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A partir de la Conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos, en 1492, la influencia de la dominación castellana en los grandes núcleos urbanos se ejerció más contundentemente que en las poblaciones rurales, favoreciendo que éstas se mantuvieran ajenas a la colonización del reino de Castilla, cultural y políticamente. Esta es la razón por la que los andaluces alpujarreños consideraban la posibilidad de recuperar sus libertades y así no verse obligados a escoger entre el destierro, la hoguera o la conversión forzosa al cristianismo, como les había ocurrido a sus conciudadanos en la cuidad.
El asedio castellano tiene su inicio en la ciudad de Guejar, donde se había centralizado la sublevación. Este primer asedio fue repelido hábilmente por los habitantes, enfangando los alrededores de la villa, por lo que quedó atrapado el ejército. Una vez repuesto éste, envistió ferozmente contra los habitantes, degollando a cuantos hombres encontraron, saqueando toda la ciudad y sometiendo a esclavitud a las mujeres y niños. Ante la desproporcionada carnicería, el resto de la población se entregó a la lucha “con uñas y dientes”, lo que obligo a intervenir personalmente al rey Fernando. En febrero de ese mismo año (1500), el rey organizó un ejercito formado por ¡¡80.000 soldados de infantería y 15.000 de caballería!!. Esta vez fue arrasado el pueblo de Lanjaron, recibiendo el mismo trato y castigo que el pueblo de Guejar. Otras divisiones y cuerpos especiales del ejercito castellano atacaron, simultáneamente, a otras poblaciones y fortalezas de la zona alpujarreña. Una vez hubieron depuesto las armas los alpujarreños, fueron victimas de terribles represiones y multas de 50.000 ducados. Las multas serían perdonadas si los rebeldes andaluces de convertían al cristianismo, por lo que muchos habitantes de Almería, Guadix y Baza no tuvieron otra alternativa que la permutación de la pena y su forzosa conversión.
En Diciembre, los pobladores de la sierra de los Filabres también optaron por intentar su liberación y, a comienzos de 1501, también los habitantes de la zona occidental de la comarca granadina con Ronda, Villaluenga y Harabal. La respuesta castellana no se haría esperar: en primer lugar tomaron Sierra Bermeja, pero al llegar a la zona de las Moradas, el ejercito se dividió para perseguir a un grupo de lugareños y cayeron en una emboscada hábilmente pertrechada por los andaluces. Tras este desastre para las fuerzas castellanas, Fernando el Católico preparó tan poderoso batallón que al llegar esto al oído de los alpujarreños, inmediatamente se vieron en la necesidad de firmar la paz. El monarca prometió perdón general “bajo la condición de bautismo para todos los sublevados o destierro”.
El reinado de Felipe II, con sus medidas impositivas, llevaría hasta la más absoluta desesperación al pueblo andaluz y en especial a los moriscos granadinos, que aún conservaban sus costumbres, vestidos, idioma (aljamiado), practicas islámicas, etc; siendo éstos los primeros en sentir la discriminación y los abusos. Por las ofensas y vejaciones de que eran objeto, un gran numero de granadinos (los monfíes) se retiró a las serranías, desde donde continuarían la guerra de guerrillas bajo asaltos esporádicos contra los conquistadores. Inmediatamente el inquisidor Pedro Deza ordenó publicar en Enero de 1567 una dolorosa pragmática por la que:
-se prohibía a los moriscos el uso y escritura de su idioma, tanto en público como en privado
-se les obligaba a hablar en castellano y entregar sus libros en lengua árabe
-renunciar a sus ritos, nombres, costumbres, trajes…
-destrucción de todos los baños medicinales y de aseo
-obligación de tener abiertas sus casas y de que sus mujeres no se cubriesen el rostro.
Durante un año los granadinos intentarían negociar con Madrid la revocación de tan injustas medidas no obteniendo ninguna consideración por parte de la Corte, lo que provocó la desolación de los ciudadanos arrastrándolos al último intento de lucha por su liberación y por conservar su identidad.
