Loading

Por Abdelmumin Aya

Bismil-lâhi r-rahmâni r-rahîm

El Islam no es algo aparte de la vida. El Islam es lo que ya hay. Y nosotros dedicamos nuestra vida entera a descubrir qué es lo que esto significa. El Islam es lo que permite instalarse de verdad en el mundo. La vida espiritual de los musulmanes no es un viaje a la cuarta dimensión sino esa fascinación permanente a la que estamos sometidos los que un día intuimos que la realidad no era plana y que uno podía internarse en ella para vivirla con más intensidad. Nosotros no pensamos que Al-lâh pertenezca al ámbito de lo privado sino al del funcionamiento de las cosas.

Dice un hadiz de nuestro amado Profeta: “Esta religión es sólida y fuerte, adentraos en ella con calma y suavidad”. Adentraos con suavidad por esta senda… El Islam es la lucidez suficiente para empezar una senda. Si somos capaces de descomplicar nuestro mundo, descubrimos que existimos; que estamos vivos; y ahí comienza tu Islam. El Islam es descomplicar tu vida; no obsesionarte con las cosas. Encontrar la naturalidad en todo; ése es nuestro modo de construir jardines en la vida diaria. A veces auténticos buscadores nos preguntan sobre el Islam, pero quizá no se dan cuenta de que lo importante no es encontrar respuestas, sino abrir puertas. El Islam es abrirse; no morirse en torno a una idea, como les sucede a los que creen en los dogmas.

Después de varias generaciones en que la mayor parte de nosotros -los musulmanes españoles- tuvimos la tentación de imitar en lo formal a nuestros hermanos marroquíes (mientras paradójicamente nuestro Islam era una especie de cristianismo en árabe), hemos llegado a nuestra mayoría de edad y nos enfrentamos al Islam como lo que surge de esta tierra, lo autóctono, lo original que se abre paso, lo que se gesta por sí mismo. Y nos dejamos llevar por eso. No somos nosotros los que predicamos el Islam sino el Islam el que nos lleva, y no sabemos a dónde nos lleva… Nuestra senda es ir muriendo poco a poco a la mentira de la idolatría para llegar a no se sabe dónde. El musulmán ha aceptado el devenir, el cambio, lo imprevisto como su forma de vida.

Porque en el acto mismo de dejarse llevar empezamos a descubrir cosas…

Islam es dejar que las cosas fluyan, que Al-lâh fluya y vaya haciéndote. Es dejar de tener el control sobre el proceso del que eres protagonista. Todo este proceso no tiene meta, porque Al-lâh no tiene meta. No hay un fondo para la existencia.

Os habéis puesto en las puertas de Al-lâh no buscando lo que deseáis, sino buscándolo a Él, sin condicionarlo, sin interés; Al-lâh, sea lo que sea, Al-lâh, la inmensidad que se abre camino en ti. Si esperas que llene el hueco que le traes, no esperas que te llene Al-lâh… Podría hacerlo cualquier otra cosa.

El Islam hace tiempo que no pide permiso para ser. Nosotros estamos aquí.

Nos ha traído lo inexplicable y estamos aquí. El Islam no es una religión; es lo que sucede cuando la realidad se va articulando, cuando la luz se va espesando. Y aquí estamos. Y aquí estaremos siempre, como Sabora y como Abdennur. Sólo un musulmán sabe lo que significa “aquí”. Aquí: el lugar del milagro. Aquí: el lugar de la muerte. Aquí: el lugar de la resurrección. “Aquí” nos cuesta la vida a los musulmanes. Porque “aquí” significa que hemos transformado nuestra acción en mundo, “aquí” significa que el mundo existe, y a esto es a lo que nos sometemos. A la realidad.

Cualquiera que os diga que el Islam es otra cosa –la sumisión a un Dios, la esclavitud a un Dios- aún está en la corteza. El mûmin que ha interiorizado su Islam se coloca en el centro. El que está en el centro no tiene nada que temer.

Las cosas suceden en el exterior y él permanece en su lugar, sin inmutarse. Va llenándose de la fuerza que otorga Al-lâh a los que alcanzan el centro. Y desde donde se encuentra comienza a gobernar el mundo sin parpadear. Esto que decimos es un escándalo para los que odian el orden… Nosotros somos los hombres del centro, los hombres de la intimidad. De la intimidad ¿con Dios?

¡Dejemos de una vez en paz a Dios en su Cielo y quedémonos con esta vida, con la vida! Dejemos a los hombres de la religión con sus fabulosas historias acerca de Dios, con sus dogmas y sus misterios, y dediquémonos a estar aquí de una vez…

Somos los hombres de la intimidad con el mundo, de la intimidad cada uno consigo mismo. El camino no va hacia Al-lâh. Esto es una mentira más de los hombres de las religiones. El camino comienza en ti y acaba en ti. Esto es todo lo que te atañe; cualquier otra cosa es un motivo para la pasividad, para la especulación religiosa, para la palabra que da a unos hombres poder sobre otros, sometiéndolos.

A cada uno de los que nos hemos reconocido musulmanes nos ha llegado la Palabra como algo insólito, la Palabra que se deslizó por los labios de Muhammad y levantó a la gente en una nación. Ahora sabemos que no todas las palabras son iguales. Nosotros, los musulmanes, buscamos oír sólo las palabras que desencadenan lo que está en nuestro interior. Y cuando las oímos acudimos, a pesar de lo que digan de nosotros los que nada saben y nada han oído nunca. Estamos hechos para dejarnos arrastrar por las palabras que tienen vida dentro. Nos adiestramos a saberlas reconocer.

