Por Blas Infante

«Enseñando a la prole a odiar al progenitor, desde entonces, ya lo sabemos, nosotros seríamos los europeos de Castilla, conquistadores de esta tierra. Los árabes o !os moros fueron ahuyentados por nuestra valentía y constancia durante una guerra de ¡ocho siglos!». «Tan enterrada quedó esa cultura, tanto odio y tanto desprecio impotente se llegó a arrojar sobre su memoria, que cuánto trabajo nos ha costado a los investigadores empezar a imponer, incluso a los científicos de Europa, verdades que, con el instrumento del árabe, se encuentran casi a flor de Tierra. Afortunadamente, ninguno de estos investigadores a quienes pueda atribuirse capital importancia, ha sido andaluz. Holandeses, franceses, escandinavos, alemanes, españoles de otras regiones… No hay más que leer sus meritísimos trabajos para hallar en casi todos ellos una lamentación relativa a la resistencia de Europa a admitir verdades científicamente demostradas, tan sólo porque estas verdades implican una exaltación de la cultura del Al-Andalus. Por no citar más que a españoles y actuales y, sobre todo, católicos, examínense, por ejemplo, las obras de esos dos supremos investigadores Don Julián Ribera Tarragó y su discípulo Don Manuel Asín, acaso los prestigios mundiales más sólidos con los que cuenta hoy España. (¡Quién dejará de rendir un respetuoso homenaje a la Iglesia no política’ que representa el sabio presbítero Asín!). En cuanto al primero, después de sus geniales trabajos relativos al descubrimiento de ser Música de la Andalucía Musulmana las principales expresiones del Cancionero de Palacio (Siglo XV), de las Cantigas de Alfonso X (Siglo XIII) y de Trovadores, Troveros y Minnesinger y de la propagación de esta Música Andaluza por el mundo entero y de su acción elaborante de la moderna música, no obstante la contundencia definitiva de sus argumentos eruditos y la paciencia desarrollada en su comprobación práctica, respondiendo dócilmente a sus métodos de interpretación de un inmenso número de melodías medievales. Transcritas por el Sr. Ribera, yo he llegado a ejecutar 327…»

«… cantigas del Libro de Alfonso X y 356 (en tres fascículos) de Trovadores, troveros y Minnesinger. Es decir, un total de 700 piezas musicales en números redondos, con respecto a las cuales han triunfado los métodos de interpretación del Sr. Ribera. Pues bien, a pesar de esta prueba definitiva, todavía se llegan a discutir sus métodos porque dice él mismo: «¿Cómo confesar ahora que las naciones europeas alcanzaran en el siglo XVIII, la altura técnica que otra civilización odiosa (la andaluza) había alcanzado ya antes del Siglo XIII?». Y, en cuanto a Asín, también. Al demostrar el magisterio decisivo en los principales representantes de las escuelas medievales cristianas, de nuestros filósofos o teólogos musulmanes del Medievo, al investigar los orígenes de la filosofía de Al-Andalus y los obstáculos que ha tenido que vencer la Verdad para llegar a imponerse a pesar de las «negaciones apasionadas y rotundas que el prejuicio étnico y político ha engendrado en los cerebros mejor organizados». Y esto mismo ha ocurrido respecto a la lírica, la épica, la matemática, la botánica, la medicina, la justicia, la enseñanza, agricultura, astronomía, física, etc. Los investigadores citados, que también dedicaron su atención a algunas de estas disciplinas e instituciones y los demás que se ocuparon en los demás aspectos de desenterrar la cultura directora de Al-Andalus, Antorcha del Mundo en los siglos medios, que dije a la lejana Horsvita, poetisa sajona, todos protestan repetidamente de la saña con que todavía (actúa) el atavismo conquistador europeo.

