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Por Carlos Aznárez

¡Cuánta vida irradian los rostros jóvenes, casi adolescentes de los 12 mártires de Jenín !  No es para menos, llevan en sus cuerpos, más allá que el invasor asesino crea que los ha destruido, el ADN de una resistencia de más de 70 años contra quienes se han ido apoderando de buena parte de su querida Palestina.

Doce revolucionarios con doce historias, donde seguramente se mezclarán deseos y anhelos, amores y tristezas propias de la edad, con el único y no menos importante detalle de que viven en un territorio despedazado por una guerra desigual. Si nos preguntamos cuál sería el principal sueño de cada uno de ellos, antes que las balas o las bombas sionistas arrasaran sus cuerpos,seguramente ha sido el de crecer en una tierra liberada, donde los aviones y tanques del enemigo no sigan vomitando fuego y horror sobre la población indefensa de Gaza y Cisjordania ocupada, tener un país sin un muro que separe a familias enteras,  donde ir a los colegios o universidades (las aulas palestinas son de un nivel educacional impecable, a pesar de los pesares)  no signifique casi jugarse la vida por el enfrentamiento con el ejército o por la agresión de los colonos sionistas. O no tener que atravesar infinidad de checkpoints humillantes donde la bestialidad del ocupante busca -sin conseguirlo- desgastar la moral del que soporta la ocupación. O no volver a contemplar con una mezcla de furia e impotencia como las topadoras del enemigo echan abajo las viviendas de tal o cual vecino, solo por alojar  a un mártir, o a un prisionero, o directamente por sumar una nueva afrenta a quienes quisieran hacer desaparecer definitivamente.

Claro que sí, entre esos doce jóvenes habrá uno o quizás todos que enfrentaron valientemente, con las armas en la mano o con piedras, a la jauría de asesinos que entraron al campo de refugiados de Jenín, como hace años lo hicieron en Sabra y Shatila, dispuestos a hacer tabla rasa con su aguerrida población, no dejando en pie nada que denunciara vida.. Pero Jenín es, hoy por hoy, trinchera férrea de la resistencia, y por eso el enemigo no puede salirse con la suya como quisiera. No le es fácil aumentar el Holocausto que viene cometiendo gobierno tras gobierno contra Palestina.. Sencillamente porque allí,como en Gaza, el pueblo todo de Jenín está dispuesto a frenarlos, a no dejarlos avanzar y si cabe la ocasión, hacerles sentir en sus propios cuerpos el miedo que ellos intentan producir a diario. 

Esos doce jóvenes mártires son los mismos que en el Ramadán acercaron alimentos a quienes, empobrecidos por la ocupación, casi no tienen para comer, o los que repartieron golosinas entre los niños del campamento, o los que acuden con otros de su misma edad a proveer de medicamentos a la anciana madre de un prisionero condenado a perpetua, que apenas puede sostenerse en pie. Esos doce rostros que nos miran desde el cartel son la savia que alimentará las nuevas rebeldías, no son solo ellos sino que se reproducen en cientos y en miles dispuestos a integrar la Brigada combatiente de Jenín, así como en otros sitios de los territorios ocupados nacen como hongos hermanos y hermanas de lucha dispuestos a echar al invasor cueste lo que cueste.

No importa si la comunidad internacional sigue mirando a un costado o a lo sumo firmando declaraciones que se convierten en papel mojado, menos importa que el terrorismo mediático oculte el genocidio producido por el sionismo, ahora las cosas se están dando vuelta aceleradamente: el agresor, armado hasta los dientes y equipado constantemente por el gobierno norteamericano y no pocos de la Unión Europea, le está viendo las orejas al lobo, y tiene que retroceder., Diez, cien, miles de muchachos y muchachas como los recientes mártires de Jenín se han convencido que es la hora de pasar de la resistencia a la ofensiva. De empezar a empujar al invasor al precio que sea, porque saben que detrás de sus espaldas hay otros pueblos dispuestos a ayudarlos de la manera que se pueda para que Palestina y sobre todo, sus organizaciones de lucha, venzan al ocupante.

Cuando esta semana, después que la soldadesca sionista apurara su retirada, los y las habitantes del campo de refugiados y el de la ciudad se lanzaron a las calles a festejar su victoria. Es lógico, en las guerras desiguales,si el enemigo no consigue sus objetivos y se marcha, quienes le han plantado cara lo viven como un triunfo. Por ello se hicieron cientos de disparos al aire, o se levantaron con orgullo miles de manos mostrando los dos dedos en V. A la vez, como suele ocurrir en estas ocasiones, aparecieron pegados en paredes o sobre los escombros producidos por los bombardeos de los drones sionistas,los rostros de los doce de Jenín, iluminados por numerosas banderas palestinas. Están sonrientes, como diciendo: “no han podido con nosotros”. Ni podrán, porque como le confesara una anciana a un periodista de una cadena internacional: “La Brigada de Jenín somos todos, cada cual colabora a su manera para que nuestros jóvenes, nuestros propios hijos o nietos,peleen contra el invasor. Yo me siento orgullosa de ellos. ¿Si no lo hiciéramos cómo podríamos pensar en liberar a Palestina?”

Fuente: resumenlatinoamericano.org

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