“Las sanciones contra Irán han generado una verdadera crisis económica en el país, y actualmente Irán está sufriendo grandes dificultades financieras…, ¿Ha provocado esto un cambio de comportamiento? La respuesta es mucho menos de lo que nos gustaría”.

Estas palabras, pronunciadas por la secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen, ponen de manifiesto que el único interés de las sanciones contra Irán es la de crear sufrimiento en la población iraní. Hay que aclarar que el objetivo de este artículo es analizar las sanciones y no la situación económica en la República Islámica. Situación, por otro lado, que nada tiene que ver con las palabras de Yellen. 

Las sanciones tienen una larga historia dentro del sistema occidental. No son una alternativa o complemento a la guerra, sino una guerra por otros medios. Están dirigidas principalmente desde el núcleo hacia la semiperiferia y la periferia. Están diseñadas para dañar gravemente las fuerzas productivas internas de los estados-nación y crear poblaciones dependientes. Estados Unidos y la Unión Europea sancionan países no como alternativa a la guerra, sino porque el enfrentamiento armado directo a menudo no es una opción cuando los estados periféricos o semiperiféricos tienen suficiente capacidad militar disuasoria para hacer que la guerra directa sea inviable. 

Cada vez hay más investigaciones sobre la historia de las sanciones globales, y sugieren que su función va más allá de ser una “alternativa a la guerra”. De hecho, se ha llegado a considerar que las sanciones son una herramienta de guerra moderna. Cuando la resistencia desde las periferias —en forma de movimientos de descolonización y antiimperialismo— logra demostrar su capacidad para enfrentar la violencia armada que niega su soberanía, es entonces cuando las sanciones emergen como una estrategia fundamental de los estados occidentales dominantes. Su objetivo: mantener a ciertas periferias en un estado de permanente subordinación.

Las sanciones se convierten en una herramienta de guerra, justamente en el momento en que los colonizados reclaman su soberanía política. En el caso concreto de la República Islámica, las sanciones aparecen en el momento en que el país deja de ser un estado pro-occidental. Desde una perspectiva más general, las sanciones pueden considerarse como un instrumento de una guerra contrarrevolucionaria de restauración colonial. Podemos ubicar el inicio de la historia de las sanciones globales en la reacción imperialista de principios del siglo XIX a la Revolución Haitiana. La revolución estableció la república independiente de Haití a través de una lucha armada que el poder colonial francés no pudo sofocar. Al no poder recolonizar Haití por la fuerza, Francia y Estados Unidos respondieron a la afirmación de la soberanía haitiana imponiendo un embargo comercial punitivo sobre Haití.

Durante el siglo XIX, Francia y Estados Unidos continuarían utilizando las sanciones como instrumento de guerra colonial. Conforme la descolonización y el antimperialismo se aceleraron y consolidaron desde mediados del siglo XX, dando lugar a estados formalmente independientes en el Sur global, la reacción imperial intensificó y expandió el uso de las sanciones como instrumento de restauración colonial.

Las sanciones contra Irán se entienden, por tanto, desde una óptica racial que pretende castigar a toda una población al considerar que se ha alejado de los estándares aceptables liberales. La idea de que las sanciones tienen una lectura racial se puede explicar al definir la raza, tal y como hace la profesora Alana Lentin, como tecnología. Una tecnología para la gestión de la diferencia humana, cuyo objetivo principal es la producción, reproducción y mantenimiento de la supremacía blanca —entendiendo blanca no a nivel biológico sino epistémico—, tanto a nivel local como planetario.

No se está queriendo decir que las sanciones, por sí solas, tengan la fuerza para racializar a poblaciones enteras. Lo que se está intentando explicar es que las sanciones forman parte de ese conglomerado de instituciones, discursos, prácticas, tecnologías, economías… cuyo objetivo es excluir a las personas no blancas de la categoría de lo humano, tal y como se entiende en el mundo occidental moderno.

Occidente, y en concreto los Estados Unidos, sancionan a la República Islámica porque esta no encaja con los valores y disposiciones fundamentales que promueven.  Las sanciones, como ya se ha apuntado, aparecen justo en el momento en que la República Islámica comienza a presentarse como alternativa política a Occidente. Las sanciones buscan disciplinar y controlar la soberanía de Irán con la complicidad del orden jurídico internacional. Recordemos que los tres principales organismos que actúan como mecanismos institucionales de aplicación de sanciones económicas incluyen a los Estados Unidos, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la Unión Europea.

A este respecto hay que recordar que el orden jurídico internacional forma parte de esas relaciones políticas a las que anteriormente no hemos referido y cuyo objetivo, recordemos, es la exclusión de las personas no blancas de la categoría de lo humano.

Los efectos de las sanciones en Irán tienen consecuencias terribles para la población. Por ejemplo, con Trump en la casa blanca y su política de “máxima presión contra Irán”, se limitó el acceso a medicamentos para el tratamiento del cáncer y de la epilepsia. En el punto álgido de la pandemia de COVID, Trump incluso aumentó las sanciones contra Irán. Unas sanciones que continúan con la actual administración demócrata.

Las palabras de Janet Yellen no hay que entenderlas como las palabras de una cínica o de una sádica. Sus palabras tienen una clara función política. Todos los occidentales se benefician de la opresión contra los demás —algunos se benefician más que otro—, y la presencia de posiciones extremistas como la suya contribuye a sostener esa opresión.

Mantener las sanciones contra Irán es mantener esa opresión racial que pretende que el país y su población no tenga agencia propia. Pero a pesar de estos esfuerzos, la República Islámica ha conseguido mantener tanto su independencia como liderazgo regional.

Por: Xavier Villar/hispantv.com

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