¿Cómo iban a determinarse los europeos, nuestros bárbaros conquistadores, en favor de Andalucía esclavizada, animados por el sentimiento que, a priori señala una autarquía correspondiente al abolengo de foco cultural director, tal como lo hicieran con respecto a Grecia y a Italia, si ellos eran nuestros Señores y nuestra situación era precisamente la inversa de aquellos países? Porque Grecia estaba precisamente bajo el yugo musulmán. Italia, sometida y fraccionada, imposibilitaba el equilibrio europeo al mismo tiempo que era asiento de un poder político, en otro tiempo peligroso para los demás estados por su inspiración absorbente como era el Papado, herido de muerte desde el Renacimiento y al cual faltaba enterrar.

Traduzco de un hermoso libro acerca del Fracaso Moral de la Política Occidental en Oriente, de Ahmed Riza, Expresidente del Parlamento Turco: «El amor de los europeos por los griegos tuvo una lamentable traducción política. El fuego sagrado de su helenismo fue el que quemó nuestra flota en Navarino y continúa incendiando nuestras villas de Anatolia (la edición del libro es de 1922). Si realmente, su sentimiento de simpatía y de gratitud hacia los griegos tiene por cuna los servicios prestados por sus lejanos antepasados al progreso humano, tengan en cuenta que los servicios de los sabios musulmanes fueron más grandes todavía que los de los griegos y ciertamente más directamente aprovechados por Occidente». Tiene razón Ahmed Riza (…) Y continúa diciendo el escritor turco: «¿Por qué esta diferencia de juicio? La razón es bien simple. Los unos eran cristianos (o lo que sean, añado yo) los otros, musulmanes».

«Más de un millón de hermanos, nuestros, de andaluces inicuamente expulsados de su solar (las causas de los pueblos jamás prescriben) hay esparcidos desde Tanger hasta Damasco. El recuerdo de la Patria, lejos de esfumarse, se aviva. Ellos constituyen, por reconocimiento de los pueblos fraternos, que los mantienen en su hospitalidad, la elite de la sangre y del espíritu en las sociedades de esos países. Yo he convivido con ellos, he sufrido con ellos, he aspirado con ellos la esperanza de nuestra común redención. Porque esta redención será común o no será nunca».

«El año 1924 me determiné a reanudar las peregrinaciones que nuestros padres hicieron durante algún tiempo a la tumba de uno de los hombres más representativos del espíritu de nuestra tierra: Abul Kassen ben Abbet, Al Motamid, Rey verdadero de Sevilla y de Córdoba, de Málaga y del Algarbe. El último peregrino había sido un hijo de mi Serranía de Ronda, Algatib, Ministro del Sultán de Granada, en el Siglo XIV. ¡Siglos sin que Andalucía enviase su saudade en el cuerpo vivo de uno de sus hijos al sepulcro del Rey Poeta, que murió en el destierro lejano invocándola con versos dolorosos. Merced a una serie de coincidencias afortunadas que cuento en un escrito aún inédito que será capítulo de mi diwan de peregrinaciones, pude llegar a encontrar la tumba del Rey en el dormido cementerio de Agmat, al sur de Marrekesch, en la vertiente sobre Marruecos del Alto Atlas. (…) Allí no había europeos civiles ni militares cuyas líneas francesas habíamos dejado atrás. En mi viaje me acompañaba un intrépido muchacho catalán, gran espíritu, José Luis García Vidal. Llegamos a Agmat el día 15 de septiembre. Solos, con un guía que nos prestó una kabila próxima y un intérprete ayaní, sin cartas de presentación… ni de referencia, no llevábamos más arma, ni más guarda, ni más brújula que nuestro entusiasmo y… el nombre de Al-Andalus que desvanecía los recelos, apaciguaba las irritaciones que nuestra audacia despertó alguna vez y nos abría las puertas de aquellos campesinos montañeses quienes tan pródigos fueron en su hospitalidad. (…) Unos moran todavía en hermanos o extraños países, y otros, los que quedaron y los que volvieron, los jornaleros moriscos que habitan el antiguo solar, son apartados inexorablemente de la tierra que enseñorean aún sus conquistadores. Y es preciso unir a unos y a otros. Los tiempos cada vez serán más propicios. En este aspecto, hay un andalucismo como hay un sionismo. Nosotros tenemos también que reconstruir una Sión»

(Manusc. AAX, Fundamentos de Andalucía, 61-64)

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