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La noche es el más adecuado de los momentos para recogernos ante Allah y concentrar todas las fuerzas en su dirección, aislándonos de todo para tener momentos de intimidad con el Uno-Único, el Singular, el Solitario. En la calma de esos instantes propicios -en los que es posible sumergirse en la raíz de lo Absoluto- es donde realmente se puede intuir la Inmensidad a la que damos por nombre Allah. Allah se revela en el enigma de las noches. Son una oportunidad para abandonarse al presentimiento del Poder Creador. Se llama Qiyâm al-Láil, que significa Enderezamiento de la Noche (y también se le llama Ihyâ al-Láil, que significa Vivificación de la Noche) al acto de iluminar las tinieblas nocturnas con la luz del Salât, la Recitación del Corán y el Recuerdo del Nombre de Allah. A esto también se le llama Taháÿÿud y esta última designación alude a la fuerza abrumadora que hay en esa práctica, capaz de transformar al que la realiza con regularidad convirtiéndolo en centro de la existencia.

El Salât, la Qirâat al-Qur-ân y el Dzikr son resplandor en medio de la oscuridad, son como la existencia en medio de la nada, son como un desbordamiento en la aridez  de un páramo. El Qiyâm al-Láil y el Ihyâ al-Láil son la misma cosa: dar vida a la noche con actos de ‘Ibâda, con prácticas espirituales densas como el Salât, el Corán y el Dzikr. Al igual que iluminamos la oscuridad de nuestras noches con esas luces, Allah iluminará nuestras tumbas apartando los terrores que asaltan entonces a las criaturas en medio de la muerte.

La noche, cada noche, está cargada de reminiscencias para quien es sensible y tiene entendimiento penetrante. La noche es Presencia Envolvente de Allah en la que todo se relaja absorbido por la Grandeza Infinita de la Única Verdad, el Océano en el que la existencia entera y el universo entero es menos que una partícula remota. La noche es, a la vez, amable y terrorífica. En ella se disuelven los perfiles, las cosas pierden su carácter concreto, todo se evapora en medio de lo eterno sin principio y sin final, todo es recogido por Allah. Por ello se está más cerca de Él en la noche, más que durante el ajetreo del día cuando estamos centrados en otro mundo, el de la realidad cotidiana, el de nuestras obsesiones y quimeras. La noche, cada noche, es una oportunidad única para estar más cerca de nuestro Dueño Verdadero, una oportunidad para desvanecernos en su Majestad.

En el Corán se elogia a quienes “apartan sus costados de los lechos” para dedicarse al Recuerdo de su Señor mientras los demás duermen. Levantarse en el seno de la noche, realizar las abluciones y hacer el Salat es detonante de cosas sorprendentes en quien lo hace con regularidad. El Nabí (s.a.s.) decía: “Sed asiduos en la práctica del Qiyâm al-Láil, la Vivificación de la Noche, porque era la gran tradición de los sâlihîn, los hombres rectos que os han precedido, y es algo que os acerca a vuestro Señor, os evita la consecuencia de vuestra maldad y os aparta del mal camino”. Sobre el mérito del Qiyâm al-Láil, el Enderezamiento de la Noche, hay muchos hadices. Al-Hásan al-Basri (r.) dijo: “No hay ‘Ibâda (práctica espiritual) más poderosa que el Salât en las entrañas de la noche. ¿Por qué los rostros de los mutahaÿÿidîn -los que practican el Taháÿÿud, el Salât en el seno de la oscuridad- son los rostros más hermosos? Porque se encuentran a solas con el Rahmân, y Él los engalana con su Luz”.

El Qiyâm al-Láil, que es el Enderezamiento de la Noche, es decir, ponerse de pie y recto en la noche para hacer el Salât, resulta difícil para quien no respeta una serie de consejos que afectan al mundo material y al mundo espiritual del musulmán. Algunas de esas indicaciones que facilitan la agilidad durante la noche son las siguientes. Primero, quien desee estar fresco por la noche no debe comer mucho. Un maestro dijo a sus discípulos: “No comáis mucho porque beberéis mucho y el cuerpo os pedirá dormir mucho, y entonces perderéis la oportunidad de mucho bien”. Otro consejo que se da a quien quiera practicar el Qiyâm al-Láil es que duerma la siesta, tal como hacía Rasûlullâh (s.a.s.). Quien realice grandes esfuerzos físicos no debe proponerse la realización del Ihyâ l-Láil porque no hará otra cosa que atormentar su cuerpo y no sacará provecho de esas horas: mejor es que descanse y cumpla debidamente con sus demás obligaciones. Otra recomendación es la purificación espiritual: quien hace bien a sí mismo, a los suyos y a los demás, quien se abstiene de toda maldad, ése tiene un corazón ligero y fresco. El Imâm az-Záuri (r.) dijo: “Durante cinco meses se me hizo cuesta arriba levantarme por la noche para hacer el Salât a causa de una falta que cometí”.

Más consejos que se deben dar a quien se proponga iniciarse en la gran práctica del Qiyâm al-Láil -cuya forma de realización se debe estudiar en los tratados de Fiqh- es que corrija sus sentimientos hacia los musulmanes, vaciando su corazón de odios y rencores. También debe evitar cualquier desviación de su Islam, siendo estricto en el seguimiento de la Sunna. Igualmente, debe practicar la austeridad en su vida cotidiana, abandonarse a la conmoción ante Allah que le sobrevendrá cuando realmente sea consciente de lo que está haciendo y ante Quién lo está haciendo. Entonces el tiempo se plagará ante él y es como si el mundo hubiera pasado, y todas sus frivolidades y todas sus preocupaciones quedarán atrás, en lo consumido por el tiempo y devuelto a la nada… Estará ante Allah y sólo Él será su Señor.

Lo que induce al musulmán a abandonar el calor de su lecho para adentrarse hacia Allah atravesando el frío de las tinieblas es su amor por Él, fruto a su vez de la fuerza de su Îmân, de la capacidad de su corazón para presentir a Allah. Cuando eso es lo que le empuja, entonces obtiene respuesta a sus invocaciones y sus ojos ven lo Absoluto y lo embriaga un goce sin límites, pues Allah es fuente inagotable de placer. Abû Sulaimân dijo: “El disfrute de las Gentes de la Noche es mayor y más satisfactorio que el de los libertinos. Si no fuera por la noche, yo no sentiría ningún deseo de permanecer en el mundo”. Muslim recogió un hadiz en el que Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “En la noche hay una hora tal que si un musulmán tuviera la dicha de coincidir en ella pidiendo algo bueno a Allah, Allah se lo concedería, y es así todas las noches”.

La Vivificación de la Noche, el Ihyâ al-Láil, puede hacerse de varias maneras. Entre el Sálaf -es decir, entre los miembros de las tres primeras generaciones del Islam- había quienes eran capaces de estar toda la noche haciendo Salât, recitando el Corán y practicando el Dzikr. También había quienes dedicaban al Qiyâm al-Láil la mitad de la noche, para lo que dormían el primer tercio de la noche y su última sexta parte. También había quienes pasaban en vela un tercio de la noche, durmiendo su primera mitad y la última sexta parte de la noche. A este respecto hay un hadiz recogido por al-Bujâri y por Muslim en el que se dice que el mejor Salât es el realizado al modo de Dâwûd (‘aláihi s-salâm), es decir, el profeta David, quien dormía la primera mitad de la noche, se mantenía despierto un tercio de ella y volvía a acostarse durante la última sexta parte de la noche. También se cumple con el Qiyâm si se está en vela una sexta parte de la noche, o una quinta parte, a ser posible durante la segunda mitad de la noche. Por último, es correcto el Qiyâm de quien no tiene en cuenta nada de lo anterior y hace lo que puede cuando puede, pero con regularidad. Este sistema fue seguido por muchos miembros del Sálaf y también fue el modo en que solía hacerlo Rasûlullâh (s.a.s.), que fue visto durmiendo durante ciertas horas de la noche, y en otras ocasiones fue visto a esas mismas horas haciendo el Salât. Algunas veces se mantenía despierto haciendo el Salât hasta que el sueño lo vencía y entonces dormía hasta antes de amanecer, que era cuando se levantaba para reanudar la ‘Ibâda. Otras veces, dormía después del ‘Ishâ y cuando había descansado se levantaba para pasar el resto de la noche en vela ante Allah. Cada cual debe seguir el sistema que más se adecue a sus fuerzas y a  sus circunstancias. En cualquier caso, nadie debiera perder la oportunidad de estar unas horas por la noche entregado a la contemplación de su Señor, siendo lo más cómodo intensificar las prácticas desde que se pone el sol hasta la salida de las estrellas, dormir y levantarse antes de que amanezca para que los dos extremos de la noche sean iluminados por la bendición del Salât.

Además de lo anterior, aplicable a todas las noches, hay que saber que hay quince noches a lo largo del año que habría que aprovechar especialmente. Esas quince noches son la decimoséptima de Ramadán, que fue la noche que precedió a la batalla de Badr, y las seis noches impares de los diez últimos días del mismo mes, noches en las que espera coincidir con la Noche del Destino, Láilat al-Qadr. Además, la primera noche de Muhárram, la noche de ‘Âshûrâ, la primera noche de Ráÿab y también la noche central y la vigésimo séptima de ese mes, que es la Noche del Viaje Nocturno, Láilat al-isrâ. También la noche de la mitad de Sha‘bân, la de ‘Árafa y las noches de los dos ‘Îd.

A lo largo de la semana también hay noches propicias, como las de los lunes y los jueves. Al mes, las noches de luna llena son también momentos en los que el Qiyâm no debe ser descuidado.

  Segunda Parte

         al-hámdu lillâh…  

       Afortunadamente, la inmensa mayoría de los musulmanes viven el Islam con intensidad y pasión. Esto quiere decir que están poderosamente impregnados por él. Ya sea por una práctica rigurosa del Dîn, ya sea porque el entorno en el que viven les comunica la fuerza que tiene en su autenticidad, para todos los musulmanes el Islam es mucho más de lo que puede decirse con palabras.

El Islam no se aprende, se saborea. Para eso están las ‘Ibâdas. Las prácticas islámicas no son formalidades, son la fragua en la que el musulmán se hace. Las ‘Ibâdas, todas ellas, tienen una importancia radical porque construyen la personalidad del musulmán. Lo asoman a lo indecible y ahí recoge su Islam, bebiendo de la Fuente Verdadera. Y esto lo saben perfectamente todos los musulmanes, y para ellos las palabras se quedan cortas, son insuficientes o incluso inadecuadas para expresar lo que presienten en las profundidades de sus corazones.

A un musulmán le cuesta explicar qué es el Islam. Le es más fácil decir cómo es el Islam, y entonces describe las ‘Ibâdas y dice que el Islam consiste en el cumplimiento de sus cinco pilares. Sin darse cuenta, está haciendo lo correcto. Desde fuera puede dar la impresión de que el Islam se limita a unas cuantas formalidades, pero desde dentro se sabe que el Islam sólo puede ser comprendido en la sumisión absoluta a Allah, y ése es el único modo. Todo lo demás es palabrería.

El Islam nos invita a ser musulmanes, y para serlo debemos forjarnos en las ‘Ibâdas. Tienen un poder asombroso. Reestructuran por completo nuestra visión de las cosas y nos conducen, sin que casi nos demos cuenta, por el camino recto. Las ‘Ibâdas nos rinden ante Allah y en esa derrota nuestra descubrimos la Grandeza Inexpugnable de quien nos hace ser, y entonces Él nos hace ser musulmanes…

Fuente: musulmanesandaluces.org

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