Traducción y comentarios Abderramán Mohamed  Maanán

CAPÍTULO 96: EL COÁGULO

Revelada en Meca, 19 versículos

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi

Con el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm

1. íqra bísmi rábbika l-ladzî jálaq*

¡Lee, con el Nombre de tu Señor que ha creado,

2. jálaqa l-insâna min ‘álaq*

que ha creado al ser humano a partir de un coágulo!

3. íqra wa rábbuka l-ákramu

¡Lee, pues tu Señor es el Más Generoso,

4. l-ladzî ‘állama bil-qálami

el que ha enseñado con el cálamo,

5. ‘állama l-insâna mâ lam yá‘lam*

ha enseñado al ser humano lo que no sabía!  

Los primeros cinco versículos de esta sûra -que cuenta con diecinueve- fueron, cronológicamente, los primeros en ser revelados a Muhammad (s.a.s.). Por tanto, aunque se encuentran a principios del capítulo noventa y seis, en realidad son lo primero que Yibrîl (Gabriel) recitó al Profeta, iniciándose con ello el Corán. Como ya sabemos, el Corán fue reordenado posteriormente por Muhammad (s.a.s.), pero el orden original puede ser reconstruido en gran medida pues los musulmanes guardaron el recuerdo de la sucesión de los pasajes. El resto de la sûra -los catorce versículos restantes- pertenece a un periodo posterior y hablan de los problemas con los que tuvo que enfrentarse el Islam en sus primeros años en Meca.

Un relato (riwâya), transmitido por ‘Âisha, contextualiza estos versículos y nos narra cómo fue el principio de la Revelación coránica: “Los primeros indicios de la Profecía fueron visiones auténticas que Rasûlullâh (s.a.s.) tenía mientras dormía. Esas visiones eran claras como el amanecer. Poco después sintió el deseo de retirarse en soledad. Iba a la Cueva de Hirâ -en las inmediaciones de Meca- y ahí se entregaba a la contemplación (tahánnuz, ta‘ábbud) durante una cantidad determinada de noches, y después volvía junto a su familia y se aprovisionaba para otras tantas noches. Esto sucedió así hasta que le vino la Verdad, estando él en la Cueva de Hirâ. Llegó el Ángel (Málak) y le dijo: ‘¡Lee!’, y él le respondió: ‘No sé leer’, y entonces lo agarró y lo abrazó con tanta fuerza que a punto estuvo de asfixiarlo. Lo soltó y le repitió la orden: ‘¡Lee!’, y obtuvo la misma respuesta: ‘No sé leer’. Y el Ángel volvió a abrazarlo y apretarlo contra sí hasta casi hacerle desfallecer, para al final soltarle y decirle: ‘¡Lee!’. Muhammad (s.a.s.) le respondió de nuevo: ‘No sé leer’. Por tercera vez, Yibrîl le ordenó: ‘¡Lee!’ y Rasûlullâh (s.a.s.) le dijo: ‘No sé leer’, y el Ángel lo abrazó con fuerza ahogándolo, y lo soltó y le dijo: ‘¡Lee, con el Nombre de tu Señor que ha creado, que ha creado al ser humano a partir de un coágulo! ¡Lee, pues tu Señor es el Más Generoso, el que ha enseñado con el cálamo, ha enseñado al ser humano lo que no sabía!’. Estas palabras se quedaron grabadas en la memoria de Muhammad (s.a.s.), y volvió, temblando, a su casa junto a su esposa Jadîÿa. Al entrar dijo: “¡Tapadme, tapadme!’, y lo cubrieron con una manta hasta que sus temblores de pánico desaparecieron. Dijo a su mujer: ‘Jadîÿa, ¿qué me pasa?’, y le contó lo que le había sucedido en Hira, y después añadió: ‘Temo que vaya a ocurrirme algo malo’. Ella le respondió: ‘En absoluto. Al contrario, ¡alégrate! Allah no te defraudará: tú te esfuerzas por mantener los vínculos de sangre, eres sincero en tus palabras, acoges al necesitado, ofreces hospitalidad a quienes acuden a ti y ayudas contra las calamidades que vienen de la Verdad’. Después, Jadîÿa salió con él de la casa y fue a la de Wáraqa ibn Náufal, su primo por parte de padre, y que era un hombre que se había hecho cristiano en la época preislámica: sabía escribir en árabe y en hebreo y conocía el Evangelio. Era ya anciano y ciego. Jadîÿa dijo a Wáraqa: ‘Primo, escucha lo que tiene que contarte tu sobrino’, y Muhammad (s.a.s.), hacia quien Wáraqa sentía afecto y le llamaba ‘sobrino’, le contó lo que había visto. Wáraqa, al final dijo: ‘Era el Nâmûs (el Confidente) que se mostró a Moisés y le reveló la Torah. ¡Ojalá yo fuera fuerte! ¡Ojalá yo estuviera vivo el día que tu pueblo de expulse de aquí!’. Alarmado, Muhammad (s.a.s.) le preguntó: ‘¿Es que van a expulsarme?’. Y Wáraqa le dijo: ‘Sí. Nunca un hombre que trae noticias como las tuyas ha sido dejado en paz. Si yo estuviera vivo cuando sea tu día te ayudaría con todas mis energías’...”. Este hadiz aparece citado en los Sahîh de al-Bujâri y Muslim.

 El relato de ‘Âisha es el más conocido. Por su parte, at-Tábari recogió en sus recopilaciones la versión de ‘Abd Allah ibn aç-Çubáir, el cual, recordando otros datos, contó: “Rasûlullâh (s.a.s.) me dijo: Mientras yo dormía, Yibrîl llegó hasta mí con una tela de brocado en la que había algo escrito, y me dijo: ‘¡Lee!’, y le respondí: ‘No sé leer!’, y me apretó contra sí con tal fuerza que creí morir. Me soltó y volvió a ordenarme: ‘¡Lee!’, y le pregunté qué debía leer porque temí que volviera a hacerme daño. Me dijo: ‘¡Lee, con el Nombre de tu Señor que ha creado, que ha creado al ser humano a partir de un coágulo! ¡Lee, pues tu Señor es el Más Generoso, el que ha enseñado con el cálamo, ha enseñado al hombre lo que no sabía!’. Entonces yo repetí esas mismas palabras, se apartó de mí y desapareció. Yo desperté del sueño, y era como si lo que había pasado estuviera grabado en mi corazón. Por entonces, no había para mí nadie más despreciable que los poetas o los poseídos, y no quería que mi gente me tomara por uno de ellos. Pensé que lo que me había pasado era lo que sucedía a los poetas y a los endemoniados y decidí arrojarme por un precipicio, para matarme y descansar. Salí de la cueva con esa intención, y cuando estaba en camino subiendo por una ladera oí una voz que me dijo: ‘¡Muhammad! Tú eres el Mansajero de Allah y yo soy Yibrîl’. Entonces levanté la cabeza y miré, y lo que vi me hizo olvidar mi propósito. Hacia donde miraba no veía otra cosa que Yibrîl, cubriendo todo el espacio. No podía moverme, ni dar un paso hacia adelante ni hacia atrás. Resulta que Jadîÿa había enviado alguien a buscarme y me encontró inmovilizado en ese estado. No pude acompañarlo y tuvo que regresar a Meca sin mí. Más tarde, dejé de sentir eso y entonces volví a mi casa…”.

