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Una pintura de la Virgen María en la Mezquita de Córdoba / Juan Manuel Vacas

Por Juan José Tamayo

La inmatriculación eclesiástica del templo es uno de los mayores pelotazos urbanísticos de la historia española

Treinta euros fue el precio que pagó la Iglesia católica cordobesa por registrar a su nombre la mezquita de Córdoba en 2006. Es, sin duda, uno de los mayores pelotazos urbanísticos, si no el mayor, de nuestra historia, una de las operaciones urbanísticas más fraudulentas, aunque legalmente legitimadas, y uno de los más escandalosos negocios eclesiásticos, contrario a la afirmación de Jesús de Nazaret en el Evangelio: “Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mateo 6,24).

El pecado de idolatría de los israelitas era la adoración al becerro de oro; el de un sector de la jerarquía católica, al menos la española, es hoy la adoración al oro del becerro. Con la inmatriculación de 34.961 bienes de 1998 a 2015, los obispos españoles están perfectamente retratados en la afirmación del papa Francisco en la Exhortación Apostólica La alegría del Evangelio, de 2013: “La adoración del antiguo becerro de oro (Éxodo 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (n. 55).

Tras estas palabras, la jerarquía eclesiástica debiera devolver al pueblo y al erario público los bienes que no les pertenecen para poner en práctica los dos noes de Francisco: “No a una nueva idolatría del dinero”; “no a un dinero que gobierna en lugar de servir”.

Varias son, a mi juicio, las irregularidades que implica la inmatriculación eclesiástica de la mezquita de Córdoba. La primera consiste en que una institución privada como la Iglesia católica se apropiara de un monumento del que nunca fue propietaria. Lo confirmaron el secretario del Ayuntamiento de Córdoba en un informe sobre la titularidad pública de la mezquita y la nulidad de la inmatriculación y el comité de expertos, y lo ha ratificado el historiador medievalista Jesús Padilla, quien, en su estudio La titularidad de la Mezquita-Catedral de Córdoba. Análisis documental y estudio histórico (Siglos XIII-XVIII), afirma que Fernando III nunca otorgó a la Iglesia católica un título de propiedad sobre la mezquita y que la Iglesia no tiene señorío sobre la mezquita-catedral.

La segunda irregularidad radica en que el entonces obispo de Córdoba, Juan José Asenjo, se apropió de un espacio de carácter interreligioso —musulmán y cristiano— y rechazó la razonable petición de Mansur Escudero, presidente de Junta Islámica de España, del uso conjunto de la mezquita para cristianos y musulmanes. En un gesto de profundo contenido simbólico, Mansur terminó rezando en los extramuros de la mezquita. Hoy se sigue manteniendo la pertinaz prohibición.

Otra irregularidad tiene que ver con la mercantilización de lo sagrado. La mezquita es objeto de una operación mercantil en beneficio del Cabildo Catedralicio de Córdoba a través de los cuantiosos ingresos por las visitas turísticas, exentos de tributación y sin ningún control por parte de Hacienda. Aquí puede aplicarse el viejo adagio latino: “Corruptio optimi, pessima”.

Irregular resulta también la apropiación y mercantilización de una obra declarada patrimonio mundial. Se está comercializando con dos bienes inmateriales no venales: la cultura y la religión.

Hay todavía una última irregularidad, quizá la más grave desde el punto de vista teológico. Al negar la vinculación de la mezquita con el islam y Al Ándalus, como ha hecho el obispo de Córdoba, se produce un cambio en el horizonte hermenéutico, que consiste en la interpretación cristiana de la herencia islámica, lo que supone una reescritura manipulada de la historia, un falseamiento religioso y una traición interpretativa. ¿Es eso ignorancia o mala fe?

Fuente: El Pais

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