El levantamiento empezó por el barrio del Albaicín y la sierra de las Alpujarras. En el pueblo de Béznar es alzado como “Rey de Granada y de Andalucía” Fernando de Córdoba y Valor, conocido como Aben Humeya, y Ben Farax -destacado miembro de la familia de los Abencerrajes- ,que intentaría reclutar el máximo número de granadinos, fue nombrado Alguacil Mayor del recién constituido gobierno rebelde andaluz. Éste, al tratar de vengar las humillaciones recibidas en los últimos años, sería sustituido más tarde por el tío de Aben Humeya, conocido por El Zaguer.
Aben Humeya, inquietado por la preparación del ejército que habría de enfrentarse a las tropas castellanas, envía a su hermano Abdallah a Argel y a Constantinopla en busca de ayuda Mientras tanto la insurrección se había extendido por toda Granada, Málaga, Almería y Murcia. Ante tal sublevación, el 3 de Febrero de 1569, el Marqués de Mondéjar inicia una gran ofensiva comenzando con Órjiva. Después invade Poqueira -ciudad elegida por su situación geográfica como refugio de mujeres y niños y custodia de las riquezas de los sublevados-, donde se hace de un gran botín de oro y numerosas esclavas andaluzas. Después arremetió contra Juviles, donde el ejército castellano degolló a dos mil mujeres. Varios días más tarde toma la ciudad de Paterna donde, además de saquear la ciudad, apresa a la madre y hermanas de Aben Humeya y hace esclavas a gran cantidad de granadinas.
La rebelión, que había sido aplastada en esta zona, continuó encendiéndose en Almería, Baza y Guadix, ciudades que eran fortalecidas por las milicias populares de Lorca, Caravaca, Mula y varias más, por lo que acudió el Marqués de Vélez para someterlas. Aunque resistieron durante bastante tiempo en las estribaciones de la sierra de Andarax, la superioridad de las tropas de Vélez les obligó a refugiarse en la sierra de Gador donde el 31 de Enero se libró la batalla más cruel de todas las acaecidas en Granada cayendo multitud de combatientes, entre ellos muchos niños, ancianos y mujeres.
Aún creyendo vencida la resistencia granadina, prosiguieron los robos, asesinatos, violaciones e incendios contra los moriscos. Mientras tanto Aben Humeya, refugiado en las Alpujarras, formaba un nuevo ejército, organizado ahora bajo disciplina militar. Una vez enterado el inquisidor Deza de la intención de Aben Humeya, ordenó dotar de armas a los prisioneros cristianos encarcelados en Granada para que arremetieran contra sus compañeros moriscos de prisión. Se organizó tal escándalo entre cristianos y moriscos (cuyas únicas armas eran los trozos de solería que tuvieron tiempo de arrancar) que acto seguido los soldados entraron y degollaron sin piedad a todos los moriscos.
Las nuevas tropas de Aben Humeya comenzaron cobrando numerosos éxitos. En Junio de 1569, el rey ordenó por Real Cédula “que todos los moriscos de Granada y sus barrios del Albaicín y la Alkazaba, desde la edad de diez años a la de sesenta, fuesen sacados del reino y llevados allende las fronteras de Andalucía”.
Aben Humeya, optimista por los crecientes éxitos de su tropa, trata de negociar la libertad de su padre y hermano cautivos de los cristianos. Esta carta cae en manos de ciertos detractores de su labor y sirve como prueba para ser considerado sospechoso de traición y defensor únicamente de su provecho personal; siendo también considerado de este modo por los gobiernos aliados.
En el mes de Octubre, otra orden real proclamaba una guerra que exterminara “con el hierro y el fuego a todos los enemigos de Dios y el rey”.
