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El estudio es ‘Ibâda, y el estudio y aprendizaje del Islam es, con más razón, una ‘Ibâda especialmente intensa. Se llama ‘Ibâda a toda acción con la que el ser humano orienta su ser hacia Allah, reconociéndolo como su Único Señor y esperando su misericordia, y es ‘Ibâda correcta cuando realiza ese acto de modo conforme a la Revelación. Puesto que tanto el Corán como la Sunna elogian el estudio, éste es una ‘Ibâda meritoria, es decir, una forma positiva e islámica de acercarse y de agradar a Allah.

         Una ‘Ibâda es un deseo y una forma de ‘estar  en presencia de Allah’: cada vez que una persona se recoge y se concentra para estudiar el Islam, está ante Allah. Y sabemos que para estar correctamente ante Allah hay que haberse preparado y purificado previamente. Al igual que a ningún musulmán se le ocurre empezar el Salât sin haber realizado antes las abluciones necesarias, el estudio del Islam exige un paso previo que consiste en dejar atrás toda forma de ser y de actuar contrarias a la nobleza de carácter y de comportamiento que nos exige el Islam. El Salât es una ‘Ibâda del cuerpo y exige una purificación material que tiene el agua como elemento. El estudio es una ‘Ibâda del corazón y exige una ablución interior que tiene como elementos purificadores la intención y el compromiso por mejorar espiritualmente con el estudio: de lo contrario se estaría perdiendo el tiempo al igual que sucedería con el Salât que no va precedido de las abluciones necesarias.

        Todo esto es muy importante, y lo resumimos diciendo que lo primero que tiene que saber un musulmán, antes de empezar a profundizar en su conocimiento del Islam, es que sólo aprovecha la bondad que hay en la Revelación quien es puro de corazón, quien actúa movido por la nobleza y la generosidad, quien supera el egoísmo y el interés que por desgracia son la norma en la mayoría de los seres humanos. Es imprescindible proponerse desde el principio la superación de esos escollos distorsionadores. Efectivamente, son distorsionadores porque no nos permitirán aprovechar realmente lo que el Corán y la Sunna nos quieren comunicar. Quien se acerca a esos saberes puros sin haberse purificado previamente los contaminará son su ignorancia y su arrogancia, los enturbiará con sus inclinaciones personales, los interpretará de modo conforma a sus caprichos, los mezclará con sus fantasmas, y los estropeará con su mediocridad.

La ciencia más útil de todas es la que nos enseña a eliminar nuestros defectos para que todo lo que aprendamos después nos sirva realmente de provecho y encuentre en nosotros una tierra fértil en la que germinar. La envidia, las rencillas, la falsedad, el odio, el orgullo, la avaricia, la cobardía, la avidez, el nerviosismo, el amor al poder, el apego a la celebridad, el deseo de destacar,… todos son enemigos del auténtico saber. Nadie sabe realmente mientras sea dominado por alguna de esas pasiones. Nadie es verdaderamente sabio si su conocimiento está bajo la influencia y la preeminencia de una forma de ser y de actuar innoble. Sabio es el que ha dado los pasos correctos, el que se ha purificado antes de estudiar, el que se ha convertido a sí mismo en tierra abonada para que fructifique lo que el saber permite.

Por ello, en el Islam se habla de dos tipos de ‘ulamâ, es decir, de dos tipos de conocedores del Islam. A unos se les llama ‘ulamâ as-sû, los sabios de la maldad, que son aquellos en los que predominan las cualidades más bajas, y han aprendido el Islam para hacer de ese saber una herramienta con la que satisfacer las exigencias de su egoísmo y sus inclinaciones más viles, que son lo que realmente impera en ellos. Los ‘ulamâ as-sû, los sabios de la maldad, son los que han aprendido el Islam para enriquecerse, por interés personal, porque en el fondo son avaros; y son también los que lo han aprendido para falsearlo y ponerlo al servicio de los poderes establecidos, para ganarse así el favor de los poderosos, y lo hace porque en el fondo son cobardes; y son ‘ulamâ as-sû, sabios de la maldad, los que aprenden el Islam para ser alguien y censurar a los demás, porque en el fondo son inseguros; y hay una infinidad de ejemplos de ‘ulamâ as-sû con los que es lamentablemente fácil toparse en la actualidad ya que se ha perdido la vergüenza que, en el mundo musulmán, antes impedía muchas veces esas cosas. Hay también una gran cantidad de hadices en los que Rasûlullâh (s.a.s.) nos advierte contra esta clase de sabios que hacen daño al Islam y a los musulmanes. En cierta ocasión dijo: “Quien aprenda la ciencia del Islam para disputar con sus sabios o para confundir a los ignorantes, o para atraer la mirada de la gentes hacia sí, ése estará en el Fuego”. Y también dijo: “Quien aprenda la ciencia con la que sólo se debe desear a Allah para alcanzar con ella cualquier algún otro objetivo mundanal, no saboreará el Jardín el Día de la Resurrección”.

