Por Yaratullâh Monturiol

En la âjira se invierte nuestra concepción del tiempo. El tiempo iláhico es el Primero y el Último. Los enamorados del verde edén, saboreadores de intensas delicias, serán arrancados violentamente de allí. Los hombres -desfasados- intentan vivir en un espacio de noche y muerte, con la nostalgia de un recuerdo tan vago que a veces acaba por disolverse. Se hace entonces de la ilusión de 68este mundo un fin. Pero lo último es un retorno al Principio, para los que se reúnen en el Levantamiento.

El mundo tiene ya la amplitud de la âjira, aunque su embergadura sea un abismo que se teme explorar. Por eso a menudo se tiende a ignorar su existencia y al negarla desaprovechamos la oportunidad de vivirla. De esto, se deduce que tiene razón quien niega la “otra vida”, puesto que sólo es posible para quien sepa percibirla. Hay que trasladarse hasta ella sin perder el mundo de vista, aprovechar los recursos que brinda y no huir de su rigor. Familiarizarse con âjira no significa quedar al margen del mundo, pero sí sentirse extranjero, como el que está de paso, mientras que quien se enamora de dunya no ve más allá, no puede trascenderla. Se vive entre las dos, pero sólo se intima con una y en esta decisión se plasma el objetivo de nuestro destino.

Âjira es la otra visión de la vida, la Gran Vía del tránsito de quien experimenta su aniquilación y resurge de sus cenizas, que está muerto para el mundo mientras vive en la permanencia. “Morid antes de morir”, es el dicho del profeta para los que nunca mueren. No hay una vida última sin retorno a una primera. En lo cotidiano, recordando o recuperando la inocencia. Completar el ciclo es girar como los planetas, circunvalar la Ka’aba, atravesar el tiempo. Es decir que, hay un recorrido desde el mundo visible de la vida común, hacia el origen, durante su consecuencia y hasta el último aliento. Así se revivifica la muerte orgánica, con el soplo de la acción generadora de recreación incesante por causa del desvelamiento de la conciencia. La muerte es un desgarro físico, que despierta en su esencia, a través de la perpejlidad nocturna a un amanecer sin ocaso. Y a su vez, mientras se consume el cuerpo receptáculo de luz en la noche que vive de sueños, la revelación viene en forma de âjira. Cuando el mundo se vuelve trasparente, se atraviesan muros, se transforman los seres y se fluye con lo que sucede a todos los niveles.

1. Shaitán

Su energía es la que rompe el equilibrio, la que desata la ira y atiza el fuego de la discordia. Irrumpe en la satisfacción que proporciona la armonía, para pervertir la justicia y destruir la paz, allí donde intente anidar. Pero nos conmueve la fuerza de seducción de shaitán. A pesar de su artificialidad sucumbimos a su encanto por la familiaridad en su trato con el mundo. Sus misterios nos atraen como un imán y nos acostumbramos pronto a su presencia. Reconocemos algo de nosotros mismos en sus intrigas y su disfraz de belleza nos encanta. Convivir con lo shaitánico desde niños se asume con una cierta normalidad y nos endurece. Intentamos aliviar el daño comprendiendo, sin embargo que es un despropósito. Nos acercamos con la pretensión de domesticar esas fuerzas malignas y someterlas. Pero nunca una respuesta o desafío al shaitán lograría vencerle. Esa trampa continua se alimenta de la curiosidad y la arrogancia humana. Vemos en él un otro, cuando lo cierto es que reside en nuestra incoherencia. El desazón que anima a nuestros propios fantasmas fecunda este mundo paralelo, construido de falsedad. Por desgracia, su significado real no es ajeno a nuestro pensamiento ni a nuestra acción. Aunque tiene vida propia, afecta a la nuestra porque se alimenta formando parte de ella. Este mundo es una lucha incesante, se libra 69una guerra abierta contra los pacificadores. Los médicos se resisten a estudiar las causas psicológicas que nos hacen sucumbir a shaitán y sus efectos físicos. Ningún auténtico sanador o chamán niega la enfermedad de los corazones.