Los principales caudillos moriscos, desconcertados con la supuesta deslealtad de Aben Humeya y creyéndose traicionados le dan muerte. Tras esto, nombran rey a su primo Abdallah Ben Aboo, que reorganizaría el ejército. La organización militar del nuevo rey andaluz cubría las fortalezas de Serón, Purchena, Jergal, Tíjola, Tahalí y otras tantas. El triunfalismo que inspiraba Ben Aboo amenazaba con propagarse por Valencia y Murcia, por lo que el monarca cristiano organizó dos grandes ejércitos, bien pertrechados de víveres, artillería y armas en grandes cantidades. La primera ciudad en ser tomada por las armas cristianas seria Guejar, seguidamente, tras varios intentos que fueron valientemente resistidos por la población, logra entrar en la villa de Galera con un destacamento de más de 12.000 soldados. Aparte de las innumerables bajas durante el asedio, cerca de 3.000 personas fueron cercadas al final del asalto y pasadas a cuchillo sin que se salvara ni una sola y los campos sembrados de sal. Sin embargo, el ejército Ben Aboo asestaría un durísimo golpe a las tropas castellanas en la fortaleza de Serón.
Mientras tanto, Ben Aboo, que había enviado emisarios a Argel y Turquía en busca de refuerzos, sólo obtiene promesas, por lo que la guerra tomaría a partir de entonces aires menos vigoroso. Por parte cristiana se recurrió a la estrategia de enviar por todos los lugares de las Alpujarras una falsa carta, supuestamente firmada por un morisco principal, en la que se invitaba a la población a “la obediencia al rey de los cristianos en evitación de una total ruina”.
Al mismo tiempo, el rey encargó al inquisidor Deza que sacara del reino granadino a todos los “moros de paz” es decir a todos los que no habían participado en la rebelión, y fueran trasladados al interior de Castilla. Pero como todavía quedaban Adra, Verja, Ujijar, Terque, parte de la sierra de Andarax y el río de Almería por “pacificar”, se convino una negociación por parte de ambos bandos.
Felipe II, el Consejo, los inquisidores sobre todo los partidarios de no conceder cuartel al enemigo religioso, provocaron una reacción contra los “moros de paz”, los cuales sufrieron nuevos horrores y vandálicas persecuciones durante más de seis meses. Ben Aboo ante tamaña injusticia se negó a firmar las Capitulaciones.
En los primeros días de Septiembre de este año de 1570 se inicia el asedio definitivo a las Alpujarras, talando e incendiando los campos de bosques y degollando a todos cuantos se cruzaban en el itinerario trazado por el potente ejército al mando del Comendador Mayor Recasens. Los que conseguían esconderse en las cuevas de la sierra eran cazados como alimañas, introduciendo por la boca de entrada manojos de ramas encendidas para que murieran abrasados. Los cautivos eran vendidos en los mercados y las ganancias repartidas entre la soldadesca -todo un incentivo para el saqueo y el asesinato-.
El primero de Noviembre, Felipe II ordena que todos los moriscos granadinos, sublevados o “de paz”, fuesen sacados de Granada. No pocos huyeron, ocultándose en lo más recóndito de la sierra o cruzando el estrecho. Los sometidos eran entregados a los alcaldes de las poblaciones a que eran obligatoriamente destinados a residir. Por lo que:
-Los de Granada y la Vega, valle de Lecrín, sierra de Bentómiz, Ajarquía y Hoya de Málaga, serranía de Ronda y Marbella, fueron repartidos por las provincias de Extremadura y Galicia.
-Los de Guadix, Baza y Río de Almanzora, por la Mancha, Toledo y Castilla Norte.
-Y los de Almería y su costa fueron trasladados a Sevilla.
De este modo acababa Granada su última lucha por la independencia, en una guerra desigual entre el poder del mayor imperio del mundo y un pueblo labriego, artesano, no belicoso y amante de su libertad; guerra en la que la desesperación de un pueblo suplió la falta de experiencia militar.

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