Por otra parte, a la segunda categoría pertenecen los ‘ulamâ al-âjira, los sabios que tienen como único deseo satisfacer a Allah y ganar su misericordia: tienen como meta al-âjira, la vida junto a Allah, y no compiten por ninguna otra cosa. No los mueve la ambición, ni el miedo, ni la hipocresía, sino que los pone en acción una inquietud espiritual profunda, exigente consigo misma, transparente y radical… Son los sinceros, los que han aprendido el Islam después de haberse purificado, y el Islam ha fructificado en ellos y ahora son capaces de servir de provecho al resto de los musulmanes. Siempre serán escasos, porque tienen un gran valor y el valor sólo existe en lo que no abunda. Son luz para sí mismos y para los mundos y su bien es amplio porque ya nadan en la misericordia de Allah, en su Rahma absoluta que se ha desbordado sobre ellos y desde ellos se desborda sobre el universo. Los ‘ulamâ al-ajira, los sabios de al-âjira, son quienes deben ser buscados como maestros, y a ellos, el aprendiz debe entregarse sin reservas y recoger del bien del que son portadores.

Shaqîq al-Balji, un gran maestro sufi, preguntó a su discípulo Hâtim, que después también fue un gran maestro, qué había aprendido de él después de muchos años, y Hâtim le respondió: “He aprendido ocho cosas. La primera: he observado a las criaturas y he descubierto que cada una de ellas ama algo, pero cuando la criatura muere, lo amado la abandona y ella se queda sola en la tumba; y yo he hecho de mis bellas acciones lo que más amo porque no dejarán de acompañarme incluso tras la muerte. La segunda cosa que he aprendido contigo: He reflexionado en lo que dice el Corán “Allah prohíbe al ego sus caprichos”, y me he esforzado por alejar de mí mis caprichos hasta que me he asentado firmemente sobre la senda de la obediencia en exclusiva a Allah. La tercera: he observado que la gente guarda lo que aprecia, y he analizado las palabras del Corán que dicen “Todo lo que tenéis muere y sólo permanece lo que hay junto a Allah”, y ahora, todo lo que me llega lo remito a Allah para que sea eterno. La cuarta cosa que he aprendido junto a ti: he visto que la gente juzga a las personas en función de sus riquezas, su fama o su genealogía, y he observado que yo no tengo nada de ello y después he escuchado las palabras que hay en el Corán “El mejor de vosotros ante Allah es el de corazón más sobrecogido ante su grandeza” y he sabido que lo importante es el temor del corazón y lo he practicado para ser noble y digno ante Allah. La quinta: he notado que la gente se envidia entre sí y después he leído en el Corán que Allah ha dicho “Yo he repartido la vida entre ellos” y he abandonado la envidia. La sexta: he visto que la gente se declara mutualmente enemistad y se agreden entre ellos, y he leído en el Corán “Shaitán es vuestro enemigo: tomadlo por enemigo”, y he dejado de sentir enemistad hacia nadie y se la he declarado a Shaitán. La séptima: he visto cómo la gente se humilla para sobrevivir y he visto que en el Corán se dice “No hay bestia sobre la tierra cuyo sustento no dependa de Allah” y a partir de entonces me dedico a cumplir con lo que Él me ordena y dejo en sus Manos lo que Él me tiene garantizado. Y la octava cosa que he aprendido de ti: he visto a la gente apegada a sus negocios, a sus artes y a la salud de sus cuerpos, y yo he decidido apegarme a Allah”.

Segunda Parte

        al-hámdu lillâh…

                Queremos hablar, en esta jutba, de las cortesías que deben existir entre el aprendiz -el muta‘állim- y el maestro -el mu‘állim-. En el Islam se ha considerado siempre que el estudiante tiene que depositar plenamente su confianza en el maestro, siendo correcto y humilde ante él y afanándose en su servicio. Ibn ‘Abbâs (radia llâhu ‘anhu), aun cuando ya había destacado como gran sabio, cuando veía aparecer al que había sido su maestro, Çáid ibn Zâbit, no dudaba en apresurarse y salir a su encuentro sólo para sostener las bridas del caballo de su maestro y guiarlo por la ciudad, y cuando se le preguntó por qué lo hacía, respondió: “Esto es lo que se nos ha ordenado hacer con los sabios”.