Así fue como comenzó el Wahy, la Revelación del Corán. La palabra Wahy significa susurro, murmullo, un sonido leve, en realidad inaudible, que se siente en el interior pero que tiene una fuerza conmocionadora. El Wahy transformó a Muhammad. La Revelación fue de tal calibre que de ella surgió una Nación. En otras partes el Corán define aún más lo que significa la palabra Wahy: es el instinto irrefrenable que hace que una madre sienta ternura hacia su hijo y lo proteja, es el instinto que mueve a las abejas y las hace producir miel tras buscar afanosamente el pólen de las flores,…

La Revelación que sobrevino en la Cueva de Hirâ (Gâr Hirâ) tenía tres protagonistas: 1º Allah (el Uno-Único, Impensable, Irrepresentable, Inaccesible, Fuente original de todo), 2º el Ángel puente (Málak), de nombre Yibrîl (Gabriel), que es el Espíritu (h) y el Poder Reductor (Yabr), es decir, el mundo interior de las luces y las visiones proféticas donde el ser humano se hace sutil y en el que la Unidad de Allah se acerca al entendimiento del hombre que se ha espiritualizado, y 3º al final está Muhammad (s.a.s.), el ser humano que recoge de ese universo interior la Enseñanza que lo reconduce todo al Fundamento Esencial, a Allah Señor de los Mundos. Los dos extremos opuestos, Allah y el hombre, se encuentran en un espacio intermedio, el del Espíritu, donde la diferencia abismal existente entre ellos se atenúa.

El encuentro de esos tres niveles se produce en las entrañas de la Cueva de Hirâ, en lo insondable del Corazón. Hirâ significa ‘lugar de la  disminución y la mengua’. La Revelación fue dada al hombre ‘que no sabía leer’, es decir, el que se había hecho insignificante en la contemplación y había abandonado ante su Señor sus prejuicios, sus saberes, sus certezas, sus dioses, olvidándolo todo,… el que se había vaciado por completo, disminuyendo y menguando hasta volver a hacerse barro en manos de su Creador, encogiendo para ser rehecho: por ello, Muhammad fue colmado y en él se sopló el hálito del h. Muhammad (s.a.s.) se presentó ante Allah como Ummí, iletrado, que curiosamente también quiere decir Universal, o mejor dicho, fundamentalmente quiere decir Universal, pues sólo él era capaz, gracias a su vacío infinito, de acoger en su seno la existencia entera, y sobre todo, de acoger el Corán Inmenso.

El acontecimiento que tuvo lugar en la Cueva de Hirâ fue formidable. En esas profundidades ocurrió algo excepcional y único. Por mucho que queramos hoy entender lo que sucedió, muchos de sus aspectos quedarán fuera de las posibilidades de nuestra imaginación. En esencia, ese acontecimiento irrepetible consistió en que Allah -cuya Majestad escapa a toda definición, el Gigantesco, el Inmenso, el Reductor, el Soberbio en su Grandeza Infinita, el Dominador y Doblegador de todas las cosas-, desde su Verdad inaccesible a la inteligencia y a la fantasía, se volvió hacia una de sus criaturas -el ser humano-, un ser apartado en el fondo de una pequeña caverna en la más inhóspita de las regiones de un pequeño e insignificante planeta del universo inmedible (un universo que a su vez es nada junto a Él). E hizo de ese hombre el depositario de su Luz.

El corazón de ese hombre -Muhammad (s.a.s.)- se convirtió en el receptáculo de las Palabras iluminadas. Y esto que acabamos de decir no es cualquier cosa. Haciendo un esfuerzo, y ahí hasta donde nos permita nuestra imaginación, debiéramos reflexionar a qué nos referimos cuando hablamos de Allah. De Allah sólo podemos decir que es Libertad Absoluta, Sin-Principio ni Final, Eterna antes de toda existencia, sin que el espacio la contenga ni el tiempo la afecte, Creadora y Reductora, Irrepresentable en su Inefabilidad Pura, Una-Única, Origen de todo mientras todo está sujeto en su misma raíz a su Poder, a su Voluntad y a su Sabiduría. Cuanto existe depende en cada instante de esa Verdad Trascendente, Presente y Ausente.

Pues bien, Allah, al que sólo cabe describir con sustantivos que sugieran desproporción y eternidad, en el momento de la Revelación, se imbrincó de modo inmediato en la realidad concreta y limitada del ser humano. Allah creó al ser humano, lo alimenta y lo resguarda, y ahora se presenta a su conciencia, se le muestra en lo recóndito de la cueva de su corazón, acrecentando infinitamente al hombre que se abre a Él. Esto es lo que significa lo que sucedió en Hirâ. Y fue tal la desmesura patente ante Muhammad (s.a.s.) que lo sobrecogió para siempre. Y también despertó en él, junto al sobrecogimiento, el instinto de la gratitud y el reconocimiento, y todos esos sentimientos se conjugaron para configurar el Islam.

Las Palabras de Allah entraron en el corazón de Muhammad -el Iletrado, el Universal, el Ummí– y desde ese órgano de sensaciones pasaron a resonar en el mundo de los hombres. La Palabra de Allah (Kalâmullâh),… La Palabra de Allah es lo que hace que desde el átomo a la estrella existan y se pongan en movimiento. La Palabra de Allah es el motor de la existencia entera y de cada existencia en concreto. La Palabra de Allah es un poderoso imperativo (Amr). El universo es Amr de Allah, es el espacio en el que se realiza su Orden. Y el Corán es reflejo de esa fuerza inexpugnable.

Ese acontecimiento añade cosas a nuestras reflexiones sobre la Verdad Creadora, sobre Allah Señor de los Mundos. El que ese suceso -la Revelación- tuviera lugar quiere decir que Allah es Absolutamente Generoso y se vuelve hacia la criatura más humilde: un Iletrado en el fondo de una caverna en medio de un desierto en un planeta insignificante dentro de un cosmos ilimitado. Allah es el de Favor Amplio y Misericordia Desbordada, el Noble, el Amante, el Beneficiador de aquello que ama (Dzû l-Fadl al-Wâsi‘ wa r-Rahmâ s-Sâbiga al-Karîm al-Wadûd al-Mannân), que es capaz de dar sin razón, simplemente porque desbordarse es su naturaleza misma.

