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El 1 de febrero de 1979, con la llegada del Imam Jomeini a Teherán, marca el triunfo definitivo de la Revolución Islámica. Podemos considerar que la Revolución Islámica fue un suceso originado, entre otros motivos, contra el eurocentrismo, no solo por el derrocamiento de la dinastía Pahlavi (1925-1979), sino porque rompía con el marco orientalista que observa a los musulmanes como carentes de agencia.

Este anti eurocentrismo se puso de manifiesto en los intentos por lograr una transformación cultural cuyo objetivo era la «des-occidentalización» de la sociedad iraní. 

Esta revolución puede categorizarse como la primera que no siguió la gramática occidental y por esta razón fue impredecible para académicos y expertos. El ejemplo que se suele emplear es el libro Irán: Dictatorship and development que Fred Halliday escribió meses antes de la revolución de 1979. La obra intenta predecir los posibles escenarios una vez que la dinastía Pahlavi desapareciese, algo que por entonces era ya más que evidente. Halliday no considera en ningún momento la posibilidad de una revolución islámica entre sus múltiples predicciones, sino que habla de gobierno nacionalista, socialista, una nueva monarquía, etcétera.

Que la posibilidad de una revolución islámica no estuviese ni contemplada nos sirve para criticar la óptica política occidental, que según ellos no es capaz de ver el Islam como herramienta política. En otras palabras, la posibilidad de usar el lenguaje islámico para lograr una emancipación política, era y es inimaginable para el relato occidental.

La revolución habría sido la materialización de una identidad islámica, insertada en una genealogía alternativa de resistencia anti-colonial con una gramática propia que no puede ser expresada en el lenguaje occidental de la liberación nacional ni del marxismo. De esta forma se habría dado respuesta a una de las preguntas más acuciantes para el islamismo: ¿cómo pueden los musulmanes vivir políticamente, en el mundo actual, como musulmanes?

Esa es la importancia de la Revolución Islámica en términos políticos. Posibilitó un descentramiento de Occidente, en términos epistémicos, que abrió la puerta a maneras políticas alternativas de estar en el mundo. Maneras que nada tenían que ver con la hegemónica representada por Occidente. Este punto se materializa en el propio Imam Jomeini y su producción intelectual. El Imam escribía como si la gramática occidental no existiese. Una vez más, esa irrelevancia de occidente, como ideología, supone una de las mayores innovaciones políticas de la Revolución y del propio pensamiento de Jomeini. 

La Revolución Islámica representa, por tanto, la crítica por excelencia de Occidente como gramática universal. Si bien no se trata de una crítica punto por punto de la ideología Occidental, si que podemos afirmar que la Revolución Islámica imagina un escenario político que podemos llamar post-occidental. Y ese escenario, abierto por la Revolución Islámica, facilita que los musulmanes, como musulmanes, sean capaces de imaginar un futuro político en el que se comporten como sujetos con agencia. 

Esta agencia política significa que los musulmanes tienen la capacidad de decolonizarse a sí mismos y alinearse, de nuevo, con la historia islámica. Está descolonización no hay que entenderla en términos estrictamente nacionales. De hecho, el imam Jomeini, a través de la Revolución, consiguió crear una identidad política islámica capaz de ir más allá de las identidades nacionales y sectarias. Entendió la agencia política como la capacidad de los musulmanes de decolonizarse a sí mismos y re-suturar sus sociedades dentro de una tradición histórica islámica. Esta decolonización tiene como objetivo el desmantelamiento del orden colonial global. Por tanto, la importancia del Imam Jomeini se basa en su capacidad de romper la identificación entre “universal” y “Occidente”. En otras palabras, gracias a la Revolución Islámica, Occidente es revelado como un mero particularismo más. 

La Revolución y posterior creación de la República Islámica viene a dar voz a la Umma que se encontraba en un estado que podemos calificar como «ausencia de hogar político». Esta búsqueda de la unidad islámica es vital para entender a la  República Islámica como hogar político de todos los musulmanes, una especie de gran poder capaz de defender a toda la comunidad islámica de los ataques de Occidente. El proyecto de la Revolución es un proyecto ummático, es decir, intenta ser un referente político para todos los musulmanes. 

Esa es otra de las características principales del Imam Jomeini. Una visión que varios expertos han definido como «post-mazhabi», y que busca precisamente esa superación de las divisiones nacionales y sectarias. Hay que recordar que el estado-nación tiene unos orígenes claramente coloniales. Unos orígenes que hace imposible, en muchos casos, que el Islam sirva de punto nodal alrededor del cual se construya una identidad política. 

Esa visión ummática y post-mazhabi se pierde cuando se analiza la Revolución desde una óptica occidental-secular. El secularismo no hay que entenderlo como la mera ausencia de religión o su exclusión del espacio público, sino como un proyecto normativo que construye sus propios límites. El secularismo no es ni natural ni la culminación de un proceso histórico. Es visto como un discurso disciplinador, una modalidad política que considera ciertas sensibilidades políticas como válidas mientras excluye otras al considerarlas como una amenaza. 

Otro de los logros de la Revolución fue el romper con la idea de que lo político tiene que verse reducido a lo secular. La Revolución Islámica rompe con ese marco disciplinador. Gracias a esto, gracias al triunfo en 1979, es posible encontrarse con movimientos de resistencia tales como Hamas o Hezbollah, movimientos de resistencia que no siguen el lenguaje occidental para articular sus luchas, sino que siguen un lenguaje claramente islámico. 

La existencia de la República Islámica, así como la de Hezbolá o HAMAS, demuestran que lo político puede expresarse en una gramática no secular y no occidental. 

La Revolución de 1979 posibilitó un movimiento anti-hegemónico que continúa presente hoy en día. La existencia del llamado Eje de Resistencia es el mejor ejemplo que las semillas políticas plantadas en Irán en 1979 han germinado por todo «Muslimistán». 

Podemos por tanto decir, a modo de conclusión, que entender la Revolución Islámica es entender el rechazo al lenguaje occidental y la necesidad de articular visiones políticas independientes y autónomas. Unas visiones que favorecen relaciones de solidaridad intra-ummáticas, relaciones que no están construidas desde una visión jerárquica y vertical, como las planteadas por Occidente, sino que se caracterizan por una horizontalidad. 

El éxito de la Revolución, por último, no hay que buscarlo sólo en la exportación de cuadros revolucionarios, sino en conseguir que el lenguaje Islamista se convirtiese en el lenguaje político de «Muslimistán». 

Por XAVIER VILLAR/hispantv.com

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