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En las sociedades occidentales, la mentira no es algo punible ni objeto de verguenza. Está normalizado el que los políticos, periodistas, empresarios, policias, jueces… mientan para conseguir objetivos. La verdad no es un valor necesario para la ascensión social y económica.

Si a la mentira se le añade la cobardía y la falta de escrúpulos, nos da como resultado la falsedad de argumentos para atacar a la población más débil y culpabilizarla de todos los males de su «patria», escondiendo la corrupción de todos los estamentos del Estado, la sobre explotación de la clase trabajadora migrante, las diferencias sociales motivadas por políticas económicas enormemente injustas, los recortes en sanidad, educación, ayudas sociales… los enormes gastos producidos por el incremento de los presupuestos militares exigidos por la OTAN, la ayuda a un gobierno NAZI como el de Ucrania, etc.

Además de mala persona, hay que ser muy miserable para mentir y perjudicar a los que por sus circunstancias no se pueden defender.

Esto es España, Europa y la civilización occidental, donde los fascismos, los nazismos, el racismo, la islamofobia… ya forman parte de la normalidad.

Frente a esto, no nos queda más remedio que construir una Andalucía al margen de ese «españolismo» que nos margina y nos explota en nuestra propia tierra, construir una Andalucía con los valores de convivencia, de integración, de solidaridad y de igualdad de los que hablaba Blas Infante basándose en lo más genuino de nuestro pasado: Al-Andalus.

Volver a ser lo que fuimos… «hombres de luz que a los hombres almas de hombres les dimos».

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