Todo ello para el hombre, dignificado y privilegiado, y que es incapaz de responder a ese desafío ni agradecer en su justa medida la grandeza del Favor que se le ha concedido gratuitamente. Aunque pasara su existencia prosternado ante Allah, aunque no dejara un sólo instante de proclamar el elogio de su Señor, no devolvería un ápice del bien que se le ha hecho desde el principio de su creación hasta la luz que recibe con el Corán. A pesar de esa incapacidad, Allah se ha vuelto hacia él y se ha comunicado con él, y ha hecho de esa criatura el receptáculo y el reverberador de su Palabra.

 Las consecuencias de esa Revelación son muchas. Para empezar, el surgimiento de una nueva Nación (Umma), que en su mismo nombre lleva la condición universal del Profeta Iletrado (Ummí). Esa civilización se propagó a partir de las arenas de un desierto e iluminó un tiempo oscuro en que el hombre había retrocedido ante el oscurantismo y la barbarie. Y consecuencia de esa Revelación fue que muchas gentes pasaron a vivir a la sombra de Allah, esperando en todo momento ser inspiradas por el Origen Verdadero de la existencia, y no por dioses o sacerdotes, instituciones o enigmas. Y la Revelación acompañó a esa Nación durante veintitrés años, construyendo sobre la tierra una nueva Ley (Sharî‘a) para quienes optaran por hacer lo mismo y regir sus existencias con las Balanzas de Allah.

Cuando murió Rasûlullâh (s.a.s.), Abû Bakr dijo a ‘Omar que lo acompañara a visitar a Umm Áiman, tal como hacía el Profeta (s.a.s.), que frecuentaba la casa de esa mujer. Cuando llegaron, la encontraron llorando y le dijeron: “¿Por qué lloras? ¿Es que no sabes que lo que Allah ha reservado junto a sí para Muhammad (s.a.s.) es mejor que lo que hay en este mundo?”. Y Umm Áiman les respondió: “Lo sé, pero lloro porque se ha interrumpido lo que nos venía del cielo”. Les estremeció lo que dijo y lloraron con ella. Este breve relato lo recogió Muslim.

Esos veintitrés años de Revelación coránica tuvieron consecuencias impredecibles para los hombres y las mujeres que los vivieron, y su influencia llega hasta hoy, más de mil cuatrocientos años después. Fue tal la conmoción que produjo esa penetración de la Luz de Allah que la obsesión por la fidelidad a ella ha caracterizado a los musulmanes. El recuerdo de lo que supusieron esos tiempos ha permitido la persistencia de referencias claras capaces de hacer revivir esa experiencia única. Por mucho que los avatares históricos hayan afectado a la comunidad musulmana ésta sigue siendo depositaria de las claves del encuentro de Allah y el hombre en el corazón humano.

La Revelación del Corán produjo un torrente que recondujo la historia sobre la tierra, y el Islam se instauró en el centro del mundo. Tanto en el espacio como en el tiempo, el Islam es poderosamente sugerente.

El encabezamiento de la sûra recuerda a cada musulmán todas esas cosas. Es más, desde la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, la trascendencia del acontecimiento que tuvo lugar en la Cueva de Hira se ve con más claridad. Fue un hecho único y radical, y es sobretodo por eso por lo que tiene un carácter extraordinario: el relato de lo que sucedió en la Cueva nos sumerge en un mundo espiritual poderoso, de imágenes contundentes, nada habituales porque van a engendrar algo excepcional.

Al principio de la sûra están esos cinco versículos que fueron las primeras palabras que el Málak Yibrîl transmitió al Profeta (s.a.s.). Como ya veremos, el resto de la sûra nos describe la postura de oposición frontal que adoptaron los conciudadanos de Muhammad (s.a.s.). Hemos dicho que cada uno de esos dos pasajes pertenecen a momentos distintos, pero entre ambos hay una continuidad que destacaremos más adelante, lo que hace que capítulo ofrezca una unidad coherente.

Pasemos al análisis del texto de los primeros cinco versículos: íqra bísmi rábbika l-ladzî jálaq, ¡lee, con el Nombre de tu Señor que ha creado. La Revelación del Corán comienza con un imperativo: íqra, ¡lee! (del verbo qáraayaqra, leer). Esta orden es una invitación a la lectura, el estudio, el aprendizaje, la reflexión. Es así como empieza el Corán (cuyo nombre mismo, precisamente, deriva de ese imperativo: Qur’ân, Lectura, por tanto, Reflexión).

Imaginemos por un momento las resonancias que esta orden tuvieron para alguien como Muhammad (s.a.s.) que no sabía leer: no se trata, por tanto, de la orden de hacer algo mecánico como es la lectura, sino pensar, meditar, llegar al conocimiento como sea. El Profeta (s.a.s.) dijo: “El saber es obligatorio para cada musulmán”. Y también dijo: “El conocimiento es lo que anda buscando el musulmán, y debe recogerlo aunque sea de recipientes impuros”.  Y también dijo: “Buscad el saber, aunque para ello tengáis que llegar hasta China”.

No hace falta decir que este imperativo inicial del Corán ha impulsado y prestigiado el conocimiento en el Islam, de lo cual, como hemos visto, se hizo eco el mismo Profeta (s.a.s.). Entre los musulmanes, la mayor virtud es el saber (el ‘Ilm, la ciencia), cuya nobleza y mérito son respaldados por la orden que encabeza esta sûra, primera palabra -cronológicamente- del Corán. El saber es el desencadenante sensato de todas las virtudes. La acción no precedida de reflexión es irrelevante en el Islam: es el resultado de un impulso y no es el fruto de la capacidad con la que Allah ha privilegiado al ser humano, haciéndole destacarse de las demás criaturas, y capaz por tanto de hacer destacar sus propios actos gracias al uso de esa facultad.

Tras esta primera sugerencia vienen más, contenidas todas en la misma frase. El texto dice: “¡Lee con el Nombre de tu Señor!”, es decir, “di primero el Nombre de tu Señor: Allah”. En primer lugar Muhammad (s.a.s.) debía pronunciar el Nombre (Ism) de Allah, para que ese sonido lo sumerja en el océano de las connotaciones infinitas de la Verdad Absoluta. El Corán ordena al Profeta (s.a.s.) recordar a Allah, repetir su Nombre, tener a su Señor presente de forma constante, rememorar en toda ocasión quién es Él y lo que supone para nuestra existencia.

Allah está en los comienzos de la creación y llegar a Él es la meta del hombre -y además es su destino inevitable-, y citar su Nombre es proponerse claramente ese objetivo. El Corán nos orienta hacia Allah desde el principio y lo pone en nuestra boca. Pero recordar a Allah no es simplemente mencionar su Nombre, sino comprender lo que significa y lo que entraña. Como veremos a continuación, recordar a Allah es ser consciente de las realidades, descubrirlas y actuar en consecuencia. Es una meditación prudente que nos lleva siempre a compromisos que nos sacan de la rutina y la desidia.

