Manuel Barrios Aguilera, Universidad de Granada

La figura histórica del morisco nace a raíz de la nueva derrota de los musulmanes, hasta ese momento mudéjares (estatus emanado de las Capitulaciones de Granada, de 1491, signadas entre los Reyes Católicos y Boabdil), tras la sublevación producida en el Albaicín a finales de 1499 y, posteriormente en los lugares serranos del Reino de Granada, a causa de la intolerancia del cardenal Cisneros y de los abusos y exacciones de las autoridades castellanas. La general conversión y las capitulaciones subsiguientes tienen lugar entre 1500 y 1502.

La Corona, por decreto de 12 de febrero de 1502 sentencia un nuevo orden: o conversión o exilio. Nace oficialmente para Granada y reinos de la Corona de Castilla el status morisco. Morisco, en su sentido más propio es cristiano nuevo moro, converso de moro o nuevamente convertido, como aparece invariablemente en la documentación a partir de esa fecha. Así de precisa es su significación, por el contrario del uso que en sentido lato se hacía del término con anterioridad, en que venia a significar alusivo a lo moro. Pero la voz morisco encerrará muy pronto otra connotación, la de criptomusulmán. Pasados los primeros años del siglo XVI, se confirman las sospechas sobre la forma de conversión. La esforzada labor asimiladora evangelizadora del jerónimo Fran Hernando de Talavera (primer arzobispo de Granada, 1492-1507) no había obtenido apreciables resultados. Sus métodos suaves, de un cristianismo humanístico, inspirados en la idea de primero instruir y convencer, luego bautizar, se habían estrellado contra la invisible barrera de rechazo de un pueblo fuertemente asido a su ley islámica, enraizada en lo más profundo de su civilización. El respeto e incluso el afecto de los mudéjares granadinos por el «santo alfaquí» no podía ocultar la decepción de los gobernantes castellanos y de la jerarquía eclesiástica del logro irrenunciable del principio «un solo pastor, un solo rebaño». La llegada a Granada de fray Francisco Ximénez de Cisneros, franciscano, arzobispo de la sede toledana, que implicaba de hecho la postergación en la labor evangelizadora de Talavera, no fue casual, v aparte otras lecturas de alta política cortesana: oposiciones fernandinos isabelinos, políticas de supeditación de la Iglesia al Estado o viceversa…, respondió, sin duda, a la satisfacción de ese mandato supremo de unidad religiosa. Llegado a Granada en noviembre de 1499, con su desproporcionado celo, puso de manifiesto la inviabilidad de unas capitulaciones que habían creado el ilusorio montaje de dos religiones antagónicas por larga tradición histórica bajo un solo Estado. La formación teológica del arzobispo toledano, que preceptuaba el bautismo del infiel a cualquier precio, y su apuesta por la razón de Estado fueron puestas en práctica con medidas de una ferocidad impropia de quien desarrollaría una labor humanística de primer orden, con la edición de la Biblia Políglota Complutense o la creación de la Universidad de Alcalá. La quema de «Alcoranes» en la plaza de Bibarrambla de la capital granadina y su calculada jactancia por los bautizos masivos ante el cabildo catedralicio de Toledo son símbolos de un capitulo vergonzante de la historia de la intolerancia.

En el campo religioso, la realidad del morisco conlleva el criptoislamismo, es decir, que aparentando públicamente ser cristianos, pues formalmente así los hacía el bautismo recibido, la inmensa mayoría se mantenía secretamente musulmana, desarrollando fuera de la vista de los cristianos viejos sus prácticas religiosas, ritos y costumbres. Se amparaban para ello en la taqiyya, que es el nombre con que se conoce la disimulación «legal» a que se podían acoger los creyentes musulmanes cuando se vieran coaccionados o amenazados de peligro, ocultando sus propias convicciones, siempre que existiera la intención íntima de mantenerse en su fe islámica.

La vida religiosa y las celebraciones

La vida religiosa de los moriscos granadinos, como los de todo el mundo hispánico, se atenía básicamente a la de los árabes y demás pueblos que practicaban el islamismo, con un empobrecimiento y simplificación ritual consecuencia de la situación de persecución y marginación en que vivían como pueblo sometido. Ni el paso del tiempo, ni las circunstancias adversas aflojaron la exaltación religiosa y la fidelidad a la ley islámica de la mayoría de los neoconversos. Es difícil precisar qué hubiera sucedido de no haber terminado el período granadino con la guerra y la deportación desde 1570, dada la capacidad aculturadora del tiempo y la voluntad asimiladora de los poderes. Ahí está el ejemplo de los moriscos castellanos, en avanzado proceso de asimilación cuando llegó la «solución final», es decir, la expulsión decretada por Felipe III.

Las prácticas principales pueden resumirse en la ablución ritual, purificación que precedía a la oración, llamada guado, la oración, llamada zala o zalá, cinco veces al día, y el ayuno del Ramadán, a las que había que unir las ceremonias que acompañaban los actos del nacimiento, matrimonio y muerte, que siendo prácticas propiamente islámicas eran también una forma de mostrar la oposición y rechazo de las prácticas cristianas. Un apartado denso y rico en enseñanzas sobre la vida religiosa y el comportamiento cotidiano de los moriscos es el de las celebraciones
Eran muchas y diversas, y afectaba todas las manifestaciones de la vida: la fada (o fadas) equivalía al bautismo cristiano, y además de la consagración a Dios, se imponía un nombre musulmán al recién nacido; luego un plazo de ocho días, en el varón se procedía a la retajación, consistente en cortar el prepucio del miembro viril; el matrimonio, sin tener caracter religioso, se acompañaba de tradiciones de fuerte carga ritual: tintar a la novia de alheña (un producto vegetal característico), depilación y otros maquillajes y afeites, y celebrar fiestas acompañadas de zambras y leilas, en que se entonaban cantos de alabanza a Alá; la muerte y enterramiento, repletos de carga ritual desde la asistencia en los últimos momentos de la vida, la purificación del cadáver, el amortajamiento (vestido con camisa nueva y envuelto en una sábana), la conducción del difunto, el enterramiento en tierra virgen, con el cadaver puesto de costado y situado de modo que estuviese orientado hacia La Meca…
Los cronistas e historiadores tempranos difundieron la afición de los moriscos a todo tipo de prácticas supersticiosas (seguramente no más abundantes que las de los cristianos viejos, pero sí diferentes). La hechicería, concretada en la fabricación y posesión de talismanes y «nóminas de moros o herces, conteniendo invocaciones a Alá, que en diversas formas se colgaban del cuello o se escondían en lugares apartados de la casa, y patenas, con letras o insignias como la “mano de Fátima”, la luna y otras inscripciones; la hechicería estaba relacionada con la magia y a veces con lo demoníaco. Profecías y pronósticos, por la tendencia natural del morisco a enlazar con la progenie oriental de su cultura: así los célebres jofores que circularon en vísperas y durante la guerra, donde se aventuraba una nueva ocupación de España por los musulmanes. La curandería: los sanadores moriscos, que gozaron fama, siempre se pensó que desarrollaban prácticas de magia y hechicería. El fabuloso mundo de los tesoros también se relacionó con las prácticas mágicas de los moriscos, pasando al imaginario cristiano los “tesoros de moros”.

Manifestaciones de la vida cotidiana.

Las expresiones de la vida cotidiana son la mejor escuela de conocimiento profundo de los moriscos, pues su imbricación con las del mundo de las creencias son estrechas, aun las que afectan a áreas de la vida material más primaria y elemental. La familia morisca ocupa el primer plano, con un acusado componente diferencial respecto de la viejocristiana: es fundamentalmente una familia conyugal, de dimensión semejante a la de los cristianos viejos aunque se tendiera al agrupamiento bajo un mismo techo, con casas intercomunicadas, a veces fruto de una división interna consecuencia de las herencias, y una sola puerta al exterior. Eran viviendas de poca extensión, sobre todo en las clases menos privilegiadas. En el medio rural, era común la tendencia a agruparse en barrios dentro de la alquería. Hay que negar la poligamia, elemento residual, así como resaltar el papel de la mujer en la conservación de las tradiciones («guardiana de la tradición», se ha llamado con fundamento) dado su menor contacto con el exterior. Se mantiene el respeto al linaje y la endogamia, con fuerte carga tradicional en la historia musulmana.
La alimentación morisca está relacionada con el medio geográfico hispánico y mediterráneo y en la preceptiva religiosa de la ley islámica, categórica en la prohibición del cerdo y muy estricta en el consumo de la carne de los demás animales, cuya forma de matanza se regula precisamente. También la prohibición del vino, como cualquier otra bebida que pudiera embriagar, aunque su cumplimiento fue más laxo, y en modo alguno acabó en la repugnancia a su consumo como pasó con el cerdo.
Los moriscos granadinos fueron consumidores de productos hortícolas (legumbres, verduras), de frutas de toda clase y de cereales diversos y arroz. Se ha hecho tópica su afición a los zumos con que acompañaban las comidas: de naranja, de limón, de mora… a los dulces y confituras de toda especie: mazapanes, turrones, alfajores, pastas, pasteles, hojaldres, tortas, arrope…, con base en la miel, el azúcar, la almendra, especias muy diversas y toda suerte de cereales, frutas y hortalizas (membrillo, higos, calabacín, moras, saúco…); a los frutos secos, a las pasas, a las aceitunas…; a las gachas; al queso.
Algunos platos han trascendido los siglos: el alcuzcuz, alimento cerealístico básico, y el mizgueme, aportación típicamente granadina a la cocina morisca hispana, unas tortas hechas con aceite y queso. Fueron buenos consumidores de carne: de cordero, de carnero y de cabrito, muy abundante en la quebrada geografía granadina; y aves de corral, sobre todo la gallina, cocinada en mil maneras; y toda clase de caza. Guisaban con aceite, huyendo de grasas y mantecas propias de los usos castellanos, que los impregnaba de un olor vivamente rechazado por estos (y viceversa), procurando marcar el contraste con la inevitable olla castellana. Y entre las bebidas, la leche. Seguramente consumieron bastante pescado, tal como hace sospechar la abundancia de «playeros», es decir, de profesionales moriscos encargados del traslado de la costa al interior.
Estrechamente relacionada con los hábitos y gustos alimenticios de los moriscos está la agricultura que practicaban, caracterizada por el uso del regadío, la horticultura y la arboricultura. Fue proverbial el trabajo de la seda, que empezaba en su cría y acababa en su hilado y tejido. Modelo agrario y arte de la seda se fundamentaban en la laboriosidad, virtud (unida comúnmente a la frugalidad), que irritaba a los apologistas de la expulsión, sobre todo porque no parecían ser virtudes de la mayoría de los cristianos viejos.
En todas las actividades y como reflejo de la sociedad, la gradación de riqueza y bienestar es riquísima, desde la menesterosidad a la opulencia, como no podía dejar de ser en una sociedad de mucho tiempo establecida y asentada y obligada a una larga coexistencia con la sociedad viejo cristiana, que si no garantizaba la armonía, tampoco eliminaba las más diversas formas y matices de colaboración.
El vestido es elemento diferencial comúnmente percibido por visitantes extranjeros, viajeros, pintores y grabadores, en particular el de las moriscas. La prenda más característica y más perseguida por las prohibiciones es la almalafa, pieza de calle, manto largo, a modo de gran sábana de color blanco, que cubría el cuerpo de la morisca de la cabeza a los pies; con los zaragüelles, anchas polainas singular plegado, la marlota, casaca de paseo generalmente lujosa y de bellos colores y bordados, la aljuba, camisa holgada, tocados en la cabeza…; los alcorques, especie de zuecos característicos, las alpargatas. Y toda clase de joyas.
Entre las más arraigadas costumbres moriscas estaban los baños, que practicaban hombres y mujeres con asiduidad, en instalaciones públicas y privadas, tanto por limpieza , como porque eran fundamentales en la purificación ritual que debía de preceder a la oración.
La lengua tiene la mayor importancia. Los moriscos granadinos hablaban
el árabe vulgar o dialectal, que los cristianos viejos denominaban algarabía, por oposición a la aljamia, que era el castellano. El número de los que hablaban el castellano era desigual, pues estaba condicionado por el medio geográfico, el sexo, la profesión, la situación económica. Era mayor en la ciudad que en el medio rural (muy escaso en zonas como las Alpujarras y otras zonas montañosas apartadas), en los hombres que en las mujeres, en los que estaban obligados al trato con los cristianos viejos por causa de los negocios o profesión, en las clases pudientes Fue una de las señas de identidad características, irreductible, tanto por convicción como por la dificultad de aprendizaje del castellano, dado el alto grado de analfabetismo y la indigencia cultural en que vivía la mayoría del pueblo morisco.
Todas las expresiones de la vida cotidiana (lengua, baños, comidas, celebraciones, vestidos, alheña, bailes…)fueron vigiladas y perseguidas por las autoridades y por las disposiciones desislamizadoras y asimiladoras, denunciadas por las gentes y castigadas por los inquisidores como cargo de permanencia en la ley islámica. Cuando se produce la deportación de los moriscos del Reino de Granada, la política de erradicación de las señas de identidad había dado escaso fruto, sobre todo en el medio rural, donde la cohesión era mayor y garantía de permanencia en su ley islámica y en sus costumbres ancestrales.
He aquí cómo veía el mejor historiador coetáneo, Luis del Mármol Carvajal, a los moriscos y su criptoislamismo en un texto que se ha hecho antológico:
…y si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes, en lo interior aborrecian el yugo de la religion cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos á otros en los ritos y ceremonias de la seta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente comun, y en particular hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron á las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su maldad, se hacian rudos é ignorantes en la virtud y doctrina. Si iban á oir misa los domingos y dias de fiesta, era por cumplimiento y porque los curas v beneficiados no los penasen por ello. Jamás hallaban pecado mortal, ni decian verdad en las confesiones. Los viernes guardaban y se lavaban, y hacian la zalá en sus casas á puerta cerrada, y los domingos y dias de fiesta se encerraban a trabajar. Cuando habían baptizado algunas criaturas, las lavaban secretamente con agua caliente para quitarles la crisma y el olio santo, y hacian sus ceremonias de retajarlas, y les ponian nombres de moros; las novias, que los curas les hacian llevar con vestidos de cristianas para recebir las bendiciones de la Iglesia, las desnudaban en yendo á sus casas, y vistiéndolas como moras, hacian sus bodas á la morisca con instrumentos y manjares de moros…».

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