El shaitán es aquello que nos quiebra. Cuando esto ocurre, despreciamos lo que pudiera redimir, pues la intención de caer es un fuerte deseo que se proyecta con ardor. La intención anhela cumplirse y el fuego de la vehemencia se apodera de nuestra personalidad. Vemos a ese yo fuera de sí, pero tan cercano que nos cohíbe. La inconsistencia de quien se queda al margen de todo y hasta de sí mismo, sintiéndose moribundo como si no hubiera cura a su debilidad, invadido de humillación. Ver en la desgracia de nuestro aspecto shaitánico. Con este ardid consigue satán nuestro temor al mundo angelical. Cuando esta realidad se hace evidente huímos de ella. El hechizo consiste en alejarnos del malakut. Así perdemos la protección iláhica en lo cotidiano, por creerla lejos de nuestro alcance. Crear distancia es un modo efectivo de hacernos sentir ajenos. Nos acostumbramos a prescindir dejando el asunto pendiente, mientras el enemigo se nos aparece como un pariente.

Cualquier momento en que la persona se abandona por causa de sufrimiento o felicidad les sirve para conseguir su propósito. El cansancio después de la tensión, los momentos de ebriedad por la sensación de plenitud, también la frustración, el fracaso continuado en la lucha, los obstáculos que impiden avanzar o estancan un proceso, la falta de ibada y sobre todo, los miedos. Hay muchas circunstancias que nos dejan expuestos al capricho de estos seres que juegan con nuestra voluntad cuando la creemos perdida. Esa debilidad humana sólo ocurre cuando dejamos que nos la arrebaten. Al alejarnos de la mejor opción, que el ojo del corazón reclama y de la cual en ese momento, huye la mente ofuscada. Así nos entregamos con paso torpe y precipitado hacia nuestra degradación. Perversamente conscientes de nuestra corrompido gesto, gustamos de sentirnos víctimas de un forcejeo, pero sabemos aún en el olvido premeditado que no ha habido resistencia por nuestra parte. La derrota estaba pactada de antemano. Nos llama shaitán y escuchamos. Aunque nos asusten sus artificios y conozcamos el resultado de sucumbir a su influencia, logra usurpar nuestra identidad y hacerse con nuestro obrar adueñándose de la sinceridad de nuestros propósitos. Cuando las espectativas son elevadas, o la responsabilidad y hasta nuestras potencialidades se acercan al éxito, nos parece que no vamos a tener capacidad para soportar la carga de nuestro poder califal. Entonces preferimos convertirnos en esclavos y forjamos las cadenas que nos retienen en el infierno de la impotencia. El shaitán nos sorprende incansable hasta en el último escondite, cuando creemos reconocerle en todos sus disfraces. Y una vez superadas casi todas sus trampas vuelve. Esta vez corremos a sus brazos, como el niño asustado cuando encuentra a su madre.

2. Los ÿinn

Los hay que buscan refugio con Al-lâh, como los humanos y se tranquilizan. Estos no son peligrosos, pero hay que estar prevenido con los que satisfacen intereses satánicos. Esos que, también como las gentes, se agitan con ansiedad y crean desorden. Esos genios envidiosos que se alimentan de mentiras insaciables en su codicia, aquellos que aún velan la Realidad, a pesar 70de haberla percibido nos entretienen, despistan y confunden. Parece que se diviertan en la disputa, pero la buscan para crecer. Quieren poder y para ello, roban espacios, imponen su ley y alteran nuestro estado. Los genios sometidos a shaytán son fuerzas que ejercen estímulos en el instinto, en la mente y en la psique, sobre todo cuando no los afrontamos. Los lobos hambrientos que nos acosan cuando buscamos refugio huyendo de la soledad aterradora. Algunos de ellos actúan como seres humanos, pero tienen otra naturaleza. Pueden manifestarse también en forma de cualquier animal. Llegan a inspirar lástima para que nuestro instinto de protección no nos ponga en guardia e incluso como si necesitaran nuestra ayuda. Es casi imposible averiguar qué saben de su propio comportamiento y muy a menudo parecen inconscientes de sí mismos, aunque tienen diferentes niveles, de habilidad y de aptitudes. Muchos de los llamados “locos” son personas atacadas por genios que se nutren con su cuerpo de modos diversos. Existen diversos canales de penetración como la sangre, la vista, el oído, los genitales… Los genios tienen medios conductores como la electricidad que los trasladan con rapidez a otros lugares. Gustan de reunirse en espacios supuestamente deshabitados.

