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Sevilla acogió en su seno a parte de la nobleza musulmana, conforme el reino musulmán de Granada tocaba a su ocaso, en esta ciudad se encontraron con una gran comunidad de musulmanes sevillanos. La ciudad fue el escenario de la historia de Ozmín y Daraja -breve cuento amoroso de dos jóvenes de diferente religión, que Mateo Alemán incluyó en su Guzmán de Alfarache de 1599-, supuestamente acaecida antes de la conquista de Baza (1489), románticos amoríos con cuyo relato un clérigo amenizó las fatigas del camino al pícaro Guzmán y a sus acompañantes. Después de 1492 residieron en Sevilla por algún tiempo los hermanos pequeños de el rey Boabdil, descendientes del rey Muley Hacen los príncipes S’ad y Nasr llamados los infantes de Granada. Bautizados en fechas muy cercanas a la toma de la ciudad de Granada, ambos príncipes recibieron el sacramento -según una crónica granadina del siglo XVII-

“[….] Pusiéronle Çad, el mayor, don Fernando de Granada, por el Rey Católico que fue su padrino, y al menor le pusieron don Juan de Granada, respeto del príncipe don Juan que lo apadrinó. Diéronle palabra de que se les daría el estado de Mondexar, que era suyo en Las Alpuxarras, abiéndose conquistado, y ellos desto se les hiço otras muchas merçedes” .

La Reina madre de los infantes también se bautizó poco tiempo después de hacerlo sus hijos con el nombre de D.ª Isabel de Granada, seguramente por influencia de la reina Católica, a quien acompañó en la corte hasta su muerte. Ella también residió durante un tiempo en Sevilla.

Los infantes de Granada y su madre continuaron en todo momento la ruta de los Reyes Católicos: entre 1504 y 1505 residen en Segovia, Salamanca y Valladolid. Como cualquier otro noble del momento, aparecen asegurando sus posesiones en Granada a través de copias de escrituras arábigas que D. Fernando de Mendoza solicitaba en 1506 ante las autoridades de la ciudad. Totalmente mimetizados en la sociedad del momento, en los albores del siglo XVI, ambos infantes se encontraban casados con importantes linajes castellanos, tan destacados como los del condestable de Castilla: D. Hernando de Granada había enlazado con D.ª Mencía Sandoval y de la Vega, señora de Tordehumos, Castrillo, Guardo y Castejón (partido de Medina de Río Seco), nieta del Adelantado de Castilla D. Gómez de Sandoval; mientras que D. Juan de Granada era esposo de D.ª Beatriz de Sandoval, hija de D. Juan de Sandoval y nieta de D. Diego de Sandoval, conde de Castrogeriz.

D. Juan de Granada tuvo larga descendencia, pues, a la muerte de su esposa, casó en segundas nupcias con D.ª María de Toledo y Monzón, dejando de ambos enlaces larga progenie . El hijo mayor fue D. Juan de Granada, Caballero de Santiago que enlazó con D.ª Beatriz de Velasco y Mendoza, hija del virrey de Méjico y de D.ª Juana de Castilla . Por esta última, su esposa era nieta de D. Sancho de Castilla, noble cuyos señoríos estaban en el reino de Granada, concretamente la villa de Gor y la taha de Alboloduy. El primogénito de D. Juan no dejó descendencia, por lo que todos sus derechos dinásticos pasaron a su hermano.
El 22 de mayo de 1485 fue tomada Ronda por las fuerzas cristianas. Cuenta el Cura de los Palacios que D. Fernando, después de entregada la ciudad, dio a sus habitantes quince días de plazo para ir adonde quisiesen; y añade que algunos musulmanes, quizás los más proclives a la rendición, -el «Cordo», alcaide de Setenil, y el alguacil de Ronda, con más de cien casas- se fueron a vivir a Alcalá del Río. Pero todavía cabe puntualizar más, pues estos principales, en su mayoría, optaron por instalarse no en Alcalá, sino en Sevilla, decididos a vivir tranquilos en una ciudad cristiana por el resto de sus días: fueron éstos el alguacil de Ronda Abrahén de Alhaquime, su hermano Mahomad de Alhaquime, Alcabecén Hamete Alhaquime, Al Alcatid Hamete Alcordí («el Cordo» que habla Andrés Bernal, el cura de Los Palacios), Aben Yaya Alhaquime y Mahomad Taupí, entre otros.
Llegados a Sevilla, los notables musulmanes fueron tratados con toda suerte de consideraciones y miramientos, como convenía a los intereses de la política de conquista. Por orden regia, el receptor de la Inquisición Luis de Mesa y el alcalde mayor Juan Guillén les dieron como morada algunas de las casas de los conversos condenados.
Pasó el tiempo y la estancia en Sevilla no debió de resultar tan cómoda y agradable a los notables musulmanes como se imaginaron en principio: la intolerancia religiosa que allanaba el camino a la expulsión de 1492 no podía sufrir ya que llevaran una existencia apacible las minorías islámicas, con las que encima se libraba en el frente una guerra sin cuartel. Cabizbajos, los musulmanes resolvieron pedir licencia a los reyes para «pasar en Africa, que es allende el mar, para estar e vivir entre los moros de nuestra ley». Su ruego fue antendido. Y es más: los monarcas accedieron asimismo a otra petición suya, haciéndoles merced de poder vender las casas como y a quien quisiesen, por carta dada en Córdoba el 22 de marzo de 1487. Ante el temor de que retrajesen los posibles compradores, en la idea de que los inquisidores darían las casas a otras personas o bien de que los moros no estaban facultados a ponerlas en venta, el 31 de octubre de 1487 Mahomad Taupí pidió testimonio de sus derechos a Luis de Mesa ante el escribano de Sevilla Martín Rodríguez de Tabladillo. Conseguida la ratificación del receptor, el 2 de noviembre de 1487 Taupí vendió su casa a Diego el Zurdo, criado de Dª Teresa de Guzmán, la mujer de D. Pedro de Estúñiga, por precio de 5.000 mrs. El mismo día Hamete Alcordí vendió por 21.700 mrs. a Pedro Fernández de Sevilla su casa en la collación de Santa María la Blanca.
Al principio de la llegada de los granadinos a Sevilla se cuenta que no les fue del todo mal, sobre todo teniendo en cuenta que muy poco después, en 1502, culminando la vertiginosa espiral de intolerancia, se les iba a prohibir a los musulmanes la venta de sus bienes, tanto muebles como raíces. Las propiedades vendidas o dejadas en 1487 plantearon problemas: el 11 de octubre de 1495 los monarcas se preocuparon de la situación de las tiendas «olvidadas» por los moros de ronda pasados a Africa, que habían sido ocupadas por otras personas sin licencia real

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