¿Quién es Allah? Allah es tu Señor (Rábbuk), es la Verdad intangible que te gobierna, la Incógnita que te mueve, y que está en tus orígenes y en los orígenes de todas las cosas: Él es el que ha creado (jálaqayájluq, crear) el universo entero.

Allah es Jâliq, Creador. Casi como si esta palabra fuera insuficiente, en árabe tiene un intensivo, Jallâq: Allah es absolutamente Creador de todo. No hay nada que no sea creado por Él, aun cuando algo parece que es resultado de otras causas: Allah es Creador y Rector de esas causas. Esto quiere decir que en Allah reside la fuerza creadora, la energía misteriosa que hace surgir a los seres y da hechura a sus consecuencias, y cuyo poder se manifiesta en la existencia de todas las cosas y de cada cosa en concreto. Allah no fue simplemente el Creador del Universo en el pasado y en los orígenes, sino que es Creador de cada instante y Recreador del instante siguiente.

Por tanto, en sus primeras palabras, el Corán ordena a Muhammad (s.a.s.) reflexionar,… y recordar a su Señor, y le describe a su Señor, para que no lo confunda con ninguno de los ídolos o fantasías de los seres humanos: ¡Reflexiona, y recuerda a tu Señor, el Verdadero Creador de todas las cosas! ¡Medita en la Verdad Original, no en lo que los hombres han imaginado en torno a Ella!

Insistiendo en la idea de Allah-Creador, el Corán habla del hombre mientras continúa hablándonos de Allah: jálaqa l-insâna min ‘álaq, que ha creado al ser humano a partir de un coágulo. En el versículo anterior se nos ha recordado a Allah como Creador (Jâliq) de todas las cosas, y aquí se habla de Él en tanto que Creador en especial del ser humano (insân), que es la criatura a la que en particular va dirigida la Revelación, es la criatura que puede comprender lo que significa eso y descubrir su alcance.

Allah ha creado (jálaqayájluq) al hombre a partir de un insignificante coágulo (‘álaq), algo que se adhiere al útero y se desarrolla hasta convertirse en un ser humano completo: una minúscula conjunción de óvulo y espermatozoide que se transforma en una pequeña gota de sangre suspendida en medio de la matriz. Esa primera materia de la que el hombre está hecho también fue creada por Allah, tal como enseña el Corán en otra parte: “Allah os ha creado a vosotros y lo que eyaculáis”.

En esta sûra se nos dice que Allah ha creado al ser humano a partir de un coágulo para evitar la idea de que lo creado ha surgido de la Nada (el ‘Ádam), concepto demasiado vago y abstracto y que no aparece nunca en el Corán. El Corán prefiere algo más claro: todo viene siempre de algo insignificante aunque reconocible, e incluso eso que es simple, mínimo y casi nada, ha surgido de la Voluntad de Allah. Con esto es suficiente para que cada cuál haga sus propias deducciones, remontando la cadena de causas y efectos hasta alcanzar el vacío que lo asomará finalmente a la Inmensidad de Allah.

La fuerza que conduce los pasos del óvulo fecundado hacia el hombre maduro es la del Creador Absoluto. En sí, ese coágulo es prácticamente nada, impotente, pero un Poder fuera de todas las posibilidades de la imaginación ha depositado en él el germen de la vida y la evolución: etapa tras etapa, ese óvulo imperceptible, guiado a cada paso por Allah, se convierte en un ser dotado de cualidades sorprendentes. Precisamente, Allah es Rabb, Señor, en tanto que guía y rige la sucesión de momentos que dan forma y acabado a la criatura. Es el Secreto y la Sabiduría que están presentes en todo lo que se desarrolla y va cambiando para crecer y mejorar.

Los humildes orígenes del ser humano destacan la grandeza de Allah, que es capaz de operar cambios formidables en el seno de algo tan pobre y poco consistente hasta hacer de ello una criatura de envergadura. Esos modestos orígenes hablan del Favor de Allah, que obra en la nada del coágulo ese prodigio para hacerte a ti, así pues: íqra wa rábbuka l-ákram, ¡lee, pues tu Señor es el Más Generoso!, y es como si el Corán diese a Muhammad (s.a.s.) la orden de reflexionar sobre ese portento que demuestra que Allah es el Más Generoso (Ákram, superlativo de Karîm, Noble, Generoso), pues gratuitamente ha hecho al hombre ser una criatura magnífica a partir de un insignificante coágulo.

A partir de un coágulo, Allah ha dado forma a una criatura extraordinaria: el ser humano (insân). Pero aún hay más, y Allah es: al-ladzî ‘állama bil-qálami ‘állama l-insâna mâ lam yá‘lam, el que ha enseñado con el cálamo, ha enseñado al ser humano lo que no sabía!… Allah ha depositado en esa criatura de orígenes tan simples una capacidad única: en su germen está la facultad de aprender. Por ello, el hombre debe leer: está en su esencia y por ello está abierto al conocimiento. Con ello el Corán no está simplemente aconsejando leer sino activar una potencia propia del ser humano, y para ello emplea la fuerza de un imperativo. Allah no pretende violentar al ser humano, sino que busca que realice aquello de lo que es capaz y que ya está en él.

Allah ha enseñado (‘államayu‘állim) al ser humano (insân) y el ser humano ha aprendido. Allah ha enseñado al ser humano lo que el ser humano no sabía (‘álimayá‘lam, saber), porque si no fuera por esa capacidad que Allah ha depositado en él, diferenciándolo de los animales, el hombre hubiera seguido inmerso en la oscuridad del simple instinto. Por otra parte, un insignificante coágulo nada podría desarrollar por sí mismo ni alcanzar nada si no es enseñado. Ciertamente, tu Señor es el Más Generoso (al-Ákram). Y ciertamente, la ciencia (‘Ilm) es la más noble de las virtudes. ¡Así, pues, lee!

Allah ha enseñando al hombre con el cálamo (qálam), es decir, incluso los instrumentos de escritura que el ser humano ha utilizado para transmitir el saber son de Allah. El coágulo no hubiera ingeniado el cálamo, y el hombre no hubiera sabido utilizarlo si Allah, desde lo más profundo, no le enseñara a manejarlo, situando en él capacidades que lo permiten, orientándolo en esa dirección, conjugando circunstancias que sólo en apariencia son coincidencias, y creando la materia a partir de la cual se fabrica el cálamo,… y así un sin fin de etapas que permiten una realidad que sólo el ignorante se arroga.

Por tanto, todo lo que ha aprendido el hombre lo ha aprendido de Allah y gracias a Él. Allah siempre ha estado enseñándole: ha puesto en él la necesidad, y no sólo la del saber y aprender, sino incluso todo lo que ayuda a ello, y ha creado incluso la caña con la que el hombre fabrica el cálamo y las demás herramientas de escribir  y registrar saberes, y le ha guiado en todo momento, pues sin esa guía constante el hombre no sería ni sabría nada ¿cómo se puede imaginar que un coágulo llegue a nada si no es por el Soporte Trascendente que lo fundamenta? Y, ahora, la Revelación ofrece la oportunidad de aprender de Allah directamente, sin que nada enturbie el verdadero saber y el descubrimiento del Esencial intuido en las profundidades del corazón.

Éstas fueron las primeras enseñanzas que el Málak Yibrîl -‘aláihi s-salâm- comunicó a Muhammad -sallà llâhu ‘aláihi wa sállam- en medio de la solitaria Cueva de Hirâ. ‘Leer (reflexionar, recordar), enseñar, saber, ciencia, cálamo,…’ son las palabras claves, y sobretodo, ‘Allah Creador’, que es Origen de la conciencia y Estímulo en el hombre (del que es Señor, Rabb). Allâh es el Nombre Supremo que debe ser aprendido para que sirva de puerta hacia una sabiduría infinitamente aún más profunda y una paz que embargue por completo al ser humano, inquieto en sus mismos adentros por saber.

Recordar a Allah es recordar todas esas cosas. Cada vez que el musulmán dice Allâh rememora esas enseñanzas contenidas en tan pocas palabras a la cabeza del Corán. Con ellas identifica a su Verdadero Señor: no es el ídolo que imagina el común de los hombres, no es una fantasía, ni un dios conceptualizable, ni un mito,… sino el Infinito que está en los orígenes y en los finales, el Creador Presente y Secreto en cada instante: “Él es el Primero y el Último, el Manifiesto y el Oculto”.

Y con esas palabras que están al principio del Corán el ser humano se identifica también a sí mismo: reconoce la nada de sus principios y el privilegio del que, sin embargo, disfruta, y sabe que tiene dos obligaciones, primero ser agradecido, que es sinónimo de ser sabio, pues agradecer es reconocer y reconocer es saber, y la segunda obligación, una vez detectado que él es receptáculo de una potencia que ha depositado en él la Majestad de Allah, es activarla y alcanzar la meta insospechable que Allah ha puesto ante él, una meta que tiene las proprorciones de la Grandeza de Allah mismo.

Estas primeras enseñanzas que recibió Muhammad (s.a.s.) de Yibrîl dan forma a la primera cuenta del collar de la ‘Aqîda con la que se adornaría. Poco a poco, el Corán irá perfilando y descifrando todas las connotaciones que se deducen de la vivencia de la Unidad que rige la existencia. La ‘Aqîda es ese collar que se va fabricando a base de pequeñas cuentas, cada una de las cuales es de una extraordinaria belleza y contiene saberes sobre Allah y sobre el ser humano. La ‘Aqîda -es decir, las Enseñanzas que recibió Muhammad (s.a.s.) y que conforman la cosmovisión del Islam- es el fundamento del Dîn, de la Senda por la que el musulmán marcha hacia la intimidad con Allah.

Por todo ello, el Corán dice en otro lugar que el recuerdo de Allah (el Dzikr) es lo más grande. ¿Cómo habría de ser de otro modo? Es la puerta hacia el infinito del que es capaz el ser humano gracias al Favor (Fadl) que le ha dispensado su Señor, un Favor que está ya en su naturaleza y que sólo hay que poner en funcionamiento.

Decir Allâh es prepararse para todo ello, pues ser consciente es estar predispuesto y ser receptivo, preparado para el gran saber de la Revelación con la que Allah enseña al hombre directamente. Y Muhammad (s.a.s.) fue modelo en este sentido: su vida estuvo impregnada de un constante Recuerdo de Allah. No dejaba de mencionar su Nombre en ninguna ocasión y para cada uno de sus actos cotidianos tenía unas frases sapienciales y unas invocaciones que lo resituaban ante su Señor. La Tradición que hemos heredado de él están llenas de esas fórmulas que se aconseja a todo musulmán que las repita, imitando al Profeta (s.a.s.) y abriéndose con ello a la Presencia y Cercanía de Allah.

Nunca se insiste suficientemente sobre la importancia de la práctica del Recuerdo (el Dzikr). El Dzikr es la puerta hacia Allah. Vivir sin recordar a Allah es lo que hace el ignorante de sí mismo que sólo aprovecha lo que encuentra, que está en este mundo como por azar, para el que nada tiene significado. Recordar a Allah es descubrir lo esencial en cada cosa, en cada acontecimiento. Es recuperar el sentido y la lucidez, y vivir según lo que somos y con todo lo que tenemos adentro.

Veamos a continuación la segunda y última parte de esta sûra y que nos sitúa ante la respuesta que muchos contemporáneos de Muhammad (s.a.s.) dieron a su Mensaje (Risâla):

6. kallâ: ínna l-insâna la-yatgà:

¡Pero no!: el ser humano se revuelve

7. an râa:hu stagnà*

cuando se ve suficiente.

8. ínna ilà rábbika r-ruÿ‘à*

Pero hacia tu Señor todo regresa.

9. a râa:ita l-ladzî yanhà

¿Ves al que prohibe

10. ‘ábdan idzâ sallà*

a un hombre establecer el Salât?

11. a râa:ita in kâna ‘alà l-hudà:

¿Has pensado si está sobre la Senda

12. au ámara bit-taqwà*

o que ordene el temor a Allah?

13. a râa:ita in kádzdzaba wa tawallà:

¿Has pensado si desmiente y vuelve la espalda?

14. a lam yá‘lam bi-ánna llâha yarà*

¿Acaso no sabe que Allah ve?

15. kallâ la-in lam yántahi la-násfa‘an bin-nâsiati

¡Pero no! Si no cesa, le arrastraremos por el flequillo,

16. siatin kâdzibatin jâtia*

un flequillo embustero y equivocado.

17. fal-yád‘u nâdiahû

¡Que llame a sus secuaces!

18. sanád‘u ç-çabânia*

¡Llamaremos a los Guardianes del Fuego!  

19. kallâ lâ túti‘hu wá-sÿud wá-qtarib*

¡Pero no! No le obedezcas: prostérnate y acércate.  

Al poco, Muhammad (s.a.s.) recibió de Allah la orden de transmitir a sus conciudadanos lo que le iba siendo revelado, invitando a las gentes a volverse con corazón puro hacia su Señor que había creado el universo y los había creado a ellos, que había depositado en el ser humano una capacidad única y le había enseñado lo que sabía, y ahora Él mismo se ofrecía a esa facultad. Ante esto era de esperar que las gentes reconocieran a Allah y le fueran agradecidos, creciendo en su Inmensidad, pero sucedió lo contrario.

Muhammad (s.a.s.) encontró oposición, sobre todo entre los notables de Meca, que acogieron la Invitación (Da‘wa) que les hacía con frialdad y desprecio al principio y más tarde la combatieron con violencia.

En buena medida Meca vivía del culto que los árabes rendían a los ídolos (asnâm). En el centro de la ciudad estaba la Kaaba (al-Ka‘ba), la Casa construida por Abraham (Ibrâhîm), antepasado de los árabes, para que fuera recordatorio de Allah Uno-Único. Con el paso del tiempo, los beduinos comenzaron a adorar ídolos ante el carácter inaccesible que tenía para ellos la Verdad Remota a la que se refería Abraham. Los Quraishíes, es decir, los miembros de la tribu de Quráish, que se habían instalado en Meca, aprovechando el prestigio del que seguía disfrutando la Kaaba, que atraía cada año a un gran número de peregrinos, decidieron fomentar esas romerías instalando en los alrededores de la Casa edificada por Abraham a todos los dioses de los árabes, integrando en el recinto los distintos cultos populares.

Muhammad (s.a.s.) rechazó la adoración de los ídolos y propuso de nuevo a Allah, el Uno-Único, el Señor de Abraham, como único oriente que debía marcarse el que sinceramente buscara a su Señor. Esto supuso una amenaza para los intereses de los ricos quraishíes, y por ello se propusieron desde el principio poner dificultades a la difusión del Islam.

Veamos a continuación el análisis que el Corán hace del tema. El Profeta (s.a.s.) transmitió su enseñanza a las gentes esperando una respuesta acogedora: kallâ: ínna l-insâna la-yatgà: an râa:hu stagnà, ¡pero no!: el ser humano se revuelve cuando se ve suficiente. La frase empieza con una negación de carácter intensivo: kallâ ¡pero no! ¡ni mucho menos! Es decir, el ser humano (insân) rehusa abrirse a Allah, al contrario, se cierra en sí mismo: ¡qué va!, el hombre niega y rechaza a Allah. Y lo hace porque es soberbio y avaricioso, y desea proteger lo que cree suyo.

Allah es el que ha creado al ser humano, el que lo ha hecho ser lo que es, el que ha depositado en él las facultades que le hacen prosperar, el que le ha facilitado todo, enriqueciéndolo constantemente. Allah ha enriquecido al hombre: ha guiado sus pasos desde el coágulo hasta que se afirma a sí mismo y goza de la existencia, aprovechando lo que Allah le ofrece (su cuerpo, el mundo y sus riquezas,…) con lo que Allah mismo ha depositado en él (las facultades). Allah es quien ha posibilitado que el ser humano se emancipe de la indeterminación y la oscuridad iluminándolo con el privilegio del conocimiento y la conciencia. Gracias a esa posibilidad, el ser humano crece, y va mucho más allá de lo que su apariencia permitiría suponer.

Sin embargo, los hombres, al autofirmarse, al sentirse seguros gracias al privilegio único del que disfrutan, a la vez se aferran a ello y se encierran en sí mismos, en el Nafs, en el ego. Y creen (raàyarà, creer, ver) entonces que lo que Allah les ha dado les pertenece por derecho, y las palabras del Advertidor son una amenaza contra esa creencia. Gozan de los favores que se les ha dispensado como si fueran un logro personal: cuando se creen autosuficientes, los hombres se convierten en avariciosos guardianes.

 El ser humano vive en el sueño de su supuesta autonomía: se cree autosuficiente y capaz de prescindir de lo que no sea él mismo (istagnàyastagnî, ser rico y autosuficiente, prescindir de algo porque se piensa que no se le necesita). Algo perverso se remueve en el hombre común cuando descubre que no es así, o cuando se le recuerda que es precario y que su existencia es el resultado de otra Voluntad, que su ser depende en todo de su verdadero Señor. El ser humano, entonces, se rebela (tagàyat, revolverse, rebelarse, mugir), pero esa rebelión arrogante (tugyân) está relacionada con el mal: el hombre se convierte en un tâgî, en un déspota, como un niño que se rebela con caprichos y cometiendo torpezas para autoafirmarse ante los adultos. De la misma raíz deriva la palabra Tâgût, el demonio, el ídolo, el cual humilla y oprime a los demás con su soberbia. La rebelión del hombre contra lo que es en su propia esencia, confundido por su aparente riqueza -que no es sino riqueza de Allah-, es la fuente de todas sus confusiones y las desgracias que lo atormentan.

El ego del hombre se niega a reconocer a Allah porque ello supondría bajar de su trono. Reconocer que todo lo debe a Allah es sinónimo de declarar su indigencia esencial. Estas contradicciones producen como reacción el tugyân, el hervor interior que se manifiesta como violencia exterior.

Allah, del que todo depende, es quien ha dado al hombre lo que el hombre tiene, es el que lo ha enriquecido, el que lo ha creado y lo ha privilegiado, y es el que le ha enseñado. Pero el hombre -salvo aquél que se protege con la apertura hacia las profundidades del ser- no agradece lo que le ha sido ofrecido y prescinde de su Señor: no reconoce la fuente del favor en el que existe, la fuente de la que vienen su ser y sus privilegios, y cuando Allah le es recordado por el Profeta, se rebela y se remueve, se aísla en su mundo y queda evidenciada su ignorancia y es engullido por su soberbia.

Sin embargo, la rebelión del hombre no altera lo esencial: ínna ilà rábbika r-ruÿ‘à, pero hacia tu Señor todo regresa… Todo acaba volviendo a su origen (ráÿa‘ayárÿi‘, retornar, regresar). La Ruÿ‘à es la vuelta de las cosas a su fuente. Con la muerte, la ilusión del hombre se diluye en la nada y entonces queda sumergido en su Verdad. El arrogante es vencido por la realidad y Allah se impone. La soberbia y la arrogancia del tâgi, el déspota, son arrolladas por la fuerza del Uno-Único. El tâgi había prescindido de Allah y resulta que sólo hay Allah, que todo a Él vuelve y que todo es vencido en Él.

El Islam enseña que, siendo una certeza que todo habrá de volver a Allah, hay que volver constantemente en todo a Él. Esa es la Ruÿ‘à del musulmán en esta vida misma. El musulmán se inspira en Allah para cada una una de sus intenciones, para sus actos, en todos sus asuntos, sintiendo que todo lo suyo le viene de Allah y vuelve a Allah, que pertenece a Allah y a Él es devuelto por el devenir, satisfaciéndose en su origen y en su meta para que su regreso junto a Allah tras la muerte también sea un logro y una victoria.

Los arrogantes señores de Meca eran modelos de la actitud perversa descrita más arriba. Enriquecidos por el comercio y seguros en su ciudad estaban decididos a salvaguardar sus posesiones contra todo, incluso contra Allah: a râa:ita l-ladzî yanhà ‘ábdan idzâ sallà, ¿ves al que prohibe a un hombre establecer el Salât?

