. Lo que Allah anuncia en él no es el terror del último día, sino el relativismo de todas las instituciones humanas y seudo divinas e incluso de la propia naturaleza. En consecuencia, ni siquiera  el estado islámico puede ser sacralizado, pues la soberanía absoluta pertenece a Allah. Todo es perecedero menos él.

PERO ES ALLAH EL QUE SABE.

Ahmad Jalil Moreno   

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