Estamos dispuestos a hacer lo absurdo para estar con esa palabra que nos convoca en torno de sí. La “palabra convocante”, sí: la palabra que construye un grupo, una nación, un mundo. Lo que no sea palabra que enlaza a los hombres es puro engaño fabricado para que alguien tenga poder sobre alguien. La palabra que nos deja fríos –la teología de las castas sacerdotales de la religión, de la intelectualidad, de la política…- es palabra al servicio del poder. El musulmán no acepta ninguna clase de poder porque Al-lâh es su libertad absoluta y todo lo que no es sentir esa libertad de Al-lâh es insoportable para él. El musulmán es un hombre libre y no soporta el gesto del esclavo. “Niega lo que te limita; destruye lo que te constriñe”, es la invitación que te hace el Islam.

El Islam es el esfuerzo por denunciar las mentiras que han esclavizado a los hombres, las mentiras con las que hemos urdido nuestra relación con el mundo.

Se trataba de vivir, de estar despiertos, de existir, porque existir es alhamdulillah… ¡Cuántas excusas, cuántas mentiras, cuántos velos hemos interpuesto entre nosotros y la realidad! Aceptar a Al-lâh es negarse a los ídolos, y los ídolos son todo aquello que nos desconecta de la realidad, todo aquello que nos impide compartirnos con el Todo.

Por eso invitamos al Islam al que nunca ha creído en religiones. E invitamos al Islam al que ha sido engañado por ellas. Y también invitamos al Islam al que le queda una gota de sangre para luchar contra la injusticia social, se diga anarquista, marxista, teólogo de la liberación o sencillamente un hombre sano.

Convocamos al Islam al que aún no está alcoholizado, al que aún tiene la mente limpia de fármacos, al que aún está virgen respecto a lastergiversaciones de los medios de comunicación.

El que no acepta la mentalidad religiosa es musulmán. El que ha visto cómo las clases sacerdotales han jugado con su conciencia es musulmán. El que no soporta la tiranía y toma una postura activa contra ella es musulmán. Al Islam no se viene a someterse a un psicoanálisis, ni a confesar miserias, sino a que un shaij te diga contra qué tienes que luchar para transformar tu mundo.

…Sabemos que nuestras palabras serán difíciles para los que no hayan decidido comenzar un camino de descubrimiento de sí mismos. Para todos aquellos que piensen que el Islam es una religión y que Al-lâh es un Dios más de tantos que están al capricho del hombre. Pero Al-lâh está al margen de nuestras mentiras. Los musulmanes no nos inventamos un Dios para luego someternos a Él; nos exponemos a Al-lâh como el que se expone a la tempestad, al huracán, sin saber si sobreviviremos o no. Al-lâh no es el cúmulo de nuestras imaginaciones y nuestras dilucidaciones proyectadas al Cielo y sentadas en un Trono Celestial. Al-lâh es aquello con lo que te das de bruces, lo que se te impone como lo real, lo insustituible, lo definitivo. No se presta a nuestros caprichos, a nuestros toma y daca. Eres tú el que tienes que ir hacia el centro, hacia la intimidad, hacia el no-miedo, y no Él el que tiene que amoldarse a tus teologías… Pero hay que ser muy valiente para decidir dejar de tener miedo.

…Lo más difícil es aceptar que comiencen en ti las transformaciones… Esas transformaciones que harán de ti un musulmán, un hombre que se ha propuesto dejarse traspasar por lo que le rodea. Y la transformación es dolorosa, aunque este dolor vaya siempre seguido por un placer jamás imaginado. La transformación de nosotros mismos es extraña también para los que nos rodean… ¡Que no nos vengan a los musulmanes con que somos fatalistas porque no creemos en el libre albedrío! La nuestra es la espiritualidad que es capaz de encontrarle el nervio a la realidad. Nosotros nos transformamos en vida. Los musulmanes verificamos en nosotros mismos el proceso por el que la materia se transforma en energía. El musulmán parte de su cuerpo –de darle sus derechos al cuerpo- y acaba haciéndose transparencia, haciéndose luz. El musulmán se abrasa en su Señor, se consume viviendo, se transforma en esa energía que mueve los ejes de la tierra…

Acabo ya. Lo digo una sola vez más: El que se haya convertido al Islam y no critique el Poder con toda su alma está cambiando una mentira por otra.

Porque el musulmán, con esa intimidad de la que hemos hablado, deshace las mentiras de los que controlan las conciencias… El musulmán es el que cambia la realidad; el que os diga lo contrario, os está mintiendo. Puede hacerlo incluso sin salir de su casa, del centro del cosmos que le ha sido dado. Puede hacerlo desde aquí mismo. Basta que ponga las manos en posición de du`â y que desee con fuerza que las cosas sean de un modo. ¡No que “piense desearlas”, sino que las cumpla con su deseo! El musulmán se adiestra durante toda su vida en desear de verdad, sin racanería, porque su mundo depende de él. De eso se trata. De no ponernos pasivamente en manos de un Dios ajeno a la

realidad, extraterrestre a las cosas, un Dios añadido al mundo, un Dios inventado para cubrir nuestros miedos y nuestras frustraciones… Negarnos a un Dios que está aparte de la vida y hacer un suyûd, una postración con la frente en la tierra, que te hará libre e ingobernable. Ese gesto tan chocante de los musulmanes de poner la frente en el suelo hace tambalearse todos los poderes de la tierra. Ésa es la llave de todas las puertas. A partir de ahí el mundo se te abre de par en par, y entras…

Wa l-hamdu li l-lâhi rabbil ‘âlamîn.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *