La victoria de la Revolución Islámica de Irán en febrero de 1979 sorprendió a muchos observadores y continúa desconcertando a otros hoy en día.

Por: Xavier Villar

La introducción de una dimensión islámica en la política contemporánea desafió las concepciones actuales sobre la condición humana, poniendo en entredicho muchos de los principios fundamentales del secularismo moderno.

Para muchos, la revolución no fue simplemente un fenómeno que debía entenderse desde sus propias dinámicas y términos, sino que fue visto a través del prisma limitado de las categorías de la ciencia social occidental.

En consecuencia, se han asignado diversas etiquetas al Estado iraní, desde considerarlo una “teocracia anacrónica” hasta describirlo peyorativamente como el “gobierno de los mulás” o una “dictadura religiosa”.

Estas actitudes simplifican excesivamente cuestiones altamente complejas, reflejando prejuicios ideológicos o una falta de comprensión. El impacto profundo de este fenómeno revolucionario en la comunidad musulmana, tanto suní como chií, lo convierte en una innovación social, política y religiosa de gran envergadura. Combina los elementos del razonamiento religioso (iytihad) y la renovación (taydid), más allá de meras construcciones teóricas, a través de la doctrina del Wilayat al-Faqih y la figura del Al-Faqih encarnada por el Imam Jomeini.

Aunque arraigado en la tradición imamita chií, no se limitaba a ser un representante de esta escuela de pensamiento. Además de proclamarse como representante de todos los musulmanes, desafió y transformó muchas ideas dentro de la tradición chií, buscando trascender las divisiones sectarias. En este sentido, Jomeini fue un muytahid; una mente creativa e innovadora; un renovador (muyaddid), además de ser una autoridad a la que emular (marya-e taqlid).

Uno de los principales esfuerzos del Imam Jomeini en el ámbito político fue explicar por qué su teoría de la Wilayat al-Faqih no podía ser equiparada con una dictadura. Para evitar esta confusión, Jomeini sostenía que cada miembro de la comunidad tiene el derecho absoluto de cuestionar y criticar al gobernante musulmán de turno. A su vez, el líder islámico tiene la obligación de ofrecer explicaciones y respuestas convincentes a la población. Si el gobernante no actúa conforme a las normas islámicas, el pueblo tiene la facultad de destituirlo de su cargo.

Para Jomeini, la libertad nunca puede ser otorgada por los gobernantes; es un derecho que sólo Allah concede al pueblo. Desde su teoría política, nadie puede otorgar ni retirar este derecho que proviene exclusivamente de Allah. Esta libertad otorgada por Allah coloca la soberanía en manos del pueblo, y por lo tanto, son ellos quienes legitimizan las instituciones del estado. En este contexto, es relevante recordar que justo después de la ratificación de la Constitución de la República Islámica, Jomeini convocó un referéndum para confirmar esta legitimidad popular.

La importancia del pueblo dentro de la arquitectura institucional de la República Islámica se explica también mediante la idea de la circularidad del poder. En este sistema, la figura más destacada desde el punto de vista constitucional, el Wali (conocido como Líder Supremo), es elegido de manera indirecta a través de la Asamblea de Expertos, la cual a su vez es elegida directamente por la población. Esto significa que las dos dimensiones de la República Islámica, la islámica y la republicana, están integradas dentro del aparato institucional iraní.

Por ejemplo, la Constitución iraní en su artículo 56 establece claramente que “la soberanía absoluta sobre el mundo y los seres humanos pertenece a Allah. Y Él ha concedido a los seres humanos la soberanía sobre su destino social. Nadie puede usurpar este derecho divino de los seres humanos ni aplicarlo en beneficio de una persona o grupo específico”. Este artículo refleja la idea expresada en la Sura Al-Ijlas del Corán, donde se rechaza cualquier intento de usurpar la soberanía divina.

Las disposiciones de este artículo descartan cualquier forma de autoridad individual o autocrática, dado que la soberanía pertenece a la Umma, y ningún individuo o grupo singular puede apropiarse, dividir o confiscar ninguna parte de ella.

En este contexto, cabe mencionar, por ejemplo, el artículo 107 de la Constitución, que establece que el Líder Supremo está sujeto a la ley y es igual ante ella, al igual que cualquier otro ciudadano.

Desde la perspectiva política de la República Islámica, no existe contradicción entre la soberanía divina, representada por la figura del Wali, y un pueblo que ejerce su soberanía participando en diversos procesos electorales. Estos incluyen referéndums como el realizado el 30 y 31 de marzo de 1979 para determinar el sistema político del país tras la caída de la dinastía Pahlavi, así como elecciones presidenciales, legislativas y municipales, y la selección de los representantes del Consejo de Expertos.

Dentro de esta combinación de soberanía divina y participación popular se encuentra la noción de buen gobierno en el marco de una dimensión islámica. Para Jomeini, este “buen gobierno” se fundamenta en la idea de justicia y, por lo tanto, no necesita ser denominado “democracia”. Según él, el Islam representa una búsqueda superior de gobierno, más sublime que todas las democracias, en el sentido de que aspira a alcanzar la justicia y eliminar la opresión de manera constante.

Otro factor crucial del “buen gobierno” islámico es la idea de pluralismo, que se entiende como el reconocimiento de diferencias tanto intelectuales como temperamentales. Sin embargo, este pluralismo (ijtilaf) no debe conducir a la discordia ni a la división.

El propio Imam Jomeini consideraba inevitable la existencia de diferencias y, por lo tanto, no podían ser ignoradas. Desde una perspectiva coránica, encontramos una referencia clara en la Sura Hud: “Y si tu Señor hubiera querido, habría hecho a la humanidad una sola comunidad, pero seguirán diferenciándose entre sí”. (Corán 11:118)..

En conclusión, el concepto de la República Islámica abarca al menos dos dimensiones: “La primera es una dimensión republicana o popular, manifestada en la voluntad del pueblo y su participación en las elecciones. La segunda es una dimensión islámica, integrada en un liderazgo investido con cualidades ‘divinas’ según la doctrina de la Wilayat al-Faqih”. Ambas dimensiones, como hemos observado, operan dentro de un marco de búsqueda constante de justicia que asegure un “buen gobierno”.

Fuente: Hispan TV

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