El mundo ÿínnico es el mundo de la gafla, la dispersión, el enredo. La brujería y la magia mantiene estrechos vínculos. Todos los nudos que nos bloquean, los estancamientos mentales, físicos o emocionales que impiden el fluir de las cosas, los susurros que nublan la mente y hieren el corazón con sus inventos se deben a alguna de estas energías o al efecto de su interrelación. La imaginación y el fuego alucinante que nos hipnotiza y nos llama, aquello que nos envuelve en la inopia y el desconcierto. Es como un ruido que genera nuestro interior para velar el secreto que grita en las almas.

3. El tacto de la intimidad

El ÿinn está hecho de fuego. Cuando se unen dos que contienen este elemento, sean humanos o genios, se produce una fusión poderosa. El resultado es imprevisible y la transformación puede ser de gran trascendencia, destructiva o regeneradora, dependiendo de las fuerzas internas que les muevan. La noche penetra en el día y el día penetra en la noche –dice el Corán. Su alternancia es una señal del ciclo cósmico. Los pares son opuestos complementarios y crean tensión y vida en su pálpito, como un corazón.

El poder del ser humano está en su voluntad y sólo se permite caer en manos de shaitán para dejarse gobernar por la perversidad. Quiere verse víctima cuando fabrica su propia destrucción. Y no hay nada mejor para echar a perder los carismas que creerse sometido a algo que te puede, a tu pesar. Abandonarnos a la deriva hacia lo que nos rebaja y degrada es un castigo que nos imponemos al huir de lo propicio, de la baraka y de nuestras auténticas necesidades. Tenemos argumentos sorprendentes para apoyarnos en la inercia que nos arrastra y esclaviza hasta dejarnos exhaustos al otro lado de nuestro camino. La inercia que arrastra a los desgraciados no exige esfuerzos de transformación. Construir desde las ruinas al monstruo que llevamos dentro no requiere pulirse, no nos exige nada más que quedar expuestos al ataque y al deterioro. Espectadores pasivos de nuestras miserias sólo nos compadecemos de nuestra suerte echada a perder. Vemos en la otra orilla lo que era potencialmente nuestro destino, y sufrimos la consciencia de nuestro 71fracaso premeditado con el consuelo de las mentiras. El susurro que nos invita a seguir en la mentira es siempre audible y la sordera es voluntaria. Nadie necesita repetir la experiencia del error, porque de ella se extrae una lección inmediata, pero a menudo volvemos a caer en la dejadez. Nuestros cuerpos son volcanes encendidos que nos queman las entrañas. La lluvia no basta para apagar el ardor. Necesitamos quedar inundados pero no sabemos esperar el gran diluvio. Entregamos nuestras ansias y quedamos fulminados.

Emocionalmente transtornados, afectivamente comprometidos, sin encajar con lo que nos ha absorbido, insaciables. Defendemos nuestras equivocaciones alegando debilidad, cuando el motivo de sucumbir es vencer nuestra propia fuerza.

En cambio, resurgir de nuestras propias cenizas para alcanzar la sanación y contemplar la belleza de la sabiduría, precisa del ejercicio constante de máxima atención y cautela ante la perplejidad. La nostalgia de lo que dejamos atrás nos aferra a situaciones que ya no sostienen nuestro mundo ni nuestra evolución en él. Hay que vivir el vacío del recuerdo porque nunca más se toca el ayer. No se debe escapar de la sensación de desamparo volviendo a lo que se renuncia. Para que no tarde en volver la confianza y el desaliento no nos invada es imprescindible mantenerse firme en los cambios. No sucumbir en la despedida del pasado pretendiendo mantener una parcela de lo que dominamos o nos dominaba. La relación con lo que fue y la frustración de lo que se va si no lo apresamos es un pulso inútil que no consigue nunca imponer de nuevo lo que se echa de menos, ni permite avanzar sino que produce un estancamiento que impide ver la luz en el horizonte. Trasladarse al otro lado es iniciar un camino infinito que precisa de una entrega incondicional. Intensificar el deseo de lo necesario para que se produzca la auténtica alquimia sagrada.