Nadie aprovecha las enseñanzas de alguien hacia quien no siente respeto y admiración. Esto es así. Cuando alguien descubra en otra persona un saber al que debería aspirar debe esforzarse también y poner todo el esmero por sentir respeto y consideración hacia esa persona. Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “La sabiduría es lo que anda buscando el musulmán sincero: donde la encuentra, la recoge (al-híkmatu dâllatu l-mûmin, ainamâ waÿadahâ ájadzahâ)”, es decir, el musulmán sincero no es altanero y no se niega a recoger la sabiduría ahí donde esté, y es capaz de forzarse a respetar a un maestro que en apariencia no le guste o no despierte su admiración, porque sabe que ese respeto y esa admiración son necesarios para un aprovechamiento real y un aprendizaje auténtico.

Por tanto, las primeras reglas son la confianza, el respeto y el servicio. Y se cuenta que el Imám ‘Ali (radia llâhu ‘anhu) añadió: “Cuando asistas a una clase o a cualquier reunión donde esté tu maestro, saluda en general, pero distínguelo a él en particular. Éste es uno de sus derechos. Procura sentarte frente a él, y nunca señales en su dirección, ni guiñes el ojo a nadie en su presencia. No le preguntes demasiado ni lo ayudes a responderte. No le insistas en nada, ni lo corrijas, ni quieras despertar sus celos alabando a otros maestros en su presencia. No le tires de la ropa, ni divulgues ningún secreto suyo ni nada privado de él. No busques sus errores y acepta sus disculpas… Sé servicial con él y apresúrate a satisfacer sus deseos, pues un maestro es como una palmera de la que sólo caen dátiles”. Éste es sólo un ejemplo de las miles de citas posibles acerca de las cortesías que un aprendiz debe tener para con su maestro. Nunca se insiste lo suficiente sobre este tema. Esas palabras pueden parecernos extrañas o impropias en la actualidad, pero ojalá pudiéramos al menos recoger su espíritu porque del mismo modo en que nos pueden parecer consejos desfasados tal vez también debiéramos saber que ya ha quedado desfasado el sacarle realmente provecho al aprendizaje, que se ha convertido en un mero proceso de alimentación de cerebros de seres humanos desvinculados entre sí y para los que el saber sólo tiene un valor estratégico.

Por último, igualmente un maestro debe tener ciertas cortesías hacia su discípulo como la de enseñarle desinteresadamente, sin esperar a cambio ni recompensas ni gratitud, pues si el maestro es uno de los ‘ulamâ al-âjira, sólo lo mueve el amor que siente a Allah. Esta es la opinión más generalizada, aunque hay quienes consideran lícito la enseñanza a cambio de una remuneración pues hay que animar a que todo el que sepa difunda sus saberes, y éste es uno de los fines del Islam.

Otra de las cortesías del maestro es la de tener presente la capacidad intelectual de su discípulo y no darle más ni menos de lo que exige, todo esto en conformidad con el hadiz en el que Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “Se me ha ordenado dirigirme a las gentes de acuerdo a la capacidad de comprensión de cada cual (umirtu an ujâtiba n-nâsa ‘alà qádri ‘uqûlihim)”.

También forma parte de las cortesías del maestro el no dejar de corregir a su discípulo llamándole la atención cuando lo necesite para progresar y mejorar tanto en sus estudios como en su comportamiento, y debe saber cómo dirigirse en esos momentos hacia él sin que sus palabras hagan que el discípulo le pierda el respeto y el amor.

Por último, el maestro debe a su alumno el comportarse tal como le enseña, siendo un ejemplo vivo para el aprendiz, en conformidad al Corán cuando dice: “¿Ordenaréis a la gente hacer el bien mientras os olvidáis de hacerlo vosotros mismos, siendo así que leéis el Libro? (a tâmurûna n-nâsa bil-bírri wa tansáuna ánfusakum wa ántum tatlûna l-kitâb)”. Efectivamente, no hay nada peor, para cada musulmán en particular y para el Islam en general, que los maestros que no son ejemplo de lo que enseñan y los dan ejemplo pero son ignorantes…

Fuente: muslmanesandaluces.org

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