Parece ser que el personaje al que se refiere en concreto este pasaje es Abû Yahl, uno de los jefes quraishíes de Meca. Una vez vió al Profeta (s.a.s.) haciendo el Salât y se lo prohibió (nahàyanhà). El Corán desea llamar nuestra atención sobre ese hecho, y nos dice: ¿has visto -es decir, has reflexionado- sobre ése que prohibió a un hombre (‘abd, hombre en tanto que ‘reconocedor de Allah como Señor suyo’, y se refiere al Profeta) hacer el Salât, que es un acto de recogimiento y humildad ante Allah)? Sin duda, el Salât de Muhammad debía tener un carácter subversivo en medio del entorno idólatra, pero el Corán prefiere sugerir que el Salat resultaba molesto a Abû Yahl porque veía en él a un hombre asumir su insuficiencia ante su Señor.

Los idólatras acuden a sus dioses para que les solucionen sus problemas, no para descubrirse a sí mismos. Sus oraciones y sus gestos están llenos de soberbia: no son más que una formalidad para agradar a sus mitos y obtener a cambio un favor. Pero lo de Muhammad (s.a.s.) era infinitamente más radical: en sus gestos, en su intención, en aquello a lo que aspiraba, en todo ello había mucho más. Era la imagen del hombre que estaba saboreando su dependencia de Allah, una dependencia en la que descubría su relación con lo Eterno y quedaba con ello vinculado a un universo que escapaba a lo que los quraishíes podían controlar. Muhammad (s.a.s.) había dicho que Allah era su Único Señor y se había apartado de los dioses, religiones y cultos de sus conciudadanos, y con su actitud demolía los cimientos sobre los que los idólatras basaban su cosmovisión.

El Corán sugiere que, ante el Profeta haciendo el Salât, Abû Yahl se sintió removido en sus entrañas, pero en lugar de aceptar esa sensación que a punto estaba de sumirlo en la contemplación de Allah, la aplacó con la ira. Se enfadó, y así negó lo que bullía en su interior. Prohibió al Profeta seguir haciendo el Salât, y el Corán quiere que analicemos la cuestión. No fue una simple prohibición, sino el resultado del vértigo que sintió en sus adentros que exhorcizó con la arrogancia para que siguiera predominando en él la creencia de que era rico y estaba a buen recaudo. En él se rebeló con violencia y lo cegó su Tâgût, su demonio, su ídolo interior, es decir, su Nafs, su ego.

El Corán continúa hablándonos de la cuestión y dice: a râa:ita in kâna ‘alà l-hudà: au ámara bit-taqwà, ¿has pensado si está sobre la Senda o que ordene el temor a Allah?… Allah vuelve a emplear el verbo raàyarà que significa ver, detenerse a pensar, tener algo en consideración, reflexionar. Es el mismo verbo que se utilizó al hablar del hombre que se cree suficiente en el primer versículo de este pasaje.

Los resultados de la reflexión pueden ser muy distintos: si el pensamiento se detiene en las apariencias se conforma con ver al hombre como un ser rico, suficiente en sí mismo, capaz de muchas cosas, que ha logrado grandes victorias, etc. -y esa es la visión y el análisis de Abû Yahl (cuyo apodo significa el Padre de la Ignorancia)-, pero si el análisis es más profundo se descubre que esa criatura es vulnerable, dependiente en todo de que las circunstancias la favorezcan, sujeta a una Verdad grandiosa, etc. La primera era la visión de Abû Yahl, y la segunda era la visión de Muhammad (s.a.s.), una visión que despertó en Hirâ.

Del mismo modo, la actitud del déspota a veces aparece explicada por las condiciones en las que vive, y así, la reacción de Abû Yahl puede parecer consecuencia  de su temor a perder sus riquezas materiales si el Islam se difundía, pero el Corán nos enseña que la razón es más profunda y que el mismo Abû Yahl la ignora porque prefiere camuflarla para que no lo desafíe.

Por último, las apariencias engañan de nuevo cuando se confrontan realidades: los notables de Meca aseguraban seguir la Senda Verdadera y predicaban el Temor a Allah, como hace el seguidor de cualquier religión. Pero el Corán nos pregunta si eso era auténtico. Todas las religiones dicen lo mismo y enseñan que es necesario el bien y la conciencia de la grandeza del Principio Creador de todas las cosas.

Ahora bien, una cosa es realizar esas órdenes en las que todos están de acuerdo y otra seguir las que las aconsejan. El Islam se presenta a sí mismo como seguimiento estricto de esas órdenes fuera del marco de las religiones. Se trata de dos cosas distintias (las religiones y el objetivo) y el Corán no quiere que sean confundidos: los quraishíes tenían su religión, y entre ellos los había mejores y peores. El Islam es la búsqueda del bien y la conciencia de la Presencia de Allah sin mitos ni supersticiones, y esto último no lo sustituye la religión más que entre los ignorantes que se contentan con sucedáneos.

Por ello, el Corán nos pregunta aquí si Abû Yahl, que pertenecía a la aristocracia quraishí y era celoso guardián de las tradiciones idólatras, era alguien que verdaderamente estuviera dentro del Sendero de Allah (Hudà) y ordenara (ámarayâmur) el Temor a Allah (Taqwà), es decir, ser conciente de Allah y obrar el bien como consecuencia de ese sobrecogimiento del que se desborda siempre lo mejor. Si no es así, Abû Yahl, por fiel que fuera a su religión, no era verdaderamente un servidor (‘abd) de Allah. Al contrario, por muy piadoso y devoto que fuera, por mucho que su lengua afirmara a Allah, era un negador, porque las apariencias no sustituyen a las cosas esenciales: a râa:ita in kádzdzaba wa tawallà:, ¿has pensado si desmiente y vuelve la espalda?, es decir, más bien, con su actitud, desmiente y declara falso a Allah (kádzdzabayukádzdzib) y le vuelve la espalda (tawallàyatawallà), por fiel que fuera a sus principios religiosos. Era seguidor de una religión, y no un buscador de Allah. Y estos dos extremos no deben confundirse.

Miembro de la aristocracia, rico y poderoso, Abû Yahl se sentía seguro y no tenía temor a cometer todo tipo de crímenes a la vez que se declaraba representante y guardián de sus ídolos, y seguidor estricto de la religión de sus antepasados: a lam yá‘lam bi-ánna llâha yarà, ¿acaso no sabe que Allah ve?… Recordemos que los idólatras de Meca (los mushrikîn) hablaban de Allah, aceptaban su grandeza, lo tenían por la Verdad Suprema, el Creador de todas las cosas, si bien, para acceder a Él, recurrían a los dioses intermediarios, que el Islam niega y rechaza. Por lo tanto, Abû Yahl sabía (‘álimayá‘lam) que Allah lo ve (raàyarà) todo. Él no ignoraba eso: su ignorancia (ÿahl), por la que el Profeta (s.a.s.) le puso el apodo de Abû Yahl, era otra, era una ignorancia en sus raíces y que determinaba su actitud.

