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Has de saber que los que son conscientes de que tras la muerte habrán de encontrarse ante Allah y rendirle cuentas y se proponen realmente conquistar el favor de su Señor -los musulmanes-, se dividen en varias categorías. Ninguna es mejor que la otra. Allah dice en el Corán: “A todos Allah les comunica su don, a estos y a esos. El don de tu Señor no es algo restringido”. Cada cual debe ingresar en la categoría que más se adecue a sus inclinaciones. Además, hay que saber que estas categorías no son compartimentos estancos.

A la primera de esas categorías pertenece el ‘âbid, el que  se consagra a la práctica de la ‘Ibâda. Todo musulmán está en los aledaños de este rango desde el momento en que realiza con regularidad el Salât, el Ayuno, entrega el Çakât y aspira a cumplir con el Haÿÿ, y, además, cada vez que recita el Corán y cuando se sienta para recordar el Nombre de Allah… Pero el ‘âbid intensifica al máximo estas ‘Ibâdas comunes llevado por su inclinación al recogimiento ante Allah. Sólo encuentra placer en los momentos en que se retira con su Dueño, y por ello multiplica esos encuentros. También puede haber sido conducido a esa conducta el saber que las ‘Ibâdas satisfacen a Allah. Las ‘Ibâdas iluminan al ser humano, lo hacen resplandeciente, y ése es el signo de que agradan a Allah. El Sálaf, los primeros musulmanes, las primeras generaciones del Islam, nos ofrecen magníficos ejemplos de severidad y rigor en el cumplimiento de las ‘Ibâdas. Cada cual ponía el acento en la práctica que le resultaba más dulce. Había quienes eran capaces de recitar el Corán entero cada día, e incluso más de una vez: eran los vencidos por la belleza del Libro. Había, por otro lado, quienes no cesaban de realizar el Salât, porque estaban siempre ante la Majestad de Allah y eran subyugados por su Grandeza. Había quienes se dedicaban a la práctica del Tawâf, y circumbalaban constantemente la Kaaba. Había quienes preferían el Dzikr… En realidad, no hay una ‘Ibâda mejor que otra. Todas son poderosas, y es el corazón de cada uno el que se encuentra a sí mismo en una forma concreta. Lo que se pretende con las ‘Ibâdas es que purifiquen el corazón y lo hagan transparente. No obstante, si bien el ‘âbid pone el acento en alguna práctica en concreto, no debe descuidar el cumplimiento con las demás en el momento señalado. Y en cualquier caso, todas sus ‘Ibâdas deben ceñirse estrictamente a las enseñanzas del Islam, para que sean resultados del saber y de la sumisión a Allah, y no frutos de caprichos y arbitrariedades, estados de ánimo e ilusiones…

A otra categoría pertenece el ‘âlim, el sabio, el que se consagra al estudio de las ciencias del Islam. Es el que sirve de provecho a los musulmanes, el que preserva la pureza de la Revelación y la trasmite, el que sabe dar consejos, el que produce libros, reúne a las gentes en círculos de enseñanza y aprendizaje, el que se convierte en pilar de su comunidad. La necesidad de tiempo para estudiar y enseñar hace que su ‘Ibâda no sea tan prolongada como la del ‘âbid, sin que tenga derecho a desatender sus momentos con Allah. Quien sea bueno en el estudio y la enseñanza y se incline hacia los libros y hacia la comunicación del saber -tras cumplir con las obligaciones propias de cada musulmán-, lo mejor que puede hacer es consagrarse a lo que le demanda el corazón, porque en ello hay mucho bien para todos. Se le aconseja dedicar el amanecer al Dzikr, e inmediatamente una vez salido el sol tiene que atender a sus discípulos, pues la enseñanza comunicada en esas horas tempranas tiene un mayor efecto. Si no tiene alumnos, que dedique esos momentos al estudio y la reflexión, porque la pureza del corazón tras el Dzikr lo hace receptivo a lo mejor que hay en las cosas, y después se pierde esa pureza en el ajetreo cotidiano… Se le recomienda ganarse el sustento con su trabajo desde el Duhà -tres horas aproximadamente después de la salida del sol- hasta el Zuhr, el mediodía. A partir de entonces debe retomar su amor al saber y no interrumpirlo más que los momentos en que deba realizar las abluciones y establecer el Salât. Hasta la media tarde se aconseja la escritura, y desde el ‘Asr hasta la puesta del sol es mejor el repaso y la audición de exposiciones de sus alumnos. En cuanto una vez entrada la noche, se debe seguir en la medida de lo posible el ejemplo del Imâm ash-Shâfi‘i, que dedicaba el primer tercio de la noche a escribir libros, el segundo al Salât, y el tercero al sueño. Cada cual debe adecuar a sus necesidades estas recomendaciones. Fue el amor al saber lo que hizo que en el Islam se multiplicaran de un modo extraordinario los ‘ulamâ, los sabios, que produjeron un océano de saber, del que disfrutamos los musulmanes en la actualidad, sin ser conscientes en muchos casos del esfuerzo y el mérito que hubo en ello.

Una tercera categoría es a la que pertenece el muta‘állim, el aprendiz. En un hadiz, Rasûlullâh (s.a.s.) dijo que en realidad un musulmán sólo puede ser una de dos cosas, o sabio o aprendiz. Se trata, sin duda, de unas palabras muy bellas que traducen el amor de Muhammad (s.a.s.) por el saber. Quien sienta predisposición al aprendizaje debe armarse de paciencia y estudiar, y buscar un maestro. En razón de él ese esfuerzo es mejor que la intensificación de las prácticas espirituales, sin que ello quiera decir que las descuide. El estudiante debe repartir su tiempo de modo semejante al sabio. El grado del aprendiz es majestuoso. Nadie es sabio sin haber sido antes aprendiz, por lo que es una condición a la que debe someterse todo el que ame el saber. Ahí es donde esta categoría se reviste del prestigio que tiene dentro del Islam. El muta‘állim, el aprendiz, merece respetos y consideración por la nobleza del fin que se ha propuesto. Nadie debe arrogarse el derecho a considerarse digno de enseñar nada si antes no ha pasado por la fragua del estudio, la paciencia, la perseverancia, el respeto a los maestros, la humildad para con los mayores,… es en ese rango del aprendizaje donde la ciencia adquiere su rigor y su mérito, y su alcance.

A otra categoría pertenece el wâlî, es decir, el que se hace cargo de los asuntos de los musulmanes, los responsables del buen funcionamiento de la comunidad, como el imâm, el qâdî, los administradores,… Atender a las necesidades de los musulmanes les exige tiempo que no pueden dedicar ni a la ‘Ibâda, ni al estudio, ni a la difusión del saber. Su forma de cumplir con el Islam y agradar a Allah es la honestidad escrupulosa en el desempeño de sus funciones y su estricta observancia de la Sharî‘a. Alcanzar el Ijlâs, el Rango de la Sinceridad Pura y el Desinterés, es, en razón del responsable de los asuntos públicos, mejor que la ‘Ibâda y mejor que toda otra cosa. El wâlî debe limitarse a las Maktûbas, es decir, a las obligaciones comunes de todos los musulmanes, y dedicar el resto de su tiempo al bien de la comunidad, sin escatimar nada, y realizarse como musulmán en esa función. Pero consagrará parte de las noches a la espiritualidad más intensa, pues nada debe apartarlo de su Verdadero Señor.

En quinto lugar debemos hablar del htarif, el que se dedica a su trabajo. Es el que necesita ganarse la vida porque sobre él pese la responsabilidad de mantener una familia que le exige todo su tiempo. Allah lo ha eximido de la dedicación a la ‘Ibâda, sólo tiene que cumplir con las Maktûbas, y el resto del tiempo tiene la obligación de satisfacer las demandas que pesan sobre él, no teniendo derecho a desatender a su familia ni defraudar a los suyos. El múhtarif, a su nivel, equivale al wâlî. No obstante, debe hacer un hueco cuando pueda al Dzikr, y al estudio y la reflexión, preferentemente por la noche, si bien es cierto que en la mayoría de los casos el Dzikr puede acompañar los trabajos del múhtarif…

Lo más normal, en estos tiempo, es que pertenezcamos a la quinta categoría, la de quienes tienen poco tiempo para profundizar en el mundo de la espiritualidad. Nos lo impide a veces lo que se lo impide a los que hemos mencionado, pero otras veces nos lo impiden otros fantasmas: la ambición, la avidez, las expectativas de quienes nos rodean… Debemos madurar y saber qué es lo que realmente nos mueve, y una vez que hayamos descubierto la verdad, sabremos que tenemos más tiempo del que creemos, y podremos disfrutar de más instantes con Allah, y conseguiremos una paz de la que nos hemos privado a nosotros mismos precisamente por nuestra insensatez y por la voracidad del mundo en el que vivimos. Más que nunca, encontrar el verdadero centro y el equilibrio en todo es el gran desafío lanzado al ser humano.

Segunda Parte

al-hámdu lillâh…  

Hemos mencionado en la jutba anterior cinco categorías, o, mejor dicho, cinco formas de ser musulmán. Todas son válidas, legítimas, e incluso simultaneables. Hay una sexta a la que debemos al menos una mención rápida. Es la del mustágraq fî mahábbatillâh, el inmerso en el Amor de Allah… Se trata del musulmán enamorado de Allah, el que se ha abandonado por completo a Él, el que ya no tiene ninguna resistencia y fluye con la Voluntad de su Dueño. Es Él quien marca sus momentos y guía sus pasos. Son quienes aman a Allah y son amados por Allah. Una vez llegados a este punto, es muy difícil expresar las cosas. El Inmerso en Allah pertenece a otro mundo, pero quienes sigan una senda hacia esa meta deben atenerse con rigor a las enseñanzas de la Sharî‘a, dando pasos sobre seguro. Y para alcanzar ese rango no hay nada mejor que cumplir con severidad con lo que demanda la realidad de cada cual. Se pertenezca a la categoría a la que se pertenezca de las mencionadas en la jutba anterior, es posible alcanzar en ella el Jardín de la Eternidad, que es inmersión absoluta en la exuberancia de Allah, aquello de lo que disfrutan los miembros de este grupo privilegiado, el de los amantes.

Fuente: musulmanesandaluces.org

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