Tal vez, en un instante de lucidez consolidemos la confianza en nuestra buena suerte que merece ser aceptada y agradecida, dejando a un lado los fantasmas para avanzar hacia nuestra plenitud. El perfume del paraíso es el sudor del amante que saborea el néctar de la intimidad que Al-lâh le concede para su disfrute. Esta es la satisfacción de ambos. El mu’min se abre y confía en la orden de lo que le sostiene y sustenta. Nada salvo su propia estupidez puede corromper esta relación. Podemos invocar lo que queramos. Empujar nuestro destino hacia un camino ascendente y saborear la felicidad sin apresarla. Porque nuestro exilio es para gustar del conocimiento que nos ofrece esta experiencia. Nuestra libertad, cuando se ejerce con sabiduría nos enseña a amar la Orden.

La comunidad muhammadiana conserva en su comportamiento una de las claves para generar baraka. Mujeres y hombres son sensibles a la reacción de sus cuerpos, tan conscientes del efecto trascendente que provoca el tacto, la piel, que sólo prueban el roce sensual con su pareja. Del mismo modo, sabemos que todos los sentidos que nos esforzamos en disfrutar y agudizar, se intensifican al evitar la dispersión. Así pues, la clave es atender exclusivamente aquello que merece pasión, es decir, que no se trata de poseer todo lo que nos parece hermoso. Ni siquiera desde una mirada inocente se puede intercambiar caricias o gestos que despiertan tarde o temprano alguna inquietud. La intimidad no se prodiga. El sexo no es lo que aparece. Ocurre desde el interior 72y se derrama en una gran onda expansiva, pero su sentido oculto es lo sagrado. El deseo se centra en lo que cura. La paz de este placer reside en la indiferencia hacia cualquier otra opción por más accesible o embellecida que se nos ofrezca, porque no hay adorno ni luz ni elixir que pueda ocultar mucho tiempo su naturaleza efímera. Toda aspiración conduce al mismo camino y fuera de él se tuerce el destino. Cuando se desgarra el velo, el secreto manifiesta la unión de dos elementos libres y cargados de magnetismo que se encuentran y penetran el uno en el otro. El acoplamiento eléctrico renueva de forma natural sus energías y forja con los cuerpos aniquilados una sola materia. De sus fluídos brota un néctar que nutre y transforma el universo.

4. Luz y atracción

Aquel jardín en el que te arropaba la soledad más inspiradora, en la cual podías desnudarte de todo y captar lo más sutil desde cualquiera de sus aspectos. En ese lugar de plenitud donde siempre se desvelaban misterios asombrosos, crees que nadie puede llegar, que está hecho para ti. Y un día, un viajero abarca con su presencia aquel escondite sombrío y allí donde sólo brillaba la luna luce el sol. De repente, esa luz inesperada es tan desconcertante que te hace correr sin rumbo. Huyendo del viajero y del sol que ha propiciado, el cielo se cubre de nubes y la lluvia cae sobre tu cabeza. Tu corazón guardador de lágrimas late más fuerte que nunca hasta que sientes que no puedes respirar. No sabes lo que ocurre en ti mientras te alejas de tu alma. No comprendes que tu ahogo proviene de la distancia, que cuanto más te separas de tu destino más se desvanece tu realidad. Así que todo conspira contra tu resistencia y al escuchar la llamada vuelves sobre tus pasos al principio. En la intimidad de tu mundo irrumpe tu çauÿ.

Entonces se comparte la vida plenamente porque se coincide en un estado común. Ese espacio es sagrado y tiene la fuerza de la shadda 26 . La pareja que se une en ese intervalo entre la tierra y el cielo, son de hecho el punto donde se concentra el universo, la gota del microcosmos, el principio de la vida, el nacimiento del mundo. Son una conmoción para la existencia y su temblor resquebraja tanto las piedras que emanan agua de su interior, como las cáscaras de los frutos. Nada se resiste a su impacto porque todo se fecunda con su abrazo. Y el cuerpo es mensajero revelador de misterios.

5. Los sueños

Otra forma de revelación sucede en los sueños. Mientras la mente busca su descanso, las alas de los secretos se abren para desvelar esa otra conciencia que subyace en las almas dormidas. Nada queda a veces de ellos, quizás un perfume o un aire, una sensación de realidad que se desvanece a medida que el despertar nos aleja de ella ofuscando su recuerdo. Otra vida trasciende en el mundo de los sueños y revelaciones auténticas ocurren al familiarizarnos con el malakut, si bien es cierto que a cuanta más intimidad con esta dimensión más irrupciones de shaitán aparecen. Dibujan películas de horror que nos dejan exhaustos al atacar nuestro ser expuesto y vulnerable. Dormidos, somos niños huyendo de la vehemencia de su imaginación. Capaces de volar cuando desarticulamos los temores que nos impiden abrir las alas y de entregarnos al vacío de la inmensidad. Pero somos arrojados a los abismos desde el nacer, 73cuando salir al mundo desde las tinieblas matriciales ya es en sí mismo un destino hacia el pánico de la incertidumbre y el desamparo. Lo que ocurre al otro lado es intrigante y peligroso, lleno de dolor y de sorpresas.

El ojo interno es luminoso y en él se depositan claves para la sabiduría. Del mismo modo se invade de sombras tenebrosas la clarividencia para que nuestros propios miedos se apoderen de nuestra suerte. Así es como siete gatos se aferran a tu cuerpo y te agitas para que te suelten sin conseguir librarte de ellos. Igual que esas serpientes que invaden tu sana libertad y te violan. La pesadilla te hace matar y morir, pero ¿qué significa despertar?

6. Taqua

La taqua es un estado (maqâm) de conciencia en el cual se encuentra el mu’min. Cuando a Muhammad (s.a.s) le llega la Revelación es a través del ángel Ÿibril, que con orden penetrante y con un violento abrazo se hace irresistible. El Profeta sucumbe y así se inicia en la cadena de los Enviados, con taqua. Primero siente un miedo humano, miedo a volverse loco, miedo de no estar a la altura de lo que se le impone, miedo a no soportar el peso de su qadar. Pero los miedos que crea la inseguridad y la falta de confianza nos hacen sentir débiles y vulnerables. A shaitán le gusta incentivarlos porque de ese modo invade nuestra mente y consigue lo que quiere. A veces se confunde la taqua con el miedo, pero es lo contrario. La cautela, la precaución, la atención a los detalles más sutiles son taqua. Este es el maqam que consiguió Muhammad en la Cueva de Hira en layla tul qadr, en el cual permaneció. Sufrió una aniquilación inmediata (fanâ), pues estaba virgen –abierto, expuesto y libre de otras influencias en su fuero interno- y esto le llevó al baqa (permanencia) en la taqua. La comunidad muhammadiana está marcada por ese estado, que de hecho impregna todo el Corán. Quien recibe lo que transmite el Corán sin taqua no ha entrado aún, sigue en la ÿahilia. La taqua y el adab son inseparables. Distintos pero complementarios. La cortesía en el trato con el mundo (adab) implica la cautela y concienciación de los aspectos más sutiles de las cosas. En cambio, el miedo impide esa delicadeza, impide fluir, rompe la armonía de la persona con lo que la rodea y la convierte en alguien torpe, que pierde el estado de taqua (bil·lâh) y el adab que impegna el islam.

La taqua tiene que ver con el roce. Rozar la vida es estar en taqua sin romper la existencia. El miedo destruye porque es nuestra forma de reaccionar ante lo que nos asusta. El shaytán nos aleja de la taqua y la convierte en miedo sin que apenas podamos distinguir la diferencia cuando ocurre. El miedo nos hace tocar las cosas con brusquedad, sin cuidado, mientras que la taqua es intrínseca a la intimidad con Al-lâh.

7. Qadar

Muhammad proclama la certeza del qadar: “Y no hay de nosotros quien no tenga un lugar consabido” 37: 164

El sexo en su sentido más iláhico no es lo que parece 27 . Ocurre desde el interior, se derrama y expande. Su sentido oculto es lo sagrado y esto tiene lugar cuando se desgarra el velo. La intimidad del secreto se manifiesta con la unión de dos elementos cargados de magnetismo y electricidad que se acoplan 74de forma natural como dos piezas de un mismo cuerpo. Cuando esto ocurre se vuelven una sola materia y sus fluidos producen en esta cpa (cáliz) un néctar que los alimenta para que se erijan en transformadores del universo.

Nacidos con vocación de morir, sino fuera por el chispeante influjo de la vida, que nos empuja a resucitar en cada respiro. No hay nada en el mndo que nos llame tanto como la muerte, y sin embargo, resurgimos de nuestro desánimo saboreando más el estar vivos.

Aquel momento sagrado de la muerte en que todo lo que está a punto de desaparecer y que siempre estuvo presente nunca fue tan bello. Un campo que doblega sus tallos a tu paso. Esa es la vida transcurrida. Y hay que morir antes de morir para renacer en la Otra vida y hacerla latir ahora.

8. La idolatría del amor

El amor romántico, idealizado. El anhelo de la unión inalcanzable a la que se aspira, con la que se sueña y por no consumarse-materializarse, se enaltece, se diviniza y se considera perfecta, por ser una ilusión, por no lograr la realidad, se idolatra. Como el amor divino cuando el Dios-Amor es un concepto, otro ajeno al mundo. De ahí la pureza de lo sagrado, lo intocable que convierte al cuerpo en una experiencia corruptible y por ello la mente enferma. El amor como abstracción dispersa el querer. La voluntad se somete al desafío fatal que provoca la pasiva resignación de la pasión frustrada.

9. El amor acción es Al-lâh

El pensamiento no es la conciencia física de la experiencia. Al probar el amor con los sentidos, o mejor dicho cuando los sentidos saborean el amor, nos acercamos a la experiencia de Al-lâh como raíz única de la existencia. No somos ya entonces los enamorados ciegos sino amantes visionarios. No es sentimiento ni pensamiento, sino contacto. La búsqueda en la gran pérdida de uno mismo hasta el encuentro. El amor real no se escapa por los atajos; se huele, se roza y se toca. El abrazo del amor no es metafórico. Es intenso, violento, te arrastra, te sacude y destruye todas tus fantasías. Ni tus miedos ni tus lágrimas ni tu aparente vulnerabilidad le detienen. Es implacable y a diferencia de otros estados, irremplazable. Huir de él es como intentar escapar del Haqq. La sinceridad (sidiq-ijlàs) en esto proviene de la rahma y no puede plasmarse (kûn) mas que en su propia activación, lo cual ocurre siempre desde el centro del mundo. El cuerpo aniquilado es una Ka’ba vacía. Así se colma de la ni’ma de Al-lâh con la luz que contiene por abrir un espacio ilimitado con su despojamiento e irradia todos los mundos.

La maravilla del amor es por el hubb del Ÿabbar, que diseña y forja las fomas. El amor de Al-lâh no se profana porque todo lo penetra. Vive en el corazón del acto, por la intención. La plenitud llega por la voluntad de una Orden. Y Muhammad es el arquetipo de la humanidad perfecta porque guarda en sí la culminación del amor. El sello garante de los carismas que adquiere una pareja sexual en su alquimia cotidiana viene del amor que Al-lâh siente por el Profeta, por el cual se ha dado a conocer el Tesoro Oculto, vivificando la Creación y poniéndose en evidencia a través de Sus signos. Muhammad significa el amor sexual de los pares que crecen con sus almas hasta quedar fulminados en la gran fanâ: “ver los signos en los horizontes y en las nafs” (59:2). La noche y el 75día, la tierra y el cielo, todo lo creado es por la novia virgen. El Rahmân construye los mundos con sus ayat por amor a Muhammad y éste concibe el Corán desde la dimensión angélica de ÿibril. Este mismo Gabriel que penetra a María y ella engendra a Jesús, proviene del mundo de los Gibborim (valientes guerreros en hebreo), que tiene un sentido latente en la palabra gibor, que alude a la potencia sexual 28 .

Nuestro amor es físico. Al-lâh manifiesta su amor al otorganos el califato, amando con placer y satisfacción (rida) las obras que propician Su intimidad.

La iniciación es un camino de ÿihad porque Al-lâh quiere. No ocurre amor que no provenga de él, pero las gentes andan confusas en este terreno, porque hay que morir y vivir otra vida para encontrase con el çauÿ en el paraíso. Tu nafs es tu mujer (mar’a) y tu mujer es tu espejo (mir’a). El malakut te envuelve y en las etapas del tránsito, el amor te mata y te resucita entregado y rendido a la transformación de los cuerpos en la trasparencia del Uno. Luego, después de la fanâ y de disfrutar de los deleites sin límite ni cansancio, llega el baqâ’ , es decir, cuando las cosas se vuelven el rostro de Al-lâh.

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