El Corán nos enseña que Allah lo ve todo con una visión que penetra en las esencias de las cosas y no se limita a las apariencias. Abû Yahl debería sentirse aterrado por ello pues no puede engañar a Allah. Ese terror hubiera sido su Taqwà, su temor a Allah, que no existía por que él sólo juzgaba las apariencias, y no veía. He aquí algo sutil que no se nos debe escapar y merece una reflexión detenida. Allah es el objetivo de la sinceridad del ser humano, y no de sus gestos ni de sus palabras.

Allah ve, pero ve las profundidades. Es con nuestras profundidades con lo que nos debemos dirigir hacia Él. Ahí es donde está nuestro mérito. Abû Yahl lo sabía pero le aterraba, y su Nafs, su ego, se revolvía y lo confundía elaborando para él un mundo a salvo de Allah. Es a ese drama a lo que nos asoma el Corán, ofreciéndonos una imagen poderosa cuya intensidad no va a disminuir, al contrario, nos sumerge del todo en el escenario interior donde se produce el conflicto: kallâ la-in lam yántahi la-násfa‘an bin-nâsia, ¡pero no! si no cesa, le arrastraremos por el flequillo. Si el hombre no soluciona su contradicción, si no cesa (intahàyantahî, cesar, terminar) y abandona el absurdo de su orgullo fingido, será arrastrado por Allah (Allah dice: la-násfa‘an, le tiraremos del pelo, le golpearemos humillándole, del verbo sáfa‘ayásfa‘, conjugado en una forma intensiva que reproduce la violencia de su significado). Allah lo arrastrará por la sia, el flequillo, los bucles que caen sobre la frente, es decir, por su parte alta, por la cabeza, que es lo que el hombre alza, y es símbolo de su soberbia. Allah humillará aquello de lo que el hombre presume, aniquilará su mundo seguro, destruirá sus certezas, y lo atraerá hacia Sí con la muerte, y el ser humano se enfrentará entonces con la Realidad Desnuda.

El Corán dice del flequillo del hombre -que es su arrogancia y soberbia-: siatin kâdzibatin jâtia, un flequillo embustero y equivocado. Ese flequillo (sia) es embustero (kâdzib) y engaña al ser humano, y está equivocado (ti), y no sabe nada. El orgullo extraviado del hombre le estafa y al final es la causa de su ruina. Las pretensiones del hombre son abatidas por la Verdad de Allah, quedando evidenciadas su mentira y su error.

Abû Yahl, a quien su arrogancia engañaba, creía que poseía fuerzas y seguidores como para apagar la luz que Muhammad (s.a.s.) estaba encendiendo. Profirió contra él amenazas. Le dijo que si se mantenía en su actitud contra los ídolos lo expulsaría de Meca: fal-yád‘u nâdiahû sanád‘u ç-çabânia, ¡que llame a sus secuaces! ¡llamaremos a los Guardianes del Fuego! Allah lo desafía: que Abû Yahl convoque (da‘âyad‘û, llamar, invocar) a sus secuaces (nâdî). Por su parte, Allah convocaría a los Guardianes del Fuego (los Çabânia), es decir, los violentos y terribles ángeles que están a cargo del Fuego de Allah, su Ira abrasadora. Mientras el hombre recurre a sus escasas fuerzas, Allah apela a las energías ocultas en cada realidad, a las esencias que estructuran las cosas, y las dirige con su Poder Absoluto.

 Es como si hubiera dos niveles, uno superficial en el que se mueve el hombre y otro más profundo donde realmente se gestan las cosas y al que la visión del Abû Yahl no llega. El Corán nos habla desde esas profundidades dejando en ridículo las maquinaciones del Ignorante cuyo poder y arrogancia no es más que una quimera basada en apariencias y ficciones. La verdad se fragua en el espíritu de las realidades.

Por ello, en el último versículo, Allah ordena al Profeta (s.a.s.) no dejarse engañar por la exhibición de fuerza y poder de Abû Yahl: está vacío. Muhammad (s.a.s.) debe seguir su camino sin que nada lo detenga: kallâ lâ túti‘hu wá-sÿud wá-qtarib, ¡pero no! no le obedezcas: prostérnate y acércate. El déspota, que quiere someternos con su apariencia sólida, no debe ser obedecido. Sería obedecer una mentira, dejarse engañar por un espejismo. Muhammad (s.a.s.) no debe amoldarse a sus exigencias (no debe obedecer atâ‘ayutî‘ sus exigencias ni replegarse ante ellas), al contrario, debe poner sus miras en Allah, y sólo ante la Verdad debe llevar la frente al suelo (sáÿadayásÿud) y acercarse a ella (iqtarabayaqtarib). Esta es la orden que ha recibido y en su cumplimineto debe poner todo el empeño, pues es lo que lo sacará de las tinieblas de la idolatría.

El Corán ordena a Muhammad (s.a.s.) despreocuparse de Abû Yahl y sus semejantes y dejarlos en manos de los Çabânia. Por su lado, Muhammad (s.a.s.) debe sumergirse en su Señor, en las profundidades de la Verdad, y llegar al Corazón de la Realidad, que es lo que doblega la existencia.

El relato que está en el origen de esta segunda parte de la sûra es el siguiente: Abû Yahl pasó junto a Rasûlullâh (s.a.s.) que estaba tras el Maqâm, cerca de la Kaaba, realizando el Salât, y le dijo: “¡Oh, Muhammad! ¿No te había prohibido que hicieras eso?” y comenzó a insultarle. Muhammad (s.a.s.) respondió a Abû Yahl diciéndole: “¡Ay de ti! ¡Ay de ti!”. Abû Yahl entonces le dijo: “¿Acaso me amenazas? Yo soy el habitante más poderoso de este valle y el que tiene más partidarios”. Poco después, Allah reveló al Profeta (s.a.s.): “¡Que llame a sus secuaces!”. Ibn ‘Abbâs comentó más tarde: “Si Abû Yahl hubiera llamado entonces a sus seguidores, los Ángeles del Castigo (los Çabânia) hubieran descendido al instante contra él”.

Esta sûra, que encara a Abû Yahl, el Padre de la Ignorancia, contiene enseñanzas dirigidas a todos los musulmanes: no deben dejarse engañar por la aparatosidad del mundo tiránico en el que viven por ni la fuerza de la ignorancia (ÿahl) sino que deben poner toda su intención en Allah, Señor de los Mundos, y dirigirse a Él con una entrega absoluta que no admite sustitutos, llevando la frente al suelo únicamente ante su Señor Único, sumergiéndose en la relación de dependencia que los ata a Él, y acercándosele siempre, a cada paso que den, para agigantarse